Las naves del tiempo [The Time Ships - es]
- Автор: Бакстер Стивен М.
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6788-4
- Переводчик: Pedro Jorge Romero
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:
—Entonces, ¿por qué seguir?
—Porque no podemos permitirnos parar. —Bajo el bronceado que había conseguido en el Paleoceno podía ver rastros de la antigua palidez de Bond—. Hay informes… rumores, pero algunos muy fundados, de desarrollos tecnológicos alemanes …
—¿Desarrollos tecnológicos? Quieres decir armas.
Nos alejamos del bosque y fuimos hasta la costa. El aire estaba caliente, y dejamos que el agua nos corriese por las botas.
Conjuré la Europa de 1944: las ciudades derruidas y, desde Holanda hasta los Alpes, millones de hombres y mujeres intentaban causarse daños irreparables unos a otros… En aquella paz tropical, todo parecía absurdo… ¡un sueño febril!
—¿Pero qué puede inventarse —dije protestando— que pueda provocar aún más daño del ya causado?
—Se habla de bombas. Un nuevo tipo… más poderoso que nada visto hasta ahora… hablan de bombas que contienen carolinio. —Recordé las especulaciones de Wallis sobre ese tema en 1938—. Y por supuesto está la Guerra de Desplazamiento Cronológico.
»No podemos dejar de luchar si eso significa dejar que los alemanes tengan el monopolio de tales armas. —Su voz tenía un deje de calmada desesperación—. Lo entiendes, ¿no? Por eso hemos corrido tanto por construir pilas atómicas, por conseguir carolinio, por producir más plattnerita… por eso se han invertido tantos recursos en esos Juggernauts para viajar por el tiempo.
—¿Y esos saltos en el tiempo persiguiendo a los alemanes? ¿Para hacérselo a ellos antes de que, ellos os lo hagan a vosotros?
Alzó el mentón y me miró desafiante.
—O para arreglar los daños que produzcan. Ésa es otra forma de verlo, ¿no?
No discutí, aunque Nebogipfel lo hubiese hecho, la inutilidad final de aquella empresa; porque estaba claro que los filósofos de 1944 no habían comprendido la multiplicidad de las historias como lo había hecho yo bajo la guía del Morlock.
—Pero —dije protestando— el pasado es un lugar muy amplio. Vinisteis a buscarnos, ¿pero cómo sabíais que estaríamos aquí? ¿Cómo pudisteis llegar ni a un millón de años de nosotros?
—Teníamos pistas —dijo.
—¿Qué clase de pistas? ¿Quieres decir los restos del Imperial College?
—En parte, pero también arqueológicas.
—¿Arqueológicas?
Me lanzó una mirada extraña.
—Mira, estoy segura de que no quieres oírlo…
¡Eso, por supuesto, no hizo sino incrementar mi curiosidad! Insistí.
—Bien. Ellos, los científicos, conocían el área donde habíais escapado al pasado, en los terrenos del Imperial College, por lo que realizaron una investigación arqueológica intensiva de la zona. Se excavaron pozos…
—Dios del cielo —dije—. ¡Buscaban mis huesos fosilizados!
—Y los de Nebogipfel. El razonamiento era que si se encontraba algo anómalo, huesos o herramientas, podríamos situaros razonablemente bien por la posición en los estratos…
—¿Y los hubo? —Se calló de nuevo y tuve que insistir. Hilary…
—Encontraron un cráneo.
—¿Humano?
—Más o menos. —Vaciló—. Pequeño y algo deformado, situado en un estrato, cincuenta millones de años anterior a cualquier resto humano, y partido de un mordisco por la mitad.
Pequeño y deforme. ¡Comprendí que debía ser el de Nebogipfel! ¿Podría ser el resultado del encuentro con el Pristichampus pero en una historia en la que Gibson no intervino?
¿Yacían mis huesos, rotos y convertidos en piedra, en algún pozo vecino por descubrir?
Sentí un escalofrío a pesar del calor del sol en cabeza y espalda. De pronto, aquel brillante mundo del Paleoceno parecía difuso, una transparencia; a través de la cual brillaba la inmisericorde luz del tiempo.
—Así que detectaron nuestro rastro de plattnerita y nos encontraron —dije—. Pero supongo que os sentisteis defraudados de encontrarme sólo a mí, ¡de nuevo!, y no una horda de prusianos belicosos. Pero ¿no ves que hay una paradoja?
Habéis desarrollado los acorazados del tiempo porque teméis que los alemanes hagan lo mismo. Bien. Pero la situación es simétrica: desde su punto de vista, los alemanes deben de temer que vosotros utilicéis esas máquinas del tiempo primero. Cada bando se comporta en la forma apropiada para provocar la peor reacción de su oponente. Y ambos os dirigís a la peor situación de todas.
—Puede que sea así —dijo Bond—. Pero si los alemanes poseen tecnología de viajes en el tiempo, eso sería una catástrofe para la causa aliada. El papel de esta expedición es cazar viajeros alemanes y evitar cualquier daño que los alemanes puedan infligir a la historia.
Alcé las manos al aire y las aguas del Paleoceno anegaron mis talones.
—Pero… maldita sea, Capitana Bond… ¡faltan cincuenta millones de años hasta el nacimiento de Cristo! Qué sentido puede tener aquí ese breve conflicto entre la Inglaterra y la Alemania del remoto futuro?
—No podemos descansar —dijo con una sonrisa de cansancio—. ¿No lo entiendes? Debemos perseguir a los alemanes, incluso hasta el principio de la creación si es necesario.
—¿Y dónde se parará esta guerra? ¿Consumiréis toda la eternidad antes de acabar? ¿No ves que eso… —señalé con la mano para indicar el terrible futuro de ciudades destruidas y cavernas subterráneas llenas de personas—, todo eso, es imposible? ¿O seguiréis hasta que sólo queden dos hombres, sólo dos, y el último se vuelva contra su vecino para partirle el cráneo con un trozo de escombro? ¿Eh?
Bond se volvió —la luz del mar resaltó las línea de su cara— y no me contestó.
Ese periodo de calma, después del primer encuentro con Gibson, duró cinco días.
10. LA APARICIÓN
Era un mediodía brillante y despejado, y yo había pasado la mañana poniendo mis pequeñas habilidades de enfermero al servicio del doctor gurkha. Sentí alivio cuando acepté la invitación de Hilary Bond de dar otro de nuestros paseos por la playa.
Atravesamos rápidamente el bosque —a esas alturas, los soldados habían limpiado varios caminos que radiaban del campamento central— y, cuando llegamos a la playa, me quité las botas y los calcetines, los tiré al borde del bosque y me metí en el agua. Hilary Bond también se quitó su calzado, un poco más decorosamente, y lo colocó en la arena junto con sus armas. Se levantó las perneras del pantalón —pude ver que su pierna izquierda era algo deforme, la piel estaba contraída por una vieja quemadura— y se metió en la espuma tras de mí.
Me quité la camisa (éramos muy informales en aquel campamento del antiguo bosque) y hundí la cabeza y el torso en el agua transparente, a pesar de que se me mojaban los pantalones. Aspiré hondo, disfrutando de todo: del calor del sol en la cara, del roce del agua, de la suavidad de la arena entre los dedos, del aroma de la sal y el ozono.
—Veo que te gusta venir aquí —dijo Hilary con una sonrisa tolerante.
—Sí, mucho. —Le conté que estaba ayudando al doctor—. ¿Sabes?, estoy dispuesto a ayudar. Pero a las diez de hoy mi cabeza estaba tan llena de cloroformo, éter y antisépticos, ¡además de olores más terrenales!, que…
Ella levantó las manos.
—Entiendo.
Salimos del agua y me sequé con la camisa. Hilary cogió la pistola, pero dejamos las botas en la playa, y paseamos por la orilla del mar. Después de una docena de yardas vi las marcas que indican la presencia de Corbiculas, los numerosos bivalvos que habitaban la playa. Nos echamos en el suelo; le enseñé a coger aquellas criaturas. En pocos minutos teníamos un buen montón; y los bivalvos se secaban al sol a nuestro lado.