Juego Del Destino
- Автор: Арчер Джеффри
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:
– Resulta mucho más fácil relajarte cuando tienes claro que has ganado o perdido.
– Eso es algo que no puedo responder -replicó Jimmy-. Papá ganó sus primeras elecciones por ciento veintiún votos antes de que yo naciera y durante los últimos treinta años fue aumentando la mayoría hasta situarla en poco más de once mil, pero como siempre dice, si sesenta y una personas hubiesen votado al rival, no habría ganado aquellas primeras elecciones y quizá nunca habría tenido una segunda oportunidad. -Jimmy se arrepintió de sus palabras en cuanto las dijo.
Sobre las siete, Fletcher se recuperó un poco al ver que aparecían unas cuantas líneas azules más en las hojas y aunque los republicanos seguían en cabeza, la sensación general era que se podía empatar. Jimmy tuvo que acortar las visitas a las últimas seis casas a once minutos, e incluso así llegaron a las últimas dos cuando ya habían cerrado los colegios electorales.
– ¿Qué hacemos ahora? -preguntó Fletcher cuando salieron de la última casa.
Jimmy consultó su reloj.
– Volvemos al cuartel general, donde escucharás las historias más increíbles. Si ganas, se convertirán en parte de la leyenda; si pierdes, nadie reconocerá haberla contado y se olvidarán rápidamente.
– Y a mí con ellas -comentó Fletcher.
Jimmy no se había equivocado, porque en el cuartel general todos hablaban a la vez, pero solo los más inexpertos o los optimistas por naturaleza se atrevían a pronosticar cuál sería el resultado. El primer sondeo a pie de urna se hizo público un par de minutos después de las ocho y señalaba que Hunter había ganado por los pelos. Los sondeos nacionales indicaban que Ford había derrotado a Carter.
– La historia se repite -opinó Harry cuando entró en la sala-. Esos mismos tipos me decían que Dewey sería nuestro próximo presidente. También dijeron que yo había perdido por los pelos y nosotros nos encargamos de cortárselos, así que no te preocupes por los sondeos, Fletcher, porque son pura paja.
– ¿Qué se sabe de la participación? -preguntó Fletcher, al recordar las explicaciones de Jimmy.
– Demasiado pronto para estar seguros. Desde luego, superior al cincuenta por ciento, pero no llega al cincuenta y cinco.
Fletcher miró a su equipo y se dio cuenta de que ya no servía de nada pensar en cómo ganar votos. Entonces era cuestión de contarlos.
– Ahora ya no podemos hacer nada más -dijo Harry-, excepto asegurarnos de que nuestros escrutadores se registren en el ayuntamiento antes de las diez. El resto de vosotros tendría que tomarse un descanso, nos volveremos a encontrar mientras se realiza el recuento. Tengo el presentimiento de que esta será una noche muy larga.
Mientras iban en el coche hacia Mario’s, Harry le comentó a Fletcher que no tenía mucho sentido aparecer antes de las once.
– Lo mejor será que disfrutemos de una cena tranquila y sigamos los destinos del partido en el resto del país en el televisor de Mario.
Cualquier posibilidad de una cena tranquila se esfumó cuando Fletcher y Harry entraron en el restaurante: varios de los comensales se levantaron y les aplaudieron hasta que llegaron a su mesa en el rincón. Fletcher se alegró al ver que sus padres ya habían llegado y que en esos momentos disfrutaban de una copa.
– ¿Qué les apetece cenar? -preguntó Mario, en cuanto estuvieron todos sentados.
– Estoy demasiado cansada para pensar -replicó Martha-. Mario, ¿por qué no escoge lo que vamos a comer, a la vista de que hasta ahora nunca ha hecho caso de nuestras opiniones?
– Por supuesto, señora Gates -asintió Mario-. Déjelo de mi cuenta.
Annie se levantó para hacerles una seña a Joanna y Jimmy, que acababan de entrar. Mientras Fletcher besaba a Joanna en la mejilla, vio en el televisor a Jimmy Carter, que llegaba a su finca, y unos segundos después al presidente Ford, que bajaba de un helicóptero. Se preguntó qué clase de día habrían pasado.
– Llegas en el momento oportuno -le dijo Harry a Joanna cuando ella se sentó a su lado-. Acabábamos de sentarnos. ¿Qué tal están los chicos?
Mario reapareció en cuestión de minutos con dos grandes bandejas de entrantes, escoltado por un camarero con dos botellas de vino blanco.
– El vino es invitación de la casa -declaró Mario-. Creo que lo conseguirá -le comentó a Fletcher mientras le servía un poco de vino en la copa para que lo catara. Uno más que no se atrevía a predecir el resultado.
Fletcher tocó la rodilla de Annie por debajo de la mesa.
– Voy a decir unas palabras.
– ¿Es necesario? -le preguntó Jimmy y se sirvió una segunda copa de vino-. He escuchado tantos discursos tuyos que tengo para el resto de mi vida.
– Seré breve, te lo prometo -replicó Fletcher mientras se levantaba-, porque todos a quienes quiero darles las gracias están en esta mesa. Comenzaré por Harry y Martha. De no haberme sentado junto a aquel mocoso que era su hijo, jamás hubiese conocido a Annie, o a sus padres, que han cambiado mi vida, aunque en realidad la culpable es mi madre, porque fue ella quien insistió en que fuese a Hotchkiss y no a Taft. Cuán diferente hubiese sido mi vida de haberse salido mi padre con la suya. -Le sonrió a su madre-. Así que muchas gracias a todos. -Se sentó en el momento en que Mario hacía acto de presencia en la mesa con otra botella de vino.
– No recuerdo haberla pedido -dijo Harry.
– Es de parte de un caballero que está al otro extremo del salón.
– Qué amabilidad la suya -opinó Fletcher-. ¿Ha dicho su nombre?
– No, solo dijo que lamentaba no haber podido ayudarle en la campaña porque había tenido mucho trabajo. Es uno de nuestros clientes habituales -añadió Mario-. Creo que tiene algo que ver con el banco Russell.
Fletcher miró al otro extremo del local y asintió cuando Nat Cartwright levantó una mano para saludarle. Tenía la sensación de que le había visto antes.
34
– ¿Cómo lo hizo? -preguntó Tom, con el rostro ceniciento.
– Escogió muy bien a su víctima y, para ser justos, prestó una meticulosa atención a los detalles.
– Eso no explica…
– ¿Cómo sabía que aceptaríamos transferir el dinero? Esa fue la parte más sencilla -dijo Nat-. En cuanto encajaron todas las demás piezas, todo lo que tuvo que hacer Julia fue llamar a Ray y decirle que transfiriera el dinero a otro banco.
– Nuestro banco cierra a las cinco y la mayor parte del personal se marcha antes de las seis, sobre todo si es viernes.
– En Hartford.
– No lo entiendo -insistió Tom.
– Le dijo a nuestro apoderado que transfiriera todo el dinero a un banco en San Francisco, donde eran las dos de la tarde.
– Pero si la dejé sola apenas unos minutos…
– Tiempo más que suficiente para hacer una llamada telefónica a su abogado.
– Si fue así, ¿por qué Ray no me llamó?
– Lo intentó, pero no estabas en el despacho y ella te pidió que no atendieras el teléfono cuando llegasteis a casa; además, no te olvides que cuando te llamé desde Los Ángeles eran las tres y media, o sea, las seis y media en Hartford y el banco ya había cerrado.
– Si tú no hubieses estado de vacaciones… -se lamentó Tom.
– Creo que no me equivoco si digo que ella también lo tuvo en cuenta -opinó Nat.
– Pero ¿cómo…?
– No tuvo más que llamar a mi secretaria para concertar una cita esa semana y averiguar que estaría en Los Ángeles; sin duda, tú se lo confirmaste cuando os conocisteis.
– Sí, lo hice -admitió Tom, después de un breve titubeo-. Así y todo, eso no explica que Ray no se negara a realizar la transferencia.