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La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
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—Hay un objeto bellísimo entre las ruinas: ¡La base de una columna rota repleta de joyas incrustadas! —La voz de Berem delataba sobrecogimiento—. Nunca he visto nada tan hermoso, ni tantas riquezas juntas. ¿Cómo dejar que se pierdan en el bosque? Con una sola gema bastará para que podamos mudarnos a una ciudad, donde mi hermana recibirá de sus pretendientes las atenciones que merece. Hinco la rodilla y desenfundo mi cuchillo. Destaca entre las demás, una alhaja esmeraldina que despide brillantes destellos bajo el sol. ¡Es tan embrujadora que me froto los ojos para asegurarme de no estar soñando! Enarbolo la hoja de mi arma —Berem imitó el gesto con el brazo en alto— y escarbó con ella la piedra junto a la joya, resuelto a rebajarla.

»Mi hermana está aterrorizada. Me suplica, me ordena que me detenga.

»"Nos hallamos en un paraje sagrado —afirma—. Estos tesoros pertenecen a alguna divinidad y estás cometiendo un sacrilegio, Berem"».

Berem meneó la cabeza, nublado su rostro por el recuerdo de su ira.

—Decido ignorarla, aunque siento un punzante frío en mi corazón mientras trabajo la roca que rodea la gema. Desecho mi inquietud y le digo: Si perteneció a los dioses, la han abandonado, del mismo modo que nos volvieron la espalda a nosotros. Pero ella se niega a escucharme.

Berem abrió los ojos, revelando una gélida mirada difícil de sostener. Su voz provenía de las brumas del pasado.

—Me agarra por el brazo, hunde las uñas en mi carne. ¡Duele!

»"¡No sigas, Berem! —se atreve a exigir a su hermano mayor—. ¡No permitiré que profanes los tesoros de las divinidades!"

»No tiene derecho a hablarme así. ¡Lo hago por ella, por nuestra familia! No debería hostigarme, sabe qué ocurre cuando monto en cólera: la presa de la cordura se rompe en mi cerebro y deja escapar las aguas de la ira. No puedo pensar, mis ojos se ciegan. Le ruego que me suelte pero ella me arrebata el cuchillo y araña la joya con la hoja.»

Una expresión de demencia invadió la faz de Berem. Caramon cerró sigiloso los dedos en tomo a la empuñaba de su daga, al advertir que el Hombre Eterno cerraba los puños y alzaba la voz hasta conferirle un timbre histérico.

—La empujo para desembarazarme de ella. ¡No pretendía herirla, no creía haber empleado tanta fuerza! Se desploma frente a mí y, pese a darme cuenta de que debo frenar su caída, mis movimientos son tan lentos que no consigo alcanzarla. Se golpea la cabeza contra la columna, una aserrada roca le traspasa la sien —se llevó la mano a la suya— y la sangre mana por su rostro, se derrama sobre las joyas. El brillo de las piedras se apaga al unísono con sus ojos. Sus dilatadas pupilas han dejado de verme y entonces... entonces...

Una terrible convulsión azotó su cuerpo, obligándole a hacer una breve pausa.

—¡Es una visión espantosa, que se dibuja en mis pesadillas cada vez que trato de descansar! ¡Como el Cataclismo, sólo que en ese período todo se destruyó! Ahora, en cambio, presencio una creación... fantasmal, pero una creación. La tierra se parte en dos y brotan enormes columnas ante mis atónitos ojos, elevándose hacia el cielo hasta reconstruir el Templo. Sí, de las tenebrosas simas surge un santuario horrible y deforme. La Oscuridad se yergue en su centro, una negrura dotada de cinco cabezas que se retuercen cual serpientes en mi presencia. Me habla la aparición en una voz sepulcral que me estremece.

»"Hace varios siglos fui desterrada de este mundo, y sólo puedo regresar a través de una brecha abierta en él. La columna de las gemas era para mí una puerta cerrada que me tenía prisionera. Me has liberado, mortal, y como recompensa te otorgo lo que deseas: ¡la joya verde es tuya!'"

»Resuena en el aire una risa burlona, y al instante siento un intenso dolor en el pecho. Bajo los ojos, para ver la esmeralda incrustada en mi carne tal como aún la exhibo ahora. Aterrorizado a causa del mal que se ha encarnado frente a mí, perplejo por mi abyecta acción, no acierto sino a contemplar inmóvil cómo el negro contorno asume una forma más nítida a cada segundo. ¡Es un dragón! Lo distingo con total claridad, un dragón de cinco cabezas similar al que describían las oscuras leyendas de mi niñez.

»Sé que en cuanto el dragón penetre en nuestro mundo todo se habrá perdido, pues al fin comprendo la magnitud de mi alocado acto. Me hallo en presencia de la Reina de la Oscuridad que nos dieron a conocer los magos. Expulsada de sus antiguos dominios por el gran Huma, ha intentado regresar sin tregua para sembrar su semilla. Ahora, por mi culpa, podrá recorrer de nuevo nuestras tierras. Una de las enormes cabezas culebrea hacia mí y adivino que pretende matarme, no puede permitir que nadie divulgue su retorno. Veo, paralizado, sus cortantes colmillos, pero no me importa.

»¡De pronto mi hermana se planta frente a mí! Está viva, mas cuando estiro las manos sólo toco aire. Pronuncio su nombre: "!Jasla!"

»"¡Huye, Berem! —me exhorta—. ¡Corre! No puede pasar a través de mí, todavía no. ¡Sálvate!'"

»No logro reaccionar. Mi hermana permanece suspendida entre la Reina Oscura y mi persona. Veo lleno de espanto que las cinco cabezas retroceden iracundas, lanzando rugidos que rasgan el aire. Es cierto, no logran traspasar a mi volátil hermana... y el contorno de la Reina empieza a desvanecerse. Sigue en su templo, convertida en una mera sombra de maldad, pero percibo que su poder es enorme. Se abalanza sobre Jasla...

»Echo a correr sin rumbo, al límite de mi resistencia, y siento que la joya verde arde en mi pecho. Corro hasta que todo se toma negro.»

Berem enmudeció. El sudor surcaba sus pómulos como si realmente acabase de emprender una desenfrenada fuga. Ninguno de los compañeros profirió el más mínimo comentario, se diría que el relato les había transformado en piedras tan inertes como los peñascos que cercaban la losa negra.

Al fin Berem emitió un entrecortado suspiro. Centró sus extraviados ojos y les vio de nuevo, expectantes, a su alrededor.

—Se desarrolla entonces un largo período de mi vida del que nada sé. Cuando recobré el conocimiento había envejecido, estaba tal como ahora me veis. Al principio me dije que había sufrido una pesadilla, un sueño delirante, pero al sentir la joya verde bullendo en mi pecho comprendí que era real. No tenía la menor idea de dónde me encontraba, quizá había recorrido los confines de Krynn en mi errabundo deambular. Anhelaba desesperadamente regresar a Neraka. Sin embargo era el único lugar que no podía visitar, me faltaba valor para intentarlo.

»He viajado durante décadas sin conocer la paz ni el descanso, muriendo a cada trecho para volver a nacer. Oía en todas partes rumores sobre oscuros sucesos que devastaban nuestra tierra, y sabía que yo era el único culpable. Aparecieron los Dragones del Mal y las hordas que los acompañan, sumiéndome en el desaliento pues no podía sustraerme a su significado. Resultaba obvio que la Reina había alcanzado la cumbre de su poder e intentaba conquistar el mundo. Sólo falta una pieza en su esquema: mi persona. ¿Por qué? No estoy seguro, aunque a veces tengo la sensación de cerrar una puerta a alguien que se afana en forzarla. Estoy cansado —su voz pareció quebrarse—, extenuado. No resisto más, quiero que concluya esta lucha.»

Dejó caer la cabeza para subrayar su estado, mientras los compañeros lo observaban sin acertar a proferir palabra. Trataban de hallarle sentido a una historia semejante a esas leyendas que se cuentan en las casas rurales por la noche, alrededor de una fogata. Sin embargo, todos comprendían que aquella fábula era real.

—¿Qué has de hacer para cerrar esa puerta? —preguntó Tanis.

—Lo ignoro —respondió Berem con voz ahogada—. Todo lo que sé es que una fuerza invisible me atrae hacia Neraka, pese a tratarse de la única ciudad sobre la faz de Krynn donde no oso poner los pies. Por eso huí de vosotros.

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