La sombra de la sirena
- Автор: Лэкберг Камилла
- Серия: Patrik Hedstrom (es) #6
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:
– ¿Colgado? -Gaby volvía a jadear-. ¡No puede ser!
Erica guardó silencio un instante. Sabía que la información debía asentarse despacio antes de convertirse en realidad. Ella misma lo experimentó así cuando Patrik le dio la noticia.
– Te llamaré si me entero de algo más -aseguró Erica-. Pero te agradecería que mantuvieras al margen a los medios tanto tiempo como sea posible. Su familia ya está sufriendo bastante.
– Por supuesto, por supuesto -dijo Gaby, y pareció que lo decía de verdad-. Pero mantenme al corriente de las novedades.
– Te lo prometo -dijo Erica antes de colgar. Sabía que, aunque Gaby se abstuviera de llamar a la prensa, la noticia de la muerte de Christian no tardaría en ocupar las primeras páginas de los diarios. Se había convertido en un personaje célebre de la noche a la mañana y los periódicos comprendieron enseguida que su nombre vendería muchos ejemplares. Su muerte dominaría todas las noticias de los próximos días, de eso estaba segura. Pobre Sanna, pobres niños.
Erica apenas fue capaz de mirarlos el rato que estuvo con ellos en casa de la hermana de Sanna. Estuvieron jugando en el suelo con una montaña de piezas de lego. Un juego sin tristeza, alegre, tan solo interrumpido por la riña habitual entre hermanos. No parecían ya afectados por la experiencia del día anterior, pero quizá la llevasen dentro. Quizá se les hubiese quebrado algo por dentro, aunque no se les notase por fuera. Y ahora habían perdido a su padre. ¿Cómo afectaría aquello a sus vidas?
Ella se había quedado todo el rato sentada en el sofá, sin moverse. Y al final se obligó a mirarlos, a ver cómo las dos cabezas discutían, muy juntas, dónde debía ir la sirena de la ambulancia. Tan parecidos a Christian y también a Sanna. Ellos serían lo único que quedase de Christian. Ellos y el libro. La sombra de la sirena.
Erica tuvo entonces el impulso de leer la historia una vez más, como un homenaje a Christian. Primero fue a ver a Maja, que estaba durmiendo. Con el jaleo de la mañana, no había llevado a la pequeña a la guardería. Le acarició la melena rubia que descansaba sobre el almohadón. Luego, fue a buscar el libro, se acomodó en el sillón y lo abrió por la primera página.
Enterrarían a Magnus dentro de dos días. Dentro de dos días quedaría bajo tierra. En un agujero.
Cia no había salido desde que recibió la noticia del hallazgo del cadáver. No soportaba que la gente se la quedase mirando, no soportaba las miradas que, con un toque de compasión, se preguntaban qué habría hecho Magnus para merecer aquella muerte. Ni las especulaciones de que tal vez hubiese buscado la desgracia por su propia mano.
Sabía lo que decían, llevaba muchos años oyendo ese tipo de habladurías. No era de las que contribuían activamente, desde luego, pero sí escuchaba sin protestar.
«No hay humo sin fuego.»
«A saber cómo pueden permitirse ir a Tailandia, seguro que trabaja sin cotizar.»
«Pues sí que ha empezado a ponerse camisetas escotadas, así, de repente, ¿a quién querrá impresionar?»
Cotilleos aislados, tomados fuera de contexto y ensamblados hasta formar una mezcla de realidad e invención. Hasta que al final cobraban carta de naturaleza.
Bien imaginaba ella qué historias contarían en el pueblo. Pero mientras pudiera quedarse en casa, no le importaba. Apenas era capaz de pensar en el vídeo que Ludvig le había enseñado a los policías el día anterior. No mintió cuando dijo que no sabía nada de aquella grabación. Pero, al mismo tiempo, la hizo recapacitar porque, claro que, de vez en cuando, había tenido la impresión de que había algo que Magnus no le contaba. ¿O sería una construcción mental posterior, ahora que se había removido todo de la forma más desconcertante? Pero creía recordar que, en ocasiones, una honda melancolía hacía presa en su marido, por lo general tan alegre. Lo abatía como una sombra, como un eclipse de sol. Alguna vez incluso le preguntó. Sí, claro que lo recordaba. Le acarició la mejilla y le preguntó en qué pensaba. Y él siempre reaccionaba igual, se iluminaba de nuevo. Ahuyentaba la sombra antes de que ella tuviese ocasión de ver demasiado.
– En ti, cariño, ¡qué preguntas haces! -respondía él inclinándose para darle un beso.
También había llegado a suceder que ella sintiera que algo lo apesadumbraba incluso cuando no se le notaba en la cara. Pero ella siempre desechaba aquellos presentimientos. Ocurría tan rara vez y, además, no tenía nada concreto en lo que basarse.
Pero desde el día anterior, no había podido dejar de pensar en ello. En la sombra. ¿Era esa sombra la causa de que él ya no estuviera con ella? ¿De dónde habría salido? ¿Por qué Magnus no le dijo nunca una palabra? Ella había vivido en la creencia de que se lo contaban todo, de que ella lo sabía todo de él, y viceversa. ¿Y nunca fue así? ¿Y si ella no tenía ni idea de nada?
La sombra crecía cada vez más en su conciencia. Veía la cara de Magnus ante sí. No el semblante alegre, cálido y cariñoso a cuyo lado Cia había tenido la fortuna de despertarse cada mañana de los últimos veinte años, sino la cara de la grabación de vídeo. Aquella cara distorsionada por la desesperación.
Cia se cubrió el rostro con las manos y se echó a llorar. Ya no estaba segura de nada. Era como si Magnus hubiera muerto por segunda vez, y Cia no podría sobrevivir a esa segunda pérdida.
Patrik tocó el timbre y, un instante después, se abrió la puerta. Un hombrecillo de piel reseca asomó la cara.
– ¿Sí?
– Soy Patrik Hedström, de la Policía de Tanum. Y esta es mi colega Paula Morales.
El hombre los observaba con suma atención.
– Pues vienen de muy lejos. ¿En qué puedo ayudarlos? -preguntó con cierta reserva.
– ¿Es usted Ragnar Lissander?
– El mismo.
– Pues querríamos entrar y charlar un rato. A ser posible, con su mujer, si es que está en casa -dijo Patrik. Le habló con amabilidad, pero no cabía pensar que fuese una pregunta.
El hombre pareció dudar un instante. Luego, se apartó y los invitó a pasar.
– Mi mujer no se encuentra bien y está descansando. Pero iré a ver si puede bajar un rato.
– Estaría bien -insistió Patrik, sin saber si Ragnar Lissander pretendía que aguardasen en el recibidor mientras él subía.
– Entren y pónganse cómodos, no tardaremos -dijo el hombre, como respondiendo a la pregunta que Patrik no había formulado.
Patrik y Paula se encaminaron en la dirección que señalaba el brazo del hombre y vieron que, a la izquierda, había una sala de estar. Echaron un vistazo mientras oían los pasos de Ragnar Lissander subiendo hacia la primera planta.
– Qué aspecto más poco acogedor -dijo Paula en un susurro.
Patrik no podía por menos de estar de acuerdo. La sala de estar parecía una sala de exposiciones más que una casa. Todo relucía y los habitantes de la casa parecían tener debilidad por las figuritas. El sofá era de piel marrón y tenía delante la consabida mesa de cristal, sobre la que no se veía una sola huella y Patrik se estremeció ante la idea del aspecto que habría tenido aquella mesa de haber estado en su casa, con Maja dejando pegotes por todas partes.
Lo más sorprendente era que no había en la habitación ningún objeto personal. Ni fotografías, ni dibujos de los nietos, ni postales de amigos o familiares.
Se sentó despacio en el sofá y Paula se acomodó a su lado. Oyeron voces procedentes del piso de arriba, una conversación agitada, aunque no pudieron distinguir qué decían. Al cabo de unos minutos más de espera, oyeron pasos en la escalera y, en esta ocasión, de dos pares de zapatillas.
Ragnar Lissander apareció en la puerta. Era el vejete por definición, pensó Patrik. Gris, encogido e invisible. No se podía decir lo mismo de la mujer que venía detrás. No caminaba hacia ellos, se deslizaba, enfundada en una bata toda de volantes color melocotón. Cuando le estrechó la mano a Patrik, dejó escapar un suspiro.