El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
Bien, pensó Sila, puede que sea un arribista y más provinciano que romano, pero sabe actuar. Ni Fabio ni Emilio habrían desempeñado mejor el papel de patrón. No era necesario mostrar generosidad con los clientes si no lo pedían y, aun en ese caso, era criterio del patrón negarla. Pero Sila advirtió por la actitud de los que esperaban turno, conforme Mario iba de uno a otro, que aquel hombre si tenía costumbre de ser generoso, bien que en sus modales se transparentaba sutilmente la advertencia de que ¡ay del que cayera en la codicia!
– ¡Lucio Cornelio, no tenéis por qué aguardar aquí fuera! -dijo Mario al llegar al rincón en que esperaba-. Pasad a mi despacho y sentaos tranquilamente. Seré con vos en breve y hablaremos.
– No, Cayo Mario -replicó Sila sonriente, sin abrir los labios-. He venido a ponerme a vuestra disposición como cuestor y esperaré complacido mi turno.
– Podéis aguardar vuestro turno sentado en mi despacho. Si queréis actuar bien como cuestor mio, más vale que veáis cómo resuelvo los asuntos -dijo Mario, poniéndole una mano en el hombro y conduciéndole al tablinum.
Transcurridas tres horas quedó despachada la multitud de clientes, sin prisas pero sin pausas; sus solicitudes incluían desde ayuda económica hasta peticiones para que los tuviera en cuenta cuando se reanudase el comercio en Numidia. Mario no les pedía nada a cambio, aunque era evidente que aquellos favores implicaban la recíproca por parte de los favorecidos cuando el patrón se lo pidiera, al día siguiente o años más tarde.
– Cayo Mario -dijo Sila una vez que hubo marchado el último cliente-, como a Quinto Cecilio Metelo le han prorrogado el mando en Africa un año más, ¿cómo pensáis que podréis favorecer a vuestros clientes en la reanudación del comercio con Numidia?
– Es cierto -respondió Mario, pensativo-. Quinto Cecilio seguirá en Africa el año que viene, ¿no es eso? -Era claramente una pregunta ociosa y Sila obvió contestarla, limitándose a observar fascinado cómo funcionaba el raciocinio de Mario. ¡No era de extrañar que hubiese llegado a cónsul!-. Si, Lucio Cornelio, he estado reflexionando sobre el problema de la presencia de Quinto Cecilio en Africa y no es insoluble.
– Pero el Senado nunca os nombrará sustituto de Quinto Cecilio -añadió Sila-. No es que esté aún muy al corriente de las tendencias políticas dentro del Senado, pero si me consta la animosidad de los senadores más influyentes respecto a vuestra persona, y la juzgo demasiado fuerte para que os enfrentéis a ella.
– Muy cierto -dijo Mario, sin abandonar una sonrisa de complicidad-. Soy un patán de provincias que no habla griego, por decirlo con palabras de Metelo, a quien os diré que yo llamo el Meneítos, e indigno de ser cónsul. Y eso sin tener en cuenta que tengo cincuenta años, edad excesiva para el cargo y considerada inadecuada para el mando militar. Los dados me son adversos en el Senado, pero siempre me lo han sido, ¿sabéis? Sin embargo, aquí me tenéis: ¡cónsul a los cincuenta! Algo misterioso, ¿no es cierto, Lucio Cornelio?
Sila sonrió, con la consiguiente mueca feroz, pero a Mario no pareció inquietarle.
– Sí, Cayo Mario, lo es.
Mario se inclinó sobre el escritorio y juntó las manos sobre el fabuloso mármol verde.
– Lucio Cornelio, hace muchos años descubrí la diversidad de maneras que existen para despellejar un gato. Mientras hay quienes recorren el cursus honorum sin un solo sobresalto, a mí me ha llevado tiempo. Pero no ha sido tiempo perdido. Lo he dedicado a catalogar los modos de despellejar un gato. Entre otras muchas cosas útiles. Daos cuenta de que cuando se espera la vez, uno observa, evalúa y ata cabos. Yo nunca he sido un gran abogado ni experto en nuestras leyes consuetudinarias, mientras que Metelo seguía los pasos en el Foro de Casio Ravila y se aprendía hasta los requisitos para condenar a las mismísimas vestales; bueno, es un decir. Yo estaba en el ejército y seguí en él, y es mi especialidad. Sin embargo, no creo que me equivoque jactándome de haber llegado a conocer mejor las leyes y la constitución que cincuenta Metelos juntos. Yo veo las cosas desde fuera, porque mi cerebro no ha sido encauzado en el carril de la rutina. Así que os digo que voy a derribar a Quinto Cecilio Metelo de ese caballo de mando en Africa para sustituirle.
– Os creo -dijo Sila con un suspiro-, pero ¿cómo?
– Porque son unos inocentones legalistas -respondió Mario con desdén-. Por el hecho de que tradicionalmente el Senado haya otorgado el cargo de gobernador, a nadie se le ocurre pensar que, en puridad, los decretos senatoriales no tienen peso de ley. Oh, todos lo saben si uno se toma la molestia de hacérselo confesar, pero es un concepto que nunca ha calado, a pesar de los escarmientos de los hermanos Graco. Los decretos senatoriales sólo tienen el valor de costumbre, de tradición. ¡No de ley! Hoy dia quien hace la ley es la Asamblea, Lucio Cornelio, y yo tengo mucho más poder en la Asamblea de la plebe que ningún Cecilio Metelo.
Sila permanecía totalmente callado y hasta un poco atemorizado, cosa rara en él. Por terrible que fuese la capacidad mental de Mario, no era eso lo que atemorizaba a Sila. No, lo que le abrumaba era la experiencia nueva para él de que un individuo vulnerable le hiciera aquellas confidencias. ¿Cómo sabía Mario que podía confiar en él? La lealtad no había formado nunca parte de su fama, y Mario no era esa clase de persona dispuesta a no haber averiguado a fondo la reputación de alguien como él. Y, sin embargo, ahí estaba desvelándole sus futuras intenciones y actos para que él las valorase, y depositando toda su confianza en un cuestor desconocido, como si ya se la hubiese ganado.
– Cayo Mario -dijo, sin poder contenerse-, ¿qué me impediría llegarme a casa de Cecilio Metelo después de salir de aquí y contarle todo lo que me estáis diciendo?
– Pues, nada, Lucio Cornelio -respondió Mario, impasible.
– ¿Por qué, pues, me confiáis todo esto?
– Oh, es muy fácil, Lucio Cornelio -respondió Mario-. Porque me dais la impresión de ser un hombre muy capaz e inteligente. Y todo hombre capaz e inteligente es altamente capaz de emplear su inteligencia ventajosamente y no un estúpido para ponerse de parte de un Cecilio Metelo cuando un Cayo Mario le está ofreciendo el estímulo y la tentación de varios años de trabajo interesante y fructífero -dijo con un profundo suspiro-. ¡Eso es todo! Creo que ha quedado bastante claro.
– Vuestros secretos están seguros conmigo -dijo Sila echándose a reír.
– Lo sé.
– De todos modos, quiero que sepáis que aprecio vuestra confianza.
– Somos cuñados, Lucio Cornelio. Estamos unidos por algo más que los Julios César. Nosotros compartimos otra cosa: la suerte.
– ¡Ah!, la suerte.
– La suerte es un signo, Lucio Cornelio. Tener suerte es ser dilecto de los dioses. Tener suerte es ser un elegido -dijo Mario, mirando con gran satisfacción a su nuevo cuestor-. Yo soy un elegido, y os he elegido porque creo que también vos lo sois. Somos importantes para Roma, Lucio Cornelio. Los dos dejaremos huella en Roma.
– Así lo creo yo -asintió Sila.
– Sí. Bien… dentro de un mes asumirá el cargo un nuevo Colegio de Tribunos de la plebe. Cuando ese nuevo colegio esté en funciones, iniciaré mi jugada de Africa.