La torre de la golondrina
- Автор: Сапковский Анджей
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
– Zuleyka. -El rey se inclinó hacia su mujer-. Míralo. Si no supieras que es un espía, ¿lo creerías?
La reina Zuleyka no era muy alta, sino más bien bajita y de una falta de belleza simpática. Se vestía de una forma bastante típica para las mujeres de su belleza, consistente en elegir tales elementos de vestir que no permitieran a nadie pensar que no era su propia abuela. Este efecto lo conseguía Zuleyka a base de llevar vestidos amplios, informes y de tonos grises. En la cabeza llevaba un gorrillo heredado de alguna antepasada. No usaba maquillaje alguno ni llevaba tampoco joyas.
– El Buen Libro -dijo ella con una vocecilla bajita y agradable- nos enseña que mantengamos la moderación a la hora de juzgar al prójimo. Porque alguna vez se nos juzgará. Y por cierto no teniendo en cuenta nuestro aspecto.
Esterad Thyssen obsequió a su mujer con una mirada cálida. Era por todos sabido que la amaba con un amor sin fronteras, que durante veintinueve años de matrimonio no había disminuido para nada, al contrario, ardía cada vez más. Esterad, por lo que se afirmaba, no había traicionado nunca a Zuleyka. Dijkstra no creía demasiado en algo tan poco probable, pero él mismo había intentado tres veces poner -más bien tender- al rey alguna agente impresionante, candidata a favorita, una maravillosa fuente de información. No había servido de nada.
– No me gusta andarme por las ramas -dijo el rey-, por eso te voy a desvelar al punto por qué me decidí a hablar contigo personalmente. Hay varias razones. En primer lugar, que yo sé que no retrocedes ante el soborno. Estoy en general bastante seguro de mis servidores pero, ¿para qué ponerles ante una prueba tan difícil, una tentación tan grande? ¿Qué mordida tenías intención de proponerle a mi ministro de asuntos exteriores?
– Mil coronas novigradas -respondió el espía sin pestañear-. Si hubiera regateado habría llegado hasta mil quinientas.
– Y por eso me gustas -dijo al cabo de un instante de silencio Esterad Thyssen-. Eres un maldito hijo de puta. Me recuerdas mi propia juventud. Te miro y me veo a mí a tu edad.
Dijkstra se lo agradeció con una inclinación. Sólo era ocho años más joven que el rey. Estaba seguro de que Esterad lo sabía perfectamente.
– Eres un maldito hijo de puta -repitió el rey, poniéndose serio-. Pero un hijo de puta honrado y decente. Y eso es una cosa rara en estos tiempos asquerosos.
Dijkstra se inclinó de nuevo.
– Sabes -siguió Esterad-, en cada país se pueden encontrar personas que son ciegos fanáticos de la idea de un orden social. Se entregan a esa idea, dispuestos a todo por ella. También al crimen, puesto que según ellos el fin justifica los medios y transforma el sentido de los términos. Ellos no matan, ellos salvaguardan el orden. Ellos no torturan, no chantajean, ellos protegen la razón de estado y luchan por el orden. La vida del individuo, si el individuo altera el orden dado, no vale para estas gentes ni un céntimo, ni un encogimiento de hombros. Ellos nunca llegan a ser conscientes de que la sociedad a la que sirven se compone precisamente de individuos. Estas personas disponen de lo que se denomina una vista hacia el futuro… y una vista así es la mejor forma de no ver a otras personas.
– Nicodemus de Boot. -Dijkstra no pudo contenerse.
– Casi, pero no del todo. -El rey de Kovir mostró sus dientes de alabastro-. Era Vysogota de Corvo. Un filósofo y ético menos conocido, pero también muy bueno. Léelo, te lo recomiendo. Todavía quedará algún libro en vuestro país, no los habréis quemado todos. Venga, pero al grano, al grano. Tú, Dijkstra, también te sirves sin escrúpulos de la intriga, el soborno, el chantaje y las torturas. No pestañeas al condenar a alguien a la muerte u ordenar un asesinato encubierto. El que hagas todo para el reino al que sirves fielmente no te justifica ante mis ojos ni te hace más simpático. Al menos. Has de saberlo.
El espía asintió en señal de que lo sabía.
– Tú, sin embargo -siguió Esterad-, eres, como se dijo, un hijo de puta de carácter honrado. Y por ello te aprecio y respeto, por ello te he ofrecido una audiencia privada. Por que tú, Dijkstra, teniendo ocasión de hacerte con millones, nunca en tu vida has hecho nada en beneficio propio ni robaste ni un real de la hacienda del estado. Ni siquiera medio real. Zuleyka, ¡mira! ¿Se ha ruborizado o sólo me lo parece?
La reina alzó la cabeza de sus labores.
– Por su modestia conoceréis su honradez -citó el prólogo del Buen Libro, aunque seguro que veía que en el rostro del espía no se albergaba ni siquiera un rastro de rubor.
– Bueno -dijo Esterad-. Al grano. Es hora de pasar a los asuntos de estado. Él, Zuleyka, ha atravesado el mar dirigido por un deber patriótico.
Redania, su patria, está en peligro. Después de la trágica muerte del rey Vizimir, reina el caos allí. Redania está gobernada por una banda de aristocráticos idiotas llamada Consejo de Regencia. Esta banda, mi Zuleyka, no va a hacer nada por Redania. En el momento de peligro huirán o se echarán como perros a lamer las botas adornadas de perlas del emperador nilfgaardiano. Esta banda desprecia a Dijkstra porque es un espía, asesino, advenedizo y malcriado, Pero ha sido Dijkstra quien ha cruzado el mar para salvar Redania. Demostrando quién es al que de verdad le importa Redania.
Esterad Thyssen guardó silencio, resopló, cansado del discurso. Se colocó su chapeau carmesí armiñado, que se le había desplazado ligeramente hacia la nariz.
– Venga, Dijkstra -siguió-. ¿Qué mal aqueja a tu reino? Excepto la falta de dinero, se ha de entender…
– Excepto la falta de dinero -el rostro del espía era como de piedra-, nada, todos sanos, gracias.
– Aja. -El rey afirmó con la cabeza, otra vez se le desplazó el chapeau hacia la nariz y otra vez hubo de colocarlo-. Aja. Entiendo.
«Entiendo -siguió-. Y apruebo la idea. Cuando se tiene dinero se puede uno comprar medicamentos para cualquier dolencia. Lo importante es tener dinero. Vosotros no tenéis. Si lo tuvieras no estarías aquí. ¿Lo he entendido bien?
– Sin faltar nada.
– ¿Y cuánto es lo que necesitáis, por pura curiosidad?
– No mucho. Un millón de bisantes.
– ¿No mucho? -Esterad Thyssen, con un gesto exagerado, se agarró el chapeau con las dos manos-. ¿Que no es mucho? Ay, ay.
– Para vuestra majestad -balbuceó el espía- esta cantidad no es más que una minucia…
– ¿Una minucia? -El rey soltó el chapeau y alzó las manos hacia el techo-. ¡Ay, ay! Un millón de bisantes es una minucia, ¿has oído lo que dice, Zuleyka? ¿Y sabes tú, Dijkstra, que tener un millón y no tener un millón, son, sumados, dos millones? Yo entiendo, yo comprendo que tú y Filippa Eilhart buscáis febrilmente un plan para defenderos de Nilfgaard, pero, ¿qué es lo que queréis? ¿Comprar todo Nilfgaard o qué?
Dijkstra no respondió. Zuleyka hacía ganchillo con afán. Esterad, durante un momento, fingió estar admirando las mujeres desnudas pintadas en el techo.
– Venga, ven. -Se levantó de pronto, le hizo una señal al espía.
Se acercaron a un gigantesco cuadro que representaba al rey Gedovius sentado en un caballo gris y señalándole al ejército con un cetro algo que no estaba en el lienzo, seguramente la dirección correcta. Esterad rebuscó en su bolsillo una varita dorada, tocó con ella el marco de la pintura, pronunció un encantamiento a media voz. Gedovius y el caballo gris desaparecieron y en su lugar apareció un mapa plástico del mundo conocido. El rey tocó con la varita un alfiler de plata al borde del mapa y cambió mágicamente la escala, acercando la parte visible del mundo al valle del Yaruga y los Cuatro Reinos.