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Las naves del tiempo [The Time Ships - es]

Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:

El Viajero del tiempo de H.G. Wells despierta en su casa de Richmond la mañana posterior al retorno de su primera partida al futuro. Apesadumbrado por haber dejado a Weena en manos de los Morlock, decide realizar un segundo viaje al año 802.701 para rescatar a su amiga Eloi. Pero al entrar en un futuro distinto y radicalmente cambiado, el Viajero se ve irremediablemente atado a las paradójicas complejidades del desplazamiento a través del tiempo. Acompañado por un Morlock, se encontrará consigo mismo, para ser detenido después por un grupo de viajeros temporales procedentes de un 1938 en el cual Inglaterra lleva 24 años en guerra con Alemania... Una novela sorprendente, repleta de aventuras y especulaciones que ha pretendido, con éxito, homenajear y reexaminar La máquina del tiempo de H.G. Wells.
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—De hecho, es probable que no —contesté—. ¿Los Juggernauts? Clase Kitchener, ¿no?

Gibson alzó una ceja, claramente sorprendido por mi alarde de conocimiento.

—En realidad, apenas podemos mover los Juggernauts: las malditas patas de elefante se hunden en este barro interminable…

Una voz clara y familiar habló a mi espalda:

—Me temo que está usted un poco atrasado, señor. La clase Kitchener, incluyendo el viejo Raglan, fue desechada hace años.

Me giré en la silla. Se aproximaba una figura vestida con el uniforme de los Juggernauts. Caminaba con una cojera pronunciaba, y tenía la mano extendida para saludar. Cogí la mano; era pequeña pero fuerte.

—Capitana Hilary Bond —dije con una sonrisa.

Me miró de pies a cabeza, deteniéndose en la barba y en las ropas de pieles.

—Está usted un poco más desastrado, pero sigue siendo inconfundible. ¿Sorprendido de verme?

—Después de unas dosis de viajes en el tiempo, ¡nada me sorprende demasiado, Hilary!

9. LA FUERZA EXPEDICIONARIA DEL TIEMPO

Gibson y Bond me explicaron el propósito de la Fuerza Expedicionaria del Tiempo.

Gracias al desarrollo de pilas de fisión de carolinio, los británicos y americanos habían conseguido producir plattnerita en cantidades razonables poco después de mi partida. ¡Los ingenieros ya no tenían que depender de las pequeñas muestras encontradas en mi laboratorio!

Todavía se temía que guerreros del tiempo alemanes preparasen algún ataque por sorpresa al pasado inglés y, además, se sabía por los restos del Imperial College que Nebogipfel y yo debíamos de haber viajado decenas de millones de años en el pasado. Por tanto, se construyó con rapidez una flota de Juggernauts capaces de viajar en el tiempo, y se les equipó con instrumentos que podían detectar la presencia sutil de plattnerita (entendí que por el origen radiactivo de la sustancia). Ahora aquella fuerza expedicionaria iba al pasado en saltos de cinco millones de años o más.

¡Su misión era rada menos que proteger la historia de Gran Bretaña de ataques anacrónicos del enemigo!

Cuando se hacía una parada, se realizaba un gran esfuerzo por estudiar el periodo; y por tanto los soldados habían recibido entrenamiento apresurado para ser científicos aficionados: climatólogos, ornitólogos y así. Los muchachos realizaban un estudio rápido pero efectivo de la flora, fauna, clima y geología del periodo, y la mayor parte del diario de Gibson lo empleaba en resumir esas observaciones. Vi que los soldados, todos hombres y mujeres comunes, habían aceptado la tarea con buen humor y sonrisas, como lo hace ese tipo de gente y —me parecía claro— demostraban un saludable interés por la naturaleza del extraño valle del Támesis del Paleoceno que nos rodeaba.

Pero centinelas nocturnos patrullaban el perímetro del campamento, y soldados con prismáticos pasaban el día mirando el aire y el mar. Cuando se ocupaban de esas actividades, los soldados no demostraban el humor y la curiosidad amable que caracterizaba sus actividades científicas: en su lugar, el temor y la determinación eran evidentes en los rostros y en las líneas de los ojos.

Después de todo, aquella fuerza estaba allí no para estudiar las flores, sino para buscar alemanes: enemigos humanos que viajaban en el tiempo, en medio de las maravillas del pasado.

Orgulloso como estaba de mis logros para sobrevivir en aquella época extraña, abandoné con gran alivio el traje de pieles y me vestí con el traje tropical ligero y confortable de aquellos soldados que viajaban en el tiempo. Me afeité, me lavé —¡con agua tibia, limpia y jabonosa!— y me lancé a una comida de carne de soja enlatada. Y de noche, me tumbé seguro y en paz en un jergón dé tela con una mosquitera, y con la estructura poderosa de los Juggernauts a mi alrededor.

Nebogipfel no se estableció en el campamento. Aunque el que Gibson nos descubriese provocó celebración —ya que el propósito principal de la expedición había sido el encontrarnos—, el Morlock pronto se convirtió en el objeto de patente fascinación de los soldados. Por lo tanto, el Morlock volvió a nuestro campamento original a orillas del mar.

No me opuse, porque sabía que estaba deseoso de continuar con la construcción de su aparato del tiempo; incluso cogió prestadas herramientas de la Fuerza Expedicionaria. Como recordaba su encuentro con el Pristichampus, insistí en que no estuviese solo, sino que lo acompañase yo o un soldado armado.

En lo que a mí respecta, después de un día o dos me aburrí de descansar en aquel campamento tan ajetreado —no soy un hombre ocioso por naturaleza— y pedí participar en las actividades de los soldados. Pronto demostré mi valía compartiendo mis conocimientos dolorosamente adquiridos sobre la fauna y flora locales, y sobre la geografía de los alrededores. Había muchos enfermos en el campamento —los soldados no estaban más preparados que yo para las infecciones de la época— y eché una mano ayudando al solitario doctor del campamento, un joven perpetuamente cansado que pertenecía al Noveno de Rifles Gurkha.

Después de mi primer día no vi mucho a Gibson, que se esforzaba en los diminutos detalles de la operación diaria de la Fuerza Expedicionaria, y —para mi enfado— en una gran carga de burocracia, formularios e informes que debía llevar al día, ¡y todo para beneficio de un Whitehall que no existiría durante cincuenta millones de años! Me formé la idea de que Gibson se sentía inquieto e impaciente por el viaje en el tiempo. Creo que habría sido más feliz si hubiese podido continuar sus misiones de bombardeo sobre Alemania, que me describía con increíble claridad. Hilary Bond tenía mucho tiempo libre —sus actividades eran más importantes en los momentos en que los grandes acorazados atravesaban los siglos— y ejercía de anfitriona de Nebogipfel y mía.

Un día caminábamos los dos por el borde del bosque, cerca de la costa. Bond se abrió paso a través de la espesa vegetación. Cojeaba, pero tenía el paso elegante y seguro. Me describió los progresos de la guerra desde 1938.

—Había imaginado que la destrucción de las Bóvedas representaría el fin de todo —dije—. No entiendo… quiero decir: ¿por qué luchan ahora?

—¿Quieres decir que debía haber sido el final de la guerra? Oh, no. Supongo que ha sido el final de la vida de ciudad por un tiempo. La población ha sido muy castigada. Pero tenemos los búnkers. Desde ahí se hace la guerra ahora, y allí están las fábricas de municiones y lo demás. No creo que sea un siglo para las ciudades.

Recordé la barbarie que había visto en el campo fuera de la Bóveda de Londres, e intenté imaginar la vida en un refugio permanente: conjuré una imagen de niños de ojos vacíos que corrían por túneles oscuros, y una población reducida por el miedo al servilismo y el salvajismo.

—¿Y para qué es la guerra? —pregunté—. Los frentes… el asalto de Europa…

Bond se encogió de hombros.

—Bien, se oyen muchas cosas sobre grandes avances aquí y allá:

Un último Esfuerzo, ese tipo de cosas. —Bajó la voz—. Pero, y no creo que importe demasiado si discutimos esto aquí, los aeronautas ven algo de Europa, aunque sea de noche y a la luz de las bombas, y corren rumores. Y no creo que las trincheras se hayan movido desde 1935. Estamos atrapados, eso es.

—No puedo imaginar por qué luchar ahora. Los países están acabados, industrial y económicamente. Con seguridad, ninguno representa una amenaza para el resto; y ninguno tiene ya nada que valga la pena coger.

—Quizá sea cierto —dijo—. Creo que a Gran Bretaña sólo le queda lo suficiente para reconstruir los campos una vez que acabe la guerra. ¡No conquistaremos durante un tiempo! Y, siendo la situación como es, el punto de vista de Berlín debe de ser muy similar.

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