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La sombra de la sirena

Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:

Un hombre desparece en Fjällbacka sin dejar rastro. Pese a que Patrik Hedström y sus colegas de la policía han hecho cuanto han podido para encontrarlo, nadie sabe si está vivo o muerto. Al cabo de tres meses, lo encuentran finalmente congelado en el hielo. Cuando averiguan que el escritor Christian Thydell, uno de los amigos de la víctima, lleva más de un año recibiendo cartas anónimas plagadas de amenazas, todo se complica.Christian trata de restarle importancia, pero su amiga Erica Falck, quien lo ayudó en la escritura de su primera y exitosa novela, La sombra de la sirena, es consciente del peligro. La policía no tarda en comprender que el asesinato y las cartas están relacionados.Alguien odia a Christian profundamente, y ese alguien parece que no dudará en cumplir sus amenazas…
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– Espero sinceramente que se trate de algo lo bastante importante como para interrumpir mi descanso.

Patrik se sentía como en una película muda de los años veinte.

– Tenemos unas preguntas que hacerle -dijo sentándose otra vez.

Iréne Lissander se repantigó en el sillón que había enfrente, sin molestarse en saludar a Paula.

– En fin… Ragnar me ha dicho que vienen de… -Se volvió hacia su marido-. ¿Era Tanumshede?

El hombre asintió con un murmullo y se sentó en el borde del sofá, con las manos colgando entre las piernas y la vista clavada en el cristal reluciente de la mesa.

– No comprendo qué quieren de nosotros -dijo Iréne Lissander con altivez.

Patrik no pudo evitar mirar fugazmente a Paula, que hizo un gesto de desidia.

– Estamos investigando un asesinato -comenzó Patrik-. Y hemos dado con una pista que nos ha llevado atrás en el tiempo, a un suceso que sucedió aquí, en Trollhättan, hace treinta y siete años.

Patrik vio con el rabillo del ojo que Ragnar daba un respingo.

– En esa fecha, ustedes se convierten en padres de acogida de un niño.

– Christian -confirmó Iréne dando zapatazos de impaciencia. Llevaba unas zapatillas de casa de tacón alto con el dedo descubierto. Llevaba las uñas pintadas de un rojo chillón que no casaba con la bata.

– Exacto. Christian Thydell, que luego llevó su apellido. Lissander.

– Pero después se lo volvió a cambiar -dijo Ragnar con una calma que le valió una mirada asesina de su mujer. El hombre guardó silencio y volvió a hundirse en el sofá.

– ¿Lo adoptaron?

– No, desde luego que no. -Iréne se apartó de la cara un mechón oscuro, claramente teñido-. Solo vivía con nosotros. Lo del nombre fue para… para que fuera más sencillo.

Patrik se quedó estupefacto. ¿Cuántos años había pasado Christian en aquel hogar, donde lo trataban como a un inquilino no deseado, a juzgar por la frialdad con que su madre de acogida hablaba de él?

– Ya veo. Y ¿cuánto tiempo vivió con ustedes? -Patrik oyó el resonar displicente de sus propias palabras, pero Iréne Lissander no se dio por enterada.

– Pues… ¿cuánto tiempo fue, Ragnar? ¿Cuánto tiempo estuvo el chico con nosotros? -Ragnar no respondió, de modo que Iréne se volvió de nuevo hacia Patrik. A Paula no se había dignado dedicarle una sola mirada. Patrik tuvo la sensación de que, en el mundo de Iréne, no existían las demás mujeres.

»Digo yo que se podrá calcular, ¿no? Tenía algo más de tres años cuando llegó. ¿Y cuántos tenía cuando se fue, Ragnar? Dieciocho, ¿no? -sonrió como disculpándose-. Iba a buscar la felicidad en otro lugar. Y desde entonces no hemos sabido nada de él. ¿Verdad, Ragnar?

– Sí, así fue -contestó Ragnar Lissander en voz baja-. Simplemente… se marchó.

Patrik sentía compasión por aquel pobre hombre. ¿Habría sido siempre así? Sometido y menospreciado. ¿O fueron los años compartidos con Iréne lo que le minó las fuerzas?

– ¿Y no tienen idea de adónde fue?

– Ni idea, ni la más remota idea. -Iréne volvía a repiquetear con el pie.

– ¿A qué vienen todas estas preguntas? -quiso saber Ragnar-. ¿De qué modo está Christian implicado en esa investigación de asesinato?

Patrik vaciló un instante.

– Por desgracia, debo comunicarles que lo han encontrado muerto esta mañana.

Ragnar no pudo disimular la pena. Después de todo, alguien se había preocupado por Christian, él no lo había considerado un simple inquilino.

– ¿Cómo ha muerto? -preguntó con un temblor en la voz.

– Lo encontraron ahorcado. Es cuanto sabemos por ahora.

– ¿Tenía familia?

– Sí, dos hijos preciosos y su mujer, Sanna. Llevaba unos años viviendo en Fjällbacka y era bibliotecario. La semana pasada se publicó su primera novela, La sombra de la sirena. Ha tenido unas críticas excelentes.

– Así que era él… -dijo Ragnar-. Lo leí en el periódico y me resultó familiar el nombre, pero el Christian de la fotografía no se parecía en absoluto al que vivió con nosotros.

– Vaya, eso sí que resulta sorprendente; que aquel desastre llegara a ser algo en la vida -comentó Iréne con la expresión dura como una piedra.

Patrik tuvo que morderse la lengua para no replicarle. Debía portarse como un profesional y concentrarse en su objetivo. Notó que volvía a sudar en abundancia y se tiró un poco del jersey, como si le faltara el aire.

– Los primeros años de la vida de Christian fueron terribles. ¿Notaron algo en su comportamiento?

– Ya, pero era tan pequeño… Esas cosas se olvidan pronto -dijo Iréne quitándole importancia con un gesto de la mano.

– A veces tenía pesadillas -intervino Ragnar.

– Como todos los niños, ¿verdad? No, no notamos nada. Desde luego, era un niño de lo más extraño, pero con esos principios, claro…

– ¿Qué saben de su madre biológica?

– Una fulana, clase baja. Estaba mal de la cabeza. -Iréne se golpeó la sien con el dedo índice y suspiró-. Pero, la verdad, no entiendo qué esperan que podamos aportar nosotros. Si han terminado, me gustaría volver a la cama. No me encuentro del todo bien.

– Solo un par de preguntas más -dijo Patrik-. ¿Hay algún otro dato de su infancia que puedan mencionar? Estamos buscando a una persona, seguramente una mujer, que ha estado enviando cartas de amenaza a Christian, entre otros.

– Pues desde luego, no puede decirse que las chicas anduviesen tras él -replicó Iréne concluyente.

– No me refería solo a enamoramientos y esas cosas. ¿Había alguna otra mujer en su entorno?

– Pero si solo nos tenía a nosotros. No se me ocurre quién pudiera ser.

Patrik estaba a punto de dar la conversación por terminada, cuando Paula intervino con otra pregunta.

– Un último detalle. En Fjällbacka hemos hallado también el cadáver de otro hombre, Magnus Kjellner, un amigo de Christian. Y parece ser que otros dos de sus amigos, Erik Lind y Kenneth Bengtsson, han recibido las mismas amenazas. ¿Les resultan familiares esos nombres?

– Como ya he dicho, no supimos una palabra de él desde que se mudó -dijo Iréne levantándose bruscamente-. Y ahora, tendrán que disculparme, pero tengo que irme a descansar. -Dicho esto, se retiró. Sus pasos resonaron en la escalera.

– ¿Tienen alguna idea de quién puede ser? -preguntó Ragnar mirando hacia la puerta que su mujer había dejado entreabierta.

– No, por ahora no lo sabemos -respondió Patrik-. Pero yo creo que Christian es el protagonista de todo lo que ha ocurrido. Y no pienso rendirme hasta haber averiguado cómo y por qué. Hace unas horas le di a su mujer la noticia de su muerte.

– Comprendo -dijo Ragnar. Luego abrió la boca como si tuviera intención de añadir algo, pero guardó silencio. Se levantó y miró a Patrik y a Paula-. Los acompaño a la puerta.

Ya en la entrada, Patrik se detuvo con la sensación de que no debería marcharse aún. De que debería quedarse un rato más e instar a aquel hombre a decir lo que había callado hacía un instante. Pero lo único que hizo fue darle a Ragnar una tarjeta de visita antes de salir.

Al cabo de una semana se terminó la comida. Dos días antes se había acabado el pan y luego tuvo que comer cereales del paquete grande. Sin leche. Tanto la leche como el zumo se habían terminado, pero había agua en el grifo y, si ponía una silla delante del fregadero, podía beber directamente.

Sin embargo, ya no quedaba nada que comer. No es que hubiera mucho en el frigorífico, y en la despensa solo había unas latas que no podía abrir. Incluso había pensado salir a comprar comida él solo. Sabía dónde guardaba su madre el dinero, en el bolso que siempre tenía en la entrada. Pero no conseguía abrir la puerta. Imposible hacer girar la llave, por más que lo intentaba. De haberlo conseguido, su madre se habría sentido más orgullosa aún de éclass="underline" no solo era capaz de hacerse los bocadillos, sino que además sabía ir a comprar solo mientras ella dormía.

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