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La sombra de la sirena

Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:

Un hombre desparece en Fjällbacka sin dejar rastro. Pese a que Patrik Hedström y sus colegas de la policía han hecho cuanto han podido para encontrarlo, nadie sabe si está vivo o muerto. Al cabo de tres meses, lo encuentran finalmente congelado en el hielo. Cuando averiguan que el escritor Christian Thydell, uno de los amigos de la víctima, lleva más de un año recibiendo cartas anónimas plagadas de amenazas, todo se complica.Christian trata de restarle importancia, pero su amiga Erica Falck, quien lo ayudó en la escritura de su primera y exitosa novela, La sombra de la sirena, es consciente del peligro. La policía no tarda en comprender que el asesinato y las cartas están relacionados.Alguien odia a Christian profundamente, y ese alguien parece que no dudará en cumplir sus amenazas…
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– Han sido tantas. Al final, una termina cansándose.

Cecilia se dio la vuelta sorprendida. No era así como había imaginado que empezaría. Más bien se había preparado para un torrente de rabia y de acusaciones. Pero Louise solo parecía estar triste. Y cuando Cecilia se sentó a su lado, advirtió las grietas que surcaban aquella fachada elegante. Tenía el pelo sin brillo, las uñas mordidas y la laca desconchada. Llevaba la blusa mal abotonada y se le había salido un poco de la cinturilla del pantalón.

– Lo he mandado al infierno -dijo Cecilia, y se dio cuenta de lo aliviada que se sentía por ello.

– ¿Por qué? -preguntó Louise en tono apático.

– Ya me ha dado lo que quería.

– ¿El qué? -Louise tenía la mirada vacía y ausente.

Cecilia sintió de pronto una gratitud tan inmensa que respiró aliviada. Ella nunca sería como Louise, era más fuerte que ella. Aunque quizá Louise también hubiese sido fuerte en su día. Quizá también hubiese abrigado un sinfín de expectativas y hubiese tenido la firme voluntad de que todo saliera bien. Pero aquellas esperanzas se habían esfumado. Ya solo quedaba el vino y muchos años de mentiras.

Por un instante, Cecilia consideró la posibilidad de mentirle o, al menos, de ocultarle la verdad un tiempo. Llegado el momento, sería evidente. Pero comprendió que debía contárselo, que no podía mentirle a alguien que había perdido todo lo que valía la pena tener.

– Estoy embarazada. De Erik -dijo, y se impuso el silencio unos instantes-. Le dejé bien claro que lo único que quiero es que contribuya económicamente. Lo amenacé con contártelo todo.

Louise soltó una risita amarga. Luego, empezó a reír. Una risa cada vez más estentórea y chillona. Después, afluyó el llanto, mientras Cecilia la observaba fascinada. Aquella tampoco era la reacción que esperaba. Louise era, ciertamente, una caja de sorpresas.

– Gracias -dijo Louise cuando se hubo calmado.

– ¿Por qué me las das? -preguntó Cecilia llena de curiosidad. Siempre le había gustado aquella mujer. Solo que no tanto como para no follarse a su marido.

– Porque acabas de darme una patada en el trasero. Y la necesitaba. Mira qué pinta tengo -dijo señalando la camisa mal abrochada, cuyos botones casi hizo saltar mientras intentaba colocarlos bien. Le temblaban los dedos.

– De nada -dijo Cecilia, incapaz de evitar la risa ante lo cómico de la situación-. ¿Qué piensas hacer?

– Lo que has hecho tú. Decirle que se vaya a la mierda -respondió Louise con vehemencia y ya sin la mirada ausente del principio. La sensación de que aún tenía poder sobre su vida había vencido a la resignación.

– Primero, procura no irte con las manos vacías -dijo Cecilia secamente-. Es verdad que Erik me gustaba mucho, pero sé qué clase de hombre es. Te pondrá de patitas en la calle y sin blanca si lo dejas. Los hombres como Erik no aceptan que los abandonen.

– No te preocupes. Procuraré sacar el máximo posible -aseguró Louise remetiendo la blusa, ya bien abotonada, por dentro de la cinturilla-. ¿Qué aspecto tengo? ¿Se me ha corrido el maquillaje?

– Un poco. Espera, te lo arreglo. -Cecilia se levantó, cogió un poco de papel de cocina, lo humedeció bajo el grifo y se colocó delante de Louise. Con mucho cuidado, fue retirando el rímel de las mejillas. Se detuvo de repente al sentir la mano de Louise en la barriga. Ninguna de las dos dijo nada, hasta que Louise le susurró:

– Ojalá sea un chico. Las niñas siempre han querido tener un hermano.

– Joder -dijo Paula-. Es lo más repugnante que he oído.

Patrik le había contado lo que Sanna le había dicho a Erica, y Paula le lanzó una mirada fugaz desde su puesto al volante. Después de la experiencia casi mortal del día anterior, no pensaba dejarlo conducir hasta que no hubiera descansado un poco.

– Pero ¿qué tiene que ver eso con la investigación? De eso hace muchos años.

– Pues sí, treinta y siete, para ser exactos. Y no sé si tiene algo que ver, pero todo parece girar en torno a la persona de Christian. Creo que hallaremos la respuesta en su pasado, que ahí está el vínculo con los demás. Si es que existe tal vínculo -añadió-. Puede que solo hayan sido espectadores inocentes y que hayan sufrido las consecuencias de encontrarse en el entorno de Christian. Pero eso es lo que debemos averiguar y más vale que empecemos por el principio.

Paula aceleró para adelantar a un camión y estuvo a punto de pasarse la salida de Trollhättan.

– ¿Seguro que no quieres que conduzca yo? -preguntó Patrik angustiado, agarrándose bien.

– No, así te enterarás de lo que se siente -rio Paula-. Desde ayer, has perdido mi confianza. Por cierto, ¿has podido descansar algo? -Lo miró de reojo mientras aceleraba en una rotonda.

– Sí, la verdad -dijo Patrik-. Dormí un par de horas y luego pasé la tarde tranquilamente con Erica. Fue estupendo.

– Tienes que cuidarte.

– Sí, eso mismo me ha dicho Annika hace un momento. Ya podéis dejar de tratarme como si fuera un niño pequeño.

Paula miraba alternativamente entre los indicadores de la carretera y el plano de las páginas amarillas, y estuvo a punto de llevarse por delante a un ciclista que circulaba por el lado interior de la carretera.

– Deja que yo lea el plano. Lo de la capacidad femenina de ejecutar varias acciones simultáneas parece que no funciona -se burló Patrik.

– Tú ándate con cuidado -dijo Paula, aunque no parecía muy enojada.

– Si giras por aquí a la derecha, no tardaremos en llegar -señaló Patrik-. Esto va a ser de lo más interesante. Al parecer, aún conservan la documentación y la mujer con la que hablé por teléfono recordó el caso enseguida. Supongo que no es de los que caen en el olvido así como así.

– Qué bien que todo fuera tan fácil con el fiscal. A veces resulta complicado tener acceso a ese tipo de documentos.

– Pues sí -respondió Patrik, concentrado en el plano.

– Ahí -dijo Paula señalando la casa de los servicios sociales de Trollhättan.

Minutos después los recibía Eva-Lena Skog, la mujer con la que Patrik había hablado por teléfono.

– Pues sí, somos muchos los que recordamos aquella historia -aseguró dejando sobre la mesa una carpeta amarillenta-. Hace ya tantos años, pero un caso así no se olvida fácilmente -dijo apartando un mechón canoso. Parecía el estereotipo de maestra de escuela, con la larga melena recogida en un moño bajo perfecto.

– ¿Se sabía lo mal que estaban las cosas? -preguntó Paula.

– Sí y no. Habíamos recibido algunas denuncias e hicimos… -abrió la carpeta y pasó el dedo por el primer documento-, hicimos dos visitas domiciliarias.

– Pero no visteis nada que exigiera la intervención de las autoridades, ¿no? -preguntó Patrik.

– Es difícil de explicar, pero entonces eran otros tiempos -dijo Eva-Lena Skog con un suspiro-. Hoy habríamos intervenido muy pronto, pero entonces… bueno, sencillamente, no se hacían las cosas como ahora. Al parecer, la cosa iba por épocas, y, seguramente, las visitas tuvieron lugar en momentos en que ella se encontraba mejor.

– ¿Y no reaccionó nadie, ni familiares ni amigos? -intervino Paula. Costaba creer que algo así pudiera suceder sin que nadie lo advirtiese.

– No tenían familia. Ni amigos tampoco, diría yo. Creo que vivían bastante aislados, por eso pasó lo que pasó. De no haber sido por el olor… -Tragó saliva y bajó la vista-. Desde entonces hemos avanzado mucho y algo así sería hoy imposible.

– Sí, esperemos que sí -dijo Patrik.

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