La Reina de la Oscuridad
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Cronicas de la Dragonlance #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Tere Casanovas
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
—Pronto entrarás en ella —afirmó Tanis, despacio pero firmemente—. Lo harás en nuestra compañía, te apoyaremos. No estarás solo.
Berem se estremeció y meneó la cabeza, pero pronto cesó de tiritar para alzar el rostro y exclamar con el rostro enrojecido:
—¡Sí! ¡No soporto más esta situación! Espero que me protegeréis.
—Haremos cuanto podamos —le reconfortó Tanis sin apartar la vista de Caramon, que puso los ojos en blanco y dio media vuelta—. Será mejor que busquemos la salida.
—Ya la he hallado —anunció el Hombre Eterno—. Me disponía a abandonar este paraje cuando oí el grito del enano. Es por aquí —explicó, señalando una angosta fisura entre dos rocas. El guerrero suspiró, a la vez que contemplaba los arañazos de sus brazos.
Uno tras otro, los compañeros se introdujeron en la hendidura. Tanis fue el último y, antes de iniciar la marcha, miró hacia atrás para escudriñar una vez más aquel desolado lugar. La noche se cernía sobre él, oscureciéndose el cielo hasta asumir tonos rojizos que no tardaron en tornarse negros. Las extrañas rocas fueron envueltas por la creciente penumbra, que ocultaba ahora la losa de piedra donde habían desaparecido Fizban y el enano.
Al semielfo se le antojaba extraño pensar en Flint como alguien a quien no volvería a ver. Un gran vacío agitaba sus entrañas, a cada momento esperaba oír los gruñidos del enano quejándose de sus numerosos sinsabores o peleando con el kender.
Durante unos instantes Tanis luchó contra sí mismo en un intento de aferrarse a la imagen de su amigo, mas tuvo que ceder y asumir su desaparición. Se adentró al fin en la rocosa fisura mientras se despedía para siempre de la Morada de los Dioses.
Una vez descubierta la senda, siguieron su trazado hasta llegar a una pequeña cueva. Se apiñaron en el interior sin atreverse a encender una fogata a causa de la proximidad de Neraka, núcleo del poder de los ejércitos de los Dragones, y tomaron unos frutos secos, único resto de sus provisiones. Durante un rato nadie despegó los labios pero al fin comenzaron a hablar de Flint, aceptando la separación como había hecho Tanis. Sus recuerdos se centraron en el aspecto feliz de la rica y azarosa vida del compañero.
Rieron de buena gana cuando Caramon evocó la desastrosa aventura en la que él volcó la barca mientras trataba de atrapar un pez con la mano, arrojando a Flint al agua. El semielfo recordó cómo se habían conocido Tas y el enano cuando el kender huía «accidentalmente» con un brazalete confeccionado por este último a fin de venderlo en una feria. Tika enumeró las bonitas bagatelas que le había hecho, relató su amabilidad al recogerla en su propia casa tras la desaparición de su padre hasta que Otik le proporcionó un trabajo y un techo donde cobijarse.
Estas y otras muchas vivencias animaron su velada de tal modo que, al caer la noche, el punzante aguijón del dolor cedió a una añoranza de la que no sería fácil desprenderse.
Así fue para la mayoría.
Muy tarde, en la penosa vigilia de la madrugada, Tasslehoff permanecía apostado junto a la boca de la gruta en la absorta contemplación de las estrellas. Sujetaba el yelmo de Flint con sus pequeñas manos, dejando que las lágrimas bañaran sus pómulos sin tratar de reprimirlas, y musitando un antiquísimo canto, propio de los de su raza.
Canción fúnebre kender
5
Neraka.
Tal como iban sucediendo los acontecimientos, los compañeros descubrieron que sería fácil entrar en Neraka. Sospechosamente fácil.
—En nombre de los dioses, ¿qué está ocurriendo? —preguntó Caramon mientras Tanis y él contemplaban el llano desde su oculta atalaya en las montañas situadas al oeste de Neraka.
Unas sinuosas líneas negras reptaban por la desolada planicie en dirección hacia el único edificio en un radio de cien millas: el Templo de la Reina de la Oscuridad. Daba la impresión de que millares de víboras se deslizaran desde las montañas, pero no eran tales víboras sino las multitudinarias fuerzas enemigas. Los dos hombres que las observaban percibían destellos ocasionales producidos por el sol al reflejarse en lanzas y escudos y los estandartes negros, rojos y azules, donde destacaban los emblemas de los Señores de los Dragones, ondeaban sobre sus mástiles. Volando a gran altura sobre sus cabezas los imponentes reptiles surcaban el aire en un abanico de colores, que iban de los purpúreos a los añiles, verdosos y azabaches, en pos de las dos gigantescas ciudadelas flotantes que permanecían suspendidas sobre el recinto amurallado del Templo y que, con sus sombras, sumían al paraje en una perenne noche.
—Fue una suerte que el mago nos atacara en el viaje —comentó despacio Caramon—, nos habrían matado de aparecer con nuestros dragones cobrizos en medio de esta muchedumbre.
—Sí —reconoció Tanis en actitud ausente. Había estado pensando en el viejo hechicero para, con el auxilio de sus recuerdos y las revelaciones de Tas, tratar de unir algunas piezas y descifrar el enigma. Cuanto más reflexionaba sobre Fizban más se acercaba a la verdad y, como habría dicho Flint, el conocimiento de este hecho producía temblores en su piel.
Al evocar al enano en su mente sintió una punzada de dolor, así que decidió desechar toda elucubración sobre su amigo y también sobre el anciano. Ya tenía suficientes preocupaciones con la situación presente, y estaba seguro de que ningún hechicero le ayudaría a salir del atolladero.
—Ignoro qué está sucediendo —susurró el semielfo—, pero sea lo que fuera más nos favorece que nos perjudica. ¿Recuerdas lo que comentó Elistan en una ocasión? Está escrito en los Discos de Mishakal que el Mal se vuelve sobre sí mismo. La Reina Oscura reúne a sus tropas por un motivo desconocido, quizá para asestar un golpe definitivo a Krynn del que no pueda levantarse. Sin embargo, no está todo perdido, y podemos mezclarnos fácilmente en este confuso gentío. Nadie reparará en dos miembros del ejército que regresan con un grupo de prisioneros.
—Así lo espero —apuntó Caramon con sombrío ademán.
—Roguemos para que así sea —apostilló Tanis.
El capitán de la guardia que defendía las puertas de Neraka estaba atosigado por todas partes. La Reina Oscura había convocado un consejo general por segunda vez desde el inicio de la guerra, y los Señores de los Dragones del continente de Ansalon acudían prestos a la llamada. Cuatro días atrás habían empezado a llegar a Neraka y, a partir de entonces, la vida del capitán había sido una constante pesadilla.
Los Señores de los Dragones debían entrar en la ciudad por orden de rango. Así, Ariakas sería el primero con su escolta personal, sus tropas, su guardia y sus dragones, seguido por Kitiara, la Dama Oscura, también en compañía de su cohorte de soldados, reptiles y custodios. En tercer lugar haría su aparición Lucien de Takar con su cortejo, y así sucesivamente hasta el último de la comitiva, Fewmaster Toede, del frente oriental.
Tal sistema no había sido concebido tan sólo para honrar a las más altas dignidades. Su propósito era permitir que circulasen sin obstáculos un gran número de tropas y dragones, junto con sus enseres, por un complejo que nunca fue diseñado para albergar a grandes concentraciones. Dada además la desconfianza que reinaba entre unos y otros Señores, ninguno se dejaría persuadir de entrar con un solo draconiano menos que sus colegas y este hecho contribuiría a mantener un orden perfecto. Era un buen plan y podría haber funcionado, de no plantearse un grave problema desde el principio al llegar Ariakas con dos días de retraso.