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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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El mismo impecable acento británico. Nat no recordaba cuándo había sido la última vez que el director de una empresa se había presentado en la recepción en lugar de enviar a una secretaria, sobre todo en Nueva York.

– Admito que me intrigó su llamada -manifestó la señora Kirkbridge mientras le señalaba a Nat un cómodo sillón junto a la chimenea-. No es algo frecuente que un banquero de Connecticut venga a visitarme a Nueva York.

Nat sacó unos documentos de su maletín, mientras intentaba evaluar a la mujer que tenía delante. Sus prendas, como las de la impostora, estaban muy bien cortadas, pero eran de un estilo mucho más conservador, y aunque era delgada y rondaba los treinta y tantos, sus cabellos y ojos oscuros no se parecían en nada a la rubia de Minnesota.

– En realidad es algo muy sencillo -comenzó Nat-. El ayuntamiento de Hartford sacó a subasta un solar con los permisos para la construcción de un centro comercial. El banco compró el solar como inversión y ahora estamos buscando socios. Creemos que podrían estar interesados.

– ¿Por qué nosotros?

– Ustedes estuvieron entre las empresas que participaron en la subasta del solar donde se construyó el centro comercial Robinson, que, dicho sea de paso, resultó todo un éxito, y nos pareció que podrían estar interesados en este nuevo proyecto.

– Me sorprende un tanto que no se les ocurriera ponerse en contacto con nosotros antes de presentarse a la subasta -señaló la señora Kirkbridge-, porque si lo hubiesen hecho, entonces habrían visto que habíamos considerado las disposiciones demasiado restrictivas. -Nat apenas disimuló la sorpresa-. Después de todo -añadió la presidenta-, es nuestro trabajo.

– Sí, lo sé -admitió Nat, con la intención de ganar tiempo.

– ¿Puedo preguntarle por cuánto se subastó?

– Tres millones seiscientos mil dólares.

– Una cifra muy por encima de nuestras estimaciones -comentó la señora Kirkbridge y pasó una página del informe que tenía sobre la mesa.

Nat siempre se había considerado un buen jugador de póquer, pero no tenía manera de saber si la señora Kirkbridge se estaba echando un farol. Solo le quedaba una carta por jugar.

– Bien, lamento haberle hecho perder el tiempo -dijo, e hizo el gesto de levantarse.

– Quizá se equivoca -replicó la ejecutiva, sin moverse-, porque aún me interesa escuchar su propuesta.

– Buscamos un socio al cincuenta por ciento -explicó Nat, mientras se acomodaba de nuevo en el sillón.

– ¿Qué quiere decir exactamente con el cincuenta por ciento?

– Ustedes aportan un millón ochocientos mil, el banco financia el resto del proyecto y una vez amortizado, repartiremos los beneficios a partes iguales.

– ¿Sin comisiones bancarias y el préstamo con un interés preferencial?

– Creo que es un tema a considerar -respondió Nat.

– Si me deja todos los detalles, señor Cartwright, estudiaremos la oferta y le llamaremos. ¿De qué plazo dispongo para comunicarle la decisión?

– Estoy citado con otros dos posibles inversores que también se presentaron a la primera subasta, la del centro comercial Robinson.

Nat no consiguió deducir de su expresión si ella le creía o no.

– Hará cosa de media hora -comentó la señora Kirkbridge con una sonrisa-, recibí una llamada del jefe ejecutivo del ayuntamiento de Hartford, un tal señor Cooke. -Nat se estremeció-. No atendí la llamada porque me pareció prudente verle a usted primero. Sin embargo, me resulta difícil creer que este sea uno de los casos que analizan los alumnos de la Harvard Business School, señor Cartwright, así que quizá sea este el momento adecuado para explicarme el verdadero motivo de su visita.

35

Annie llevó a su marido hasta el ayuntamiento; era el primer momento en todo el día en que estaban solos.

– ¿Por qué no nos vamos sin más a casa? -preguntó Fletcher.

– Supongo que todos los candidatos sienten lo mismo antes del recuento.

– ¿Has caído en la cuenta, Annie, que no hemos comentado qué haré si pierdo las elecciones?

– Siempre he tenido claro que trabajarías en alguna otra firma de abogados. Dios sabe que no han dejado de llegarte ofertas. ¿No fueron los de Simpkins y Welland los que te llamaron porque necesitan un especialista en derecho penal?

– Sí, e incluso me ofrecieron hacerme socio, pero la verdad es que disfruto con la política. Me obsesiona más que a tu padre.

– Eso es imposible -replicó Annie-. Por cierto, me dijo que podemos utilizar su plaza de aparcamiento.

– Ni hablar -dijo Fletcher-. Solo el senador puede ocupar esa plaza. No, buscaremos donde aparcar en alguna de las calles laterales.

Fletcher se fijó en las personas que subían las escalinatas del ayuntamiento.

– ¿Adónde va toda esa gente? -preguntó Annie-. No es posible que todos sean parientes de la señora Hunter.

Fletcher se echó a reír al escuchar el comentario de su esposa.

– No, claro que no, pero el público puede presenciar el recuento desde la galería. Parece evidente que es una vieja tradición en Hartford -explicó mientras Annie encontraba finalmente un sitio donde aparcar el coche a cierta distancia del ayuntamiento.

Fletcher y Annie se cogieron de la mano mientras se unían a la multitud que se dirigía al ayuntamiento. A lo largo de los años, el joven había visto a muchísimos políticos y a sus esposas cogerse de la mano el día de las elecciones; a menudo se había preguntado cuántos de ellos lo hacían solo para las cámaras de la televisión y los fotógrafos. Apretó la mano de Annie cuando subieron las escalinatas e intentó mostrarse relajado.

– ¿Confía plenamente en su victoria, señor Davenport? -le preguntó un periodista de la televisión local y le acercó el micrófono a la boca.

– En estos momentos solo sé que me devoran los nervios -contestó sinceramente.

– ¿Cree usted que ha derrotado a la señora Hunter? -insistió el periodista.

– No tendré ningún inconveniente en responder a su pregunta dentro de un par de horas.

– ¿Le parece que ha sido una campaña limpia?

– Ustedes pueden juzgarlo mejor que yo -respondió Fletcher mientras llegaban a la puerta del ayuntamiento y entraban en el edificio.

Algunos de los espectadores sentados en la galería le aplaudieron al verle entrar en la sala. Fletcher esbozó una sonrisa y respondió a los aplausos con un gesto; confió en parecer tranquilo, aunque no lo estaba. Cuando miró a los que estaban sentados abajo, al primero que vio fue a Harry. Su expresión era pensativa.

El aspecto que ofrecía entonces la sala no se parecía en nada al del día del debate. La mayor parte de los asientos habían sido reemplazados con unas largas mesas dispuestas en forma de herradura. En la mesa central se encontraba el señor Cooke, que había presidido el escrutinio en las siete elecciones anteriores. Esta era la última porque se jubilaba a final de año.

Uno de los funcionarios contaba las cajas negras con las papeletas, que estaban apiladas en el espacio marcado por la herradura. El señor Cooke les había explicado a los candidatos en la reunión mantenida el día anterior que el recuento no comenzaría hasta que los colegios electorales no hubiesen enviado las urnas. Como los colegios electorales cerraban a las ocho, ese proceso solo tardaba alrededor de una hora.

Se escucharon más aplausos y Fletcher vio que saludaban la entrada de Barbara Hunter. La candidata republicana parecía muy segura de sí misma cuando agradeció los saludos de sus partidarios con una amplia sonrisa.

En cuanto se dio por finalizada la recepción de las urnas, los funcionarios rompieron los precintos y vaciaron las papeletas sobre las mesas donde estaban el centenar de voluntarios que realizarían el escrutinio; en cada mesa había tres personas: un representante republicano, otro demócrata y un observador independiente que permanecía de pie detrás de los otros dos. Si el observador tenía alguna duda después de iniciado el recuento, levantaría la mano y el señor Cooke o alguno de sus ayudantes acudiría de inmediato para resolver la situación.

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