El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
– Oh, yo creo que ese relajamiento moral era más bien aburrimiento y decepción -replicó César como quien no quiere la cosa-. No obstante, Eburno miró por encima de su naricilla de Servilio Cepio y refunfuñó algo, es cierto. Pero Geta habría sido capaz de admitir a un mono africano si se lo pagan bien. Así que, al final, acordaron aceptar a Lucio Cornelio con ciertas condiciones.
– ¡Ajá!
– Si. Lucio Cornelio es senador condicional; tiene que presentarse a las elecciones de cuestor y ser elegido a la primera. Si no sale elegido, deja de ser senador.
– ¿Y lo conseguirá?
– ¿Vos qué creéis, Cayo Mario?
– ¿Con un nombre como ése? ¡Oh, saldrá elegido!
– Eso espero -dijo César, no muy convencido y más bien turbado. Lanzó un suspiro y dirigió una apacible mirada con sus ojos azules a su yerno, sonriendo tristemente-. Me había prometido, Cayo Mario, que después de vuestra generosidad casándoos con Julia no os pediría ningún otro favor. Pero, claro, es necia promesa, porque ¿cómo puede uno saber lo que hemos de necesitar el día de mañana? Necesitar, necesitar… Necesito otro favor de vos.
– Lo que digáis, Cayo Julio -respondió Mario con afecto.
– ¿Habéis tenido suficiente tiempo para hablar con vuestra esposa y saber por qué Julilla casi se deja morir de hambre? -inquirió César.
– No -respondió Mario, mientras un fulgor de pura diversión cruzaba su fuerte rostro de águila-. ¡El poco tiempo que hemos pasado juntos desde mi regreso no lo hemos perdido charlando, Cayo Julio!
César se echó a reír.
– ¡Ojalá mi hija menor fuese tan casta como la mayor! Pero no lo es. Quizá sea culpa mía o de Marcia. La hemos mimado y consentido en muchas cosas que a otros niños no Se les consiente. Por otra parte, en mi modesta opinión, hay un mal innato en Julilla. Antes de morir Clitumna, nos enteramos de que la muy necia se había enamorado de Lucio Cornelio y quería obligarle, u obligarnos a nosotros, o a las dos partes; es muy difícil saber qué pretendía, si es que ella misma lo sabía. En cualquier caso, quería a Lucio Cornelio y sabía que yo jamás daría consentimiento a tal unión.
– ¿Y sabiendo que había entre ellos una relación secreta -inquirió Mario, sorprendído-, habéis consentido en que se casen?
– ¡No, no, Cayo Mario, Lucio Cornelio no estaba implicado en absoluto! -protestó César-. Os aseguro que él nada tenía que ver con el comportamiento de Julilla.
– Pero me decís que le obsequió con una corona de hierba en Año Nuevo…
– Fue un encuentro inocente, creedme, al menos por parte de él. Lucio Cornelio no la animó… antes bien, trató de desalentarla. Y ella se ha deshonrado a sí misma y a nosotros, porque, en realidad, trató de propiciar en él la declaración de unos sentimientos que el joven sabía perfectamente que yo nunca aprobaría. Que Julia os lo cuente y sabréis lo que quiero decir -concluyó César.
– En ese caso, ¿cómo es que van a casarse?
– Bien, al heredar esa fortuna y acceder al lugar social que le corresponde, me pidió la mano de Julilla. A pesar de su comportamiento para con él.
– La corona de hierba -dijo Mario, pensativo-. Sí, entiendo que se sintiera vinculado a ella, dado que ese obsequio hizo que su vida cambiase.
– Yo también lo comprendí, y por eso di mi consentimiento -añadió César con un suspiro aún más profundo-. El inconveniente, Cayo Mario, es que no me gusta nada Lucio Cornelio, al contrario de lo que me sucede con vos. Es un hombre muy raro; hay algo en él que me da grima, y sin embargo no tengo la menor idea de lo que pueda ser. Y uno debe siempre esforzarse en ser justo, imparcial en sus juicios.
– Animaos, Cayo Julio; al final todo saldrá bien -dijo Mario-. ¿Qué deseáis que haga?
– Que ayudéis a Lucio Cornelio a ser elegido cuestor -respondió César, un poco nervioso por tratarse de un hombre para quien reclamaba el favor-. El problema es que nadie le conoce. ¡Si, claro, todos conocen el apellido! Pero el sobrenombre Sila ya casi no se oye y él no ha tenido ocasión de hacerse ver en los tribunales del Foro cuando era más joven ni ha estado en la milicia. En puridad, si un noble quisquilloso quisiera darle trascendencia, el no haber servido como militar podría impedirle el acceso al cargo y cerrarle el camino al Senado. Esperamos que nadie sea tan exigente, y a ese respecto estos dos censores vienen al pelo, pues a ninguno de los dos se les ocurrió pensar que Lucio Cornelio no hubiera tenido ocasión de entrenarse en el Campo de Marte o haber formado parte de una legión como joven tribuno militar. Por suerte, fueron Escauro y Druso quienes le inscribieron como caballero, así que los nuevos censores asumirán sencillamente que los anteriores hicieron todos los escrutinios con mayor detenimiento. Escauro y Druso eran comprensivos y pensaron que había que dar a Lucio Cornelio una oportunidad. Además, por aquel entonces no se planteaban objeciones al Senado.
– ¿Queréis que obtenga el cargo de Lucio Cornelio con sobornos? -inquirió Mario.
César era lo bastante anticuado para mostrarse perplejo.
– ¡Ni mucho menos! No digo que no fuese excusable el soborno si se tratase de obtener el consulado, pero el de cuestor… ¡jamás! Además, sería demasiado arriesgado porque Eburno ha echado el ojo a Lucio Cornelio y estará al tanto de la más mínima para descalificarle y… procesarle. No, el favor que os pido es distinto, y menos cómodo para vos si sale mal. Quiero que pidáis que Lucio Cornelio sea vuestro cuestor personal, dándole esa alternativa de un nombramiento personal. Como bien sabéis, cuando el electorado advierte que un candidato a cuestor ha sido nombrado por el cónsul electo, le votan sin reticencias.
Mario no contestó inmediatamente; estaba pensando en todas las implicaciones. No importaba realmente que Sila fuese o no inocente de complicidad en la muerte de su querida y su madrastra, sus benefactoras, porque era muy probable que se dijera más adelante que las había matado si causaba suficiente impacto político para ser candidato al consulado; alguien desenterraría la historia y organizaría una campaña diciendo que las había asesinado para hacerse con suficiente dinero para acceder a la carrera pública que le estaba vedada por la pobreza de su padre: sería un regalo en manos de sus rivales políticos. Tener por esposa a una hija de Julio César le serviría, pero nada borraría completamente el estigma y, al final, habría muchos que lo creerían, del mismo modo que había tantos que creían que Mario no hablaba griego. Esa era la primera objeción. La segunda estribaba en el hecho de que a Cayo Julio César no acababa de gustarle Sila, aunque no pudiera dar razones explicitas. ¿Era más una cuestión de olfato que de raciocinio? ¿Instinto animal? Y la tercera objeción era el carácter de Julilla. Su Julia -ahora lo sabía- jamás se habría casado con un hombre al que no considerara digno, por muchos apuros financieros en que se encontraran los Julios César, mientras que Julilla había demostrado ser caprichosa, irreflexiva y egoísta, la clase de muchacha incapaz de elegir un compañero que valiese la pena aunque en ello le fuera la vida. Pero había elegido a Lucio Cornelio Sila.
Luego pensó en los César y revivió el momento de aquella mañana lluviosa en el Capitolio, cuando había reparado en Sila mirando desangrarse al toro, y supo qué era lo que había que hacer y qué respuesta dar. Lucio Cornelio Sila era importante. Bajo ningún concepto había que dejarle caer en el anonimato. Debía hacer frente al legado de su linaje.
– Muy bien, Cayo Julio -dijo sin la menor vacilación-. Mañana solicitaré al Senado que me conceda el nombramiento de cuestor de Lucio Cornelio.
– ¡Gracias, Cayo Mario! ¡Gracias! -dijo César, radiante.
– ¿Podéis hacer que se casen antes de que se reúna la Asamblea del pueblo para votar los cuestores? -inquirió.
– Se hará -contestó César.
Y así, una semana después, Lucio Cornelio Sila y Julia Minor, la hija pequeña de Cayo Julio César, contraían matrimonio Según la antigua ceremonia de confarreatio por la que dos patricios quedaban unidos de por vida. La carrera de Sila daba una buena zancada al ser solicitado personalmente como cuestor por el cónsul electo Cayo Mario y unirse por su matrimonio a una familia cuya dignítas e integridad estaban por encima de todo reproche. Nada parecía obstaculizar su triunfo.