Fan Club
- Автор: Уоллес Ирвин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
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Le notaba entre sus piernas esforzándose por penetrar en su carne, pero, a pesar de la intensidad de la presión, no conseguía introducirse. Le oía maldecir por lo bajo.
– La mejor estufilla del mundo, y más seca y apretada que… maldita bruja, ya te arreglaré las cuentas. Había retirado la punta pero ahora estaba penetrando en ella otra cosa, entraba y salía, hacia adelante y hacia atrás, un dedo que se proponía lubrificarla y humedecerla, maldita sea, maldita sea, maldita sea.
El tipo retiró bruscamente el dedo. Ella abrió los ojos y, al hacerlo, le vio aterrorizada por última vez, y de repente le sintió en su interior, hundiéndose cada vez mas, llenándola, quemándola, lastimándola, casi desgarrándola y hundiéndose más y más.
Estallando de horror y furia, ella se retorcía y agitaba la parte superior del cuerpo procurando vomitarle fuera, regurgitarle, gritando y sollozando en su reseca garganta, intentando escapar.
Las lágrimas le cegaban los ojos. Pero él no le hacía el menor caso parecía no preocuparse por su resistencia. Después le soltó las cansadas piernas y se hundió plenamente en ella, con las manos apoyadas sobre sus hombros, bombeándola como un loco, dentro y fuera, prolongadas arremetidas hacia adentro y hacia afuera.
Retorcerse para rechazarle era imposible porque tenía las nalgas como clavadas a la cama.
Levantó las piernas para golpearle la espalda y las costillas con los talones de los pies, pero advirtió que ello contribuía a aumentar su excitación.
Seguía arremetiendo con fuerza, sin modificar el ritmo, sin bondad, sin delicadeza, su arma de sádica furia y de triunfo le desgarraba las entrañas como un martinete, hundiéndose en ella como un puño que la golpeara implacablemente.
Su resistencia se estaba debilitando, sus doloridas piernas y pies no conseguían cocearle y desequilibrarle, sólo contribuían a inducirle a castigarla con más dureza.
Era como si le hubieran clavado un pistón en la carne, un pistón que subiera y bajara a ciento sesenta kilómetros por hora, que le distendiera la carne y la partiera en dos mitades.
Dios mío, era inútil. Sus piernas ya no estaban en condiciones de seguir luchando. La ahogaba la humillación y el dolor y las lágrimas de indignación y odio le cegaban los ojos.
Haberle ido a ocurrir a ella, precisamente a ella entre todas las mujeres, ella una víctima después de aquellos interminables años de lucha por alcanzar la libertad y la seguridad, por estar para siempre por encima de la esclavitud y la explotación y ahora la estaba destrozando, destruyendo y haciendo trizas un animal primitivo y despiadado.
Dios mío, por favor, déjame morir, déjame morir para siempre.
Y de repente su ardoroso cuerpo se llenó a rebosar como si un tumor maligno la desgarrara una vez más por dentro y la partiera en dos mitades como en un potro de tormento, gritaba con toda la fuerza de sus pulmones pero nadie podía oírla y entonces notó que se tensaba encima suyo, le oyó lanzar un profundo suspiro, un suspiro que se convirtió en prolongado gemido y el aliento a alcohol le llenó toda la cara y su interminable y podrida polución le ensució las más recónditas rendijas de su ser.
Y, al final, terminó. Dejó caer encima suyo todo el peso de su huesuda figura, jadeando y respirando dificultosamente. Otra bonita violación en su haber.
– Conque eso es Sharon Fields -le oyó murmurar.
Yacía tendida como si estuviera muerta, apenas un ser humano, más parecida a un animal torturado sin apenas resistencia tras su irremediable derrota. Al abandonar él la cama, su cuerpo subió y bajó con el colchón. Le oyó dirigirse al cuarto de baño, notó la luz del cuarto de baño sobre sus párpados, oyó el rumor del agua del depósito del inodoro, oyó el rumor del agua del grifo.
Al abrir los ojos, le vio de pie junto al tocador poniéndose los pantalones.
Después, le vio acercarse a la cama abrochándose el cinturón. La estudió brevemente.
– Estás muy bien, nena -le dijo muy contento-, pero la próxima vez todavía estarás mejor. Cuando aprendas a colaborar, comprenderás que se pasa mejor.
Me lo has puesto un poco difícil al principio Me has obligado a trabajar. Me has obligado a terminar antes de lo que tengo por costumbre. Pero te prometo que la próxima vez lo haremos como es debido.
Ella yacía mirando hacia el techo, sumida en la degradación, experimentando la sensación de que le serpeaban por dentro y por fuera cosas sucias, sintiéndose sucia y enferma y deseando morir.
– Tienes que reconocer -le estaba diciendo él-que no te he hecho daño, no te he hecho nada malo ni te he cambiado nada. ¿A qué viene, pues, tanto alboroto? Ya ha terminado y ha sido divertido. ¿Por qué no te tranquilizas un poco? Ella mordió el pañuelo y los ojos se le nublaron una vez más a causa de las lágrimas.
– ¿Quieres que te abroche la blusa antes de que te duermas? -le preguntó él.
Ella no reaccionó, todo te daba igual, Ya nada le importaba. El Malo se encogió de hombros y le juntó las dos partes de la blusa sin abrochársela.
– De lo contrario, vas a pillar un resfriado. -Le acercó los dedos a la parte posterior de la cabeza y empezó a deshacerle el nudo-. Creo que te has ganado el derecho a respirar un poco mejor. -Le quitó el pañuelo y se lo volvió a guardar en el bolsillo-.
Ya está, nena. ¿Así está mejor, eh? Tenía la boca y la lengua demasiado secas para poder hablar. Se pasó la lengua por el velo del paladar y el interior de las mejillas para estimular la secreción salival y, al final, lo consiguió.
– ¡Cochino hijo de puta! -gritó-. ¡Maldito y cochino hijo de puta! Voy a castrarte, matarte, aunque me cueste la vida ¡voy a agarrarte!
El abrió la puerta, miró por encima del hombro y esbozó una ancha sonrisa.
– Pero si ya me has agarrado, cariño. Me lo has agarrado todo, es lo máximo que puedes agarrarme.
Ella lanzó un grito y rompió a llorar y a sollozar sin poderse contener, mientras se cerraba la puerta. Diez minutos más tarde, tras haberse preparado un bocadillo de carne y queso y un gran vaso de cerveza, Shively se encontraba sentado en el sofá del salón gozando de aquel refrigerio tras haberse fumado el cigarrillo que tanto le apetecía.
Masticaba el bocadillo y sorbía la espuma de la cerveza esforzándose por no prestar atención a los sollozos procedentes del dormitorio principal.
Sus llantos y sollozos eran constantes y podían oírse muy bien.
Se había imaginado que aquella estancia estaba lo bastante aislada del resto de las habitaciones del refugio como para ser a prueba de sonidos. Pero la había oído llorar desde el pasillo mientras se dirigía a la cocina y ahora la estaba oyendo desde el salón y pensó que no debía haber cerrado bien la puerta.
Pensó en la posibilidad de regresar para cerrarla mejor, de tal forma que no se oyera el alboroto que estaba armando y se despertaran los demás.
Al principio había pensado no contarles a los demás lo que había hecho, pero después pensó que, qué demonios, lo averiguarían a través de ella o lo averiguarían cuando repitiera la hazaña al día siguiente y, además, tal vez fuera conveniente que se enteraran para que se olvidaran de aquella mierda de la colaboración y gozaran de aquellas dos semanas de vacaciones exactamente igual que él.
Masticaba el bocadillo y bebía cerveza tranquilamente sentado, sin molestarse en reflexionar acerca de lo que acababa de hacer como no fuera para pensar en el cuerpo semidesnudo de Sharon y en lo mucho que hubieran deseado muchos hombres tener el valor que él había tenido y estar en su pellejo.
Pensó en todo eso y pensó en lo mucho que le envidiarían sus viejos compañeros de la compañía Charlie de la 11 brigada del Vietnam si lo supieran, pero no lo sabían y jamás podrían saberlo, maldita sea.