La gardenia blanca de Shanghái
- Автор: Belinda Alexandra
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:
– Francia está muy lejos -le dije, tratando de tranquilizarla-. Una carta tarda semanas en llegar hasta aquí, y Ruselina no puede mandar telegramas todo el tiempo.
La única cosa por la que Irina demostraba algo de entusiasmo era por las clases de inglés. Al principio, aquello me hizo sentir mejor. Volvía a la tienda y la encontraba practicando las vocales o leyendo la revista Australian Women's Weekly con la ayuda de un diccionario. Pensaba que, mientras mantuviera ese interés, las cosas mejorarían. Eso fue hasta que me di cuenta de que practicaba inglés como preparación para marcharse a Estados Unidos.
– Quiero irme a Estados Unidos -me dijo una mañana cuando volví de la ducha y me estaba vistiendo para ir a trabajar-. Tengo que contar con la posibilidad de que dejen entrar a la abuela cuando se encuentre mejor.
– Todo se arreglará -le contesté-. Ahorraremos algo de dinero y pronto conseguiremos trabajo en Sídney.
– Aquí me moriré. ¿No lo entiendes, Anya? -me dijo. Sus ojos estaban inyectados en sangre-. No quiero quedarme en este país horrendo con sus desagradables gentes. Necesito belleza. Necesito música.
Me senté en su cama y le cogí las manos entre las mías. Irina estaba expresando en voz alta mis peores temores. Si ella había abandonado la esperanza de conseguir una buena vida en Australia, ¿cómo se suponía que iba yo a mantenerla?
– No somos inmigrantes -le dije-. Somos refugiadas. ¿Cómo vamos a marcharnos? Por lo menos, primero tenemos que tratar de ganar un poco de dinero.
– ¿Y qué pasa con tu amigo? -me dijo, agarrándome la manga-. ¿Ese estadounidense?
No me atreví a decirle que yo ya había pensado en escribirle a Dan Richards muchas veces. Pero habíamos firmado un contrato con el gobierno australiano, y dudaba de que Dan pudiera hacer algo para ayudarnos ahora. Había oído que el castigo por incumplir el contrato era la deportación. ¿Adónde iban a deportarnos a nosotras? ¿A Rusia? Allí nos ejecutarían.
– Te prometo que me lo pensaré si tú aceptas pasar el día con Mariya y Natasha -le dije-. Me han comentado que necesitan ayuda en la cocina y que el trabajo está bien pagado. Irina, trabajaremos duro, ahorraremos un poco de dinero y nos iremos a Sídney.
Al principio, no quería, pero luego lo pensó y decidió que si trabajaba en la cocina, podría empezar a ahorrar para irse a Estados Unidos. No discutí con ella. Siempre y cuando no pasara el día sola, me daba por satisfecha. Esperé a que Irina se vistiera y se arreglara el pelo, y nos encaminamos juntas al comedor.
El estado de ánimo de Irina debió de preocupar también a Mariya y a Natasha, porque, cuando volví a la tienda por la tarde, Lev estaba despejando los altos hierbajos que la rodeaban, mientras Piotr nos construía un suelo de madera.
– A Irina le aterrorizan las serpientes -comentó Piotr-. Esto la tranquilizará.
– ¿Dónde está? -les pregunté.
– Mariya y Natasha la han llevado a la sala de cine. Allí hay un piano, y Natasha quiere empezar a tocar de nuevo. Están tratando de convencer a Irina de que cante.
Tenían un pico en la bolsa de herramientas que habían traído. Les pregunté si podía utilizarlo para cavar una parcela en la parte delantera de la tienda.
– La que has hecho alrededor de la entrada y del mástil de la bandera es preciosa -comentó Lev, levantándose y tirando su hoz a un lado-. Tienes talento para la jardinería. ¿Dónde aprendiste?
– Mi padre tenía un jardín de flores primaverales en Harbin. Supongo que aprendí observándole. Él decía que era bueno para el alma meter las manos en la tierra de vez en cuando.
Piotr, Lev y yo pasamos el resto de las horas de luz mejorando la tienda. Cuando terminamos, estaba irreconocible. El interior olía a madera de pino y a limón. En el exterior, yo había plantado un anillo de campanillas y margaritas y había puesto un poco de grava. El césped recortado representaba una mejora significativa.
– Ahora, todos en el campamento van a sentir envidia de vuestra tienda -comentó Lev, echándose a reír.
El trabajo con Mariya y Natasha mejoró un poco el estado de ánimo de Irina, aunque no demasiado. No quería seguir viviendo en el campamento para siempre, pero todavía no sabíamos cuándo podríamos marcharnos a Sídney. Traté de animarla llevándola al pueblo, al que se llegaba en veinte minutos en el autobús local. Muchos otros habitantes del campamento viajaban al pueblo ese día, pero ninguno de ellos hablaba ruso o inglés, por lo que no pudimos preguntarles nada sobre él. Cuando el autobús alcanzó las afueras, vimos que las calles eran tan anchas como dos manzanas enteras en Shanghái. Estaban bordeadas por chalés de arenisca y casitas bajas rodeadas de vallas de estacas blancas. Los olmos, los sauces y los altos liquidámbares daban sombra a los caminos con sus extensas ramas.
El autobús efectuaba su última parada en la calle principal, a cuyos lados se levantaban casas con enrejados de hierro fundido y tiendas con marquesinas de hierro ondulado. En una esquina, se situaba una iglesia de estilo georgiano. Había automóviles cubiertos de polvo aparcados frente a los bordillos, codo con codo con caballos atados a abrevaderos. Al otro lado de la calle, vimos un bar que tenía tres plantas y, en uno de sus laterales, había un póster de la cerveza Toohey con un hombre jugando al golf.
Irina y yo nos paseamos frente a pañerías, ferreterías y tiendas de ultramarinos, hasta una heladería con salón en la que se escuchaba a Dizzy Gillespie a través de una radio transistor. El jazz afrocubano parecía tan fuera de lugar en aquel entorno seco y polvoriento que incluso Irina sonrió. Una mujer que llevaba un vestido abotonado al cuello nos sirvió dos cucuruchos de helado de chocolate, que tuvimos que comernos a gran velocidad, porque empezaron a derretirse en el momento en que salimos a la calle.
Me fijé en un hombre con una nariz picada por la viruela que se nos quedó mirando desde una parada de autobús. Su rostro era rubicundo y sus ojos estaban enturbiados por la bebida. Le dije a Irina que cruzáramos de acera.
– ¡Marchaos de aquí, refugiadas de mierda! -nos gruñó el hombre-. No os queremos aquí.
– ¿Qué ha dicho? -me preguntó Irina.
– Sólo es un borracho -le respondí, tratando de que apretara el paso. No quería que Irina recopilara ejemplos de australianos desagradables.
– ¡Marchaos de aquí, malditas putas refugiadas de mierda! -voceó el hombre.
El corazón me latía con fuerza en el pecho. Quería mirar hacia atrás para ver si nos estaba siguiendo, pero no lo hice. Sabía que no era sensato mostrar miedo.
– ¡Malditas putas refugiadas de mierda! -gritó el hombre de nuevo.
Alguien dentro del bar abrió una ventana y le gritó:
– ¡Cállate, Harry!
Para mi sorpresa, Irina se echó a reír.
– Eso sí que lo he entendido -comentó.
Detrás de la calle principal, encontramos un parque bordeado por pinos, con fuentes ornamentales y parterres llenos a reventar de ranúnculos. Había una familia sentada sobre una manta cerca del quiosco de música, que estaba cubierto por buganvillas. El padre nos saludó, dándonos los buenos días, cuando pasamos a su lado. Irina le devolvió el saludo en inglés, pero nos acobardamos tras el incidente con el borracho y no nos detuvimos a charlar con ellos.
– Este parque es muy bonito -le dije a Irina.
– Sí, por lo menos es una mejora respecto al campamento.
Nos sentamos en los escalones del quiosco de música. Irina recogió algunos tréboles del césped y comenzó a hacer una guirnalda.