La sombra de la sirena
- Автор: Лэкберг Камилла
- Серия: Patrik Hedstrom (es) #6
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:
– Este pequeño no tardará, cariño. Ya no tardará en venir.
A Anna se le iluminó la cara. Cuando pensaba en el niño, sentía que nada podía afectarle. Quería tanto a Dan… y al pensar que en sus entrañas crecía un ser que los unía sentía que estallaba de felicidad. Le acarició la cabeza y le dijo al oído:
– Tienes que dejar de decir «el pequeño». De hecho, tengo el presentimiento de que lo que hay aquí dentro es una princesita. Son patadas de bailarina -le dijo para provocarlo.
Después de las tres hijas de su primer matrimonio, Dan prefería tener un niño. Aunque Anna sabía que sería inmensamente feliz con lo que viniera, por el simple hecho de que era el hijo de ellos dos.
Patrik dejó a Gösta en Badholmen. Tras reflexionar unos minutos, se fue a casa. Tenía que hablar con Erica. Averiguar lo que sabía.
Al llegar a casa, lanzó un suspiro. Anna seguía allí y no quería involucrarla en la discusión que mantuviera con Erica. Su mujer tenía la mala costumbre de hacer piña con su hermana y a Patrik no le atraía lo más mínimo la idea de tener a dos púgiles en el rincón opuesto del ring. Pero, tras darle las gracias a Anna -y a Dan, al que encontró también en casa, como refuerzo de la canguro-, intentó hacerles entender que quería estar a solas con Erica. Anna lo captó enseguida y se llevó a Dan, que antes tuvo que conseguir que Maja lo dejase marchar.
– Supongo que Maja no irá hoy a la guardería -dijo Erica en tono jovial, mirando el reloj.
– ¿Qué hacías en casa de la hermana de Sanna Thydell? ¿Y qué fuiste a hacer ayer a Gotemburgo? -preguntó Patrik con voz severa.
– Ah, sí, verás… -Erica ladeó la cabeza y adoptó la expresión más encantadora que le fue posible. Al ver que Patrik no reaccionaba, dejó escapar un suspiro y comprendió que más le valía confesar. De todos modos, tenía pensado hacerlo, solo que Patrik se le adelantó.
Se sentaron en la cocina. Patrik cruzó las manos y le clavó la mirada. Erica reflexionó unos minutos, hasta que decidió por dónde empezar.
Y le contó que siempre le había extrañado que Christian fuese tan reservado con su pasado. Que había decidido investigarlo y que por eso fue a Gotemburgo, a la dirección que tenía antes de mudarse a Fjällbacka. Le habló del húngaro encantador al que había conocido, de las cartas que seguían llegando a nombre de Christian, pero que él nunca recibió, puesto que no dejó la nueva dirección. Y además, se armó de valor y le contó que había leído el material de la investigación y que no había podido resistir la tentación de oír la grabación. Que oyó algo que le llamó la atención y que sintió el impulso de indagar hasta el fondo. De ahí la visita a Sanna. Y le explicó lo que Sanna le había contado acerca del vestido azul y toda aquella historia demasiado horrenda como para poder comprenderla. Cuando terminó estaba sin aliento y apenas se atrevía a mirar a Patrik, que no se había movido ni un milímetro desde que ella empezó a hablar.
Pasó un buen rato sin decir nada, mientras Erica tragaba saliva y se preparaba mentalmente para el rapapolvo de su vida.
– Yo solo quería ayudarte -añadió-. Últimamente pareces agotado.
Patrik se puso de pie.
– Ya hablaremos de esto después. Ahora tengo que ir a la comisaría. Me llevo los dibujos.
Erica se lo quedó mirando mientras se alejaba. Era la primera vez, desde que se conocieron, que Patrik se marchaba de casa sin darle un beso.
No era propio de Patrik no llamar por teléfono. Annika lo había telefoneado varias veces desde el día anterior, pero solo le había dejado un mensaje pidiéndole que le devolviera la llamada: había encontrado algo que quería contarle personalmente.
Cuando por fin llegó a la comisaría parecía tan cansado que de nuevo le invadió la preocupación. Paula le dijo que le había dado órdenes de quedarse en casa y recuperarse un poco, y Annika aplaudió la idea sin comentarla. También ella había pensado hacer algo parecido muchas veces en las últimas semanas.
– Me habías llamado -dijo Patrik entrando en el despacho de Annika, detrás del mostrador de recepción. Annika hizo girar la silla de escritorio.
– Sí, y no puede decirse que hayas reaccionado como un rayo para devolverme la llamada -respondió mirándolo por encima de las gafas, aunque no en tono de reproche, sino solo de preocupación.
– Lo sé -respondió Patrik sentándose en la silla que había contra la pared-. He tenido demasiado jaleo.
– Deberías cuidarte. Tengo una amiga que llegó al límite hace unos años y aún no se ha recuperado del todo. Si abusas, cuesta mucho reponerse.
– Sí, lo sé -dijo Patrik-. Pero no es para tanto. Solo un montón de trabajo. -Se pasó la mano por el pelo y se inclinó y apoyó los codos en las rodillas-. ¿Qué querías?
– He terminado con mis indagaciones sobre Christian. -Guardó silencio. Acababa de caer en la cuenta de dónde había estado Patrik aquella mañana-. ¿Qué tal ha ido? -preguntó en voz baja-. ¿Cómo ha recibido Sanna la noticia?
– ¿Cómo se puede recibir algo así? -repuso Patrik y asintió para indicarle que podía continuar, que no quería hablar de la noticia que acababa de dar.
Annika carraspeó antes de empezar.
– De acuerdo, para empezar, Christian no figura en nuestros registros. Nunca ha sufrido ninguna condena ni ha sido sospechoso de nada. Antes de mudarse a Fjällbacka, vivió varios años en Gotemburgo. Allí fue a la universidad y luego estudió a distancia para ser bibliotecario. Esa facultad está en Borås.
– Ajá… -respondió Patrik impaciente.
– Además, nunca había estado casado antes de conocer a Sanna y no tiene más hijos que los de este matrimonio.
Annika guardó silencio.
– ¿Eso es todo? -preguntó Patrik sin poder ocultar la decepción.
– No, todavía no he llegado a lo más interesante. Descubrí enseguida que Christian se quedó huérfano a la edad de tres años. Por cierto que nació en Trollhättan, y allí vivía cuando su madre murió. Del padre no se supo nunca nada. Y decidí seguir indagando por ahí.
Sacó un papel y empezó a leer de carrerilla, mientras Patrik la escuchaba con vivo interés. Annika se dio cuenta de que Patrik le daba vueltas a todo tratando de relacionar la nueva información con lo poco que ya sabían.
– Es decir, que a los dieciocho años recuperó el apellido de su madre, Thydell -concluyó Patrik.
– Sí, también he encontrado bastante información sobre ella. -Le entregó el folio a Patrik, que lo leyó ansioso de respuestas.
– Hay varias pistas por las que empezar a desliar la madeja -dijo Annika al ver la tensión de Patrik. Le encantaba rebuscar en los registros e investigar acerca de detalles nimios, insignificantes, que terminaban componiendo una imagen global. La cual, en el mejor de los casos, les permitía avanzar en la investigación.
– Sí. Y ya sé por qué pista empezar -dijo Patrik poniéndose de pie-. Empezaré por un vestido azul.
Annika lo miraba atónita mientras él se alejaba. Por Dios bendito, ¿qué habría querido decir Patrik?
Cecilia no se extrañó al abrir la puerta y ver quién había al otro lado. En realidad, lo esperaba. Fjällbacka era un pueblo pequeño y los secretos siempre terminaban por salir a la luz.
– Pasa, Louise -le dijo haciéndose a un lado. Tuvo que contener el impulso de llevarse la mano a la barriga, tal y como había empezado a hacer cuando le confirmaron que estaba embarazada.
– Erik no estará aquí, espero -dijo Louise. Cecilia se dio cuenta de que estaba borracha y, por un instante, sintió un punto de compasión por ella. Ahora que la pasión del enamoramiento se había acabado comprendía el infierno que tenía que ser vivir con Erik. Seguramente, también ella habría terminado por darle a la botella.
– No, no está aquí, pasa -repitió encaminándose a la cocina. Louise la siguió. Como de costumbre, iba muy elegante, con ropa cara de corte clásico y joyas de oro, pero muy discretas. Cecilia se sintió como una andrajosa con la ropa de estar en casa. No recibiría a la primera cliente hasta la una de la tarde, de modo que se había permitido quedarse en casa tranquilamente aquella mañana. Además, sentía náuseas casi permanentes y no podía llevar el mismo ritmo de siempre.