El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
– Insisto en marchar -le dijo Mario por enésima vez.
– Insistid cuanto queráis -respondió Metelo-, pero no iréis.
– El año que viene seré cónsul -replicó Mario.
– ¿Un arribista como vos? ¡Imposible!
– Tenéis miedo de que los electores me voten, ¿no es cierto? -inquirió Mario sarcástico-. No me dejáis marchar porque sabéis que me elegirán.
– No puedo creer que ningún romano descendiente de romanos os vote, Cayo Mario. No obstante, como sois un hombre inmensamente rico, podéis comprar los votos. Si en alguna ocasión futura, que no será el año que viene, fueseis elegido cónsul, tened la seguridad de que con suma complacencia dedicaría todas mis energías a demostrar ante un tribunal que habéis comprado el cargo.
– No necesito comprar el cargo, Quinto Cecilio. Nunca he comprado un cargo; así que, haced como gustéis -replicó Mario aún más sarcástico.
Metelo cambió de ataque.
– Podéis estar seguro de que no os dejaré marchar. Como romano descendiente de romanos, traicionaría a mi clase si os dejase ir. El consulado, Cayo Mario, es un cargo para personas muy por encima de vuestros orígenes provincianos. Los que ocupan la silla curul deben merecerla por su cuna, las hazañas de sus antepasados y las suyas propias. Antes preferiría caer en desgracia y morir que ver a un itálico de la frontera de los samnitas, un patán analfabeto que ni debería haber sido pretor, sentado en la silla de marfil de cónsul. Haced lo que queráis, pero a mí me tiene sin cuidado. Antes caer en desgracia y morir que daros permiso para marchar a Roma.
– Si es necesario, Quinto Cecilio, tendréis ambas cosas -dijo Mario, abandonando el despacho.
Publio Rutilio Rufo intentó conseguir una avenencia, preocupado por Roma y por Mario.
– Dejad a un lado la política -les dijo-. Los tres hemos venido a Africa a vencer a Yugurta, pero ninguno de los dos estáis dedicando vuestras energías a tal fin. Más os preocupan vuestros intereses que derrotar al númida, ¡y ya estoy harto de esta situación!
– ¿Me estás acusando de negligencia, Publio Rutilio? -inquirió Mario, peligrosamente calmo.
– ¡No, claro que no! Te acuso de retener ese don genial que tienes para la guerra. En cuanto a táctica y logística, valgo tanto como tú, pero en lo tocante a estrategia, Cayo Mario, no tienes rival. Pero ¿has dedicado tiempo a idear alguna estrategia destinada a ganar esta guerra? ¡No!
– ¿Y dónde quedo yo ante esas alabanzas a Cayo Mario? -inquirió Metelo con los labios prietos-. ¿Dónde quedo yo ante esos elogios a Publio Rutilio? ¿O yo no soy importante?
– ¡Sois importante, presumido recalcitrante, porque sois el comandante titular de esta guerra! -espetó Rutilio Rufo-. ¡Y si os creéis que sois mejor en táctica y logística que yo, o en táctica, logística y estrategia que Cayo Mario, no os reprimáis y demostradlo! Pero es inútil. Y si son elogios lo que queréis, estoy dispuesto a dedicaros unos cuantos: no sois tan venal como Espurio Postumio Albino ni tan inepto como Marco Junio Silano, pero vuestro gran inconveniente es que, desde luego, no sois tan brillante como os creéis. Cuando demostrasteis suficiente inteligencia para nombrarnos a Cayo Mario y a mí legados mayores, pensé que habíais mejorado con los años, pero me equivocaba. Habéis desperdiciado nuestras dotes y el dinero del Estado; no estamos ganando la guerra y nos encontramos empantanados en una fase enormemente costosa. Así que, seguid mi consejo, Quinto Cecilio, y dejad que Mario vaya a Roma. Dejad que Cayo Mario se presente a cónsul, y dejadme a mí organizar nuestros recursos y proyectar las maniobras. En cuanto a vos, dedicad vuestros esfuerzos a socavar la influencia de Yugurta sobre su pueblo. Os cedo muy gustoso cualquier mérito de gloria, a condición de que dentro de estas cuatro paredes estéis dispuesto a admitir la verdad de lo que digo.
– No admito nada -contestó Metelo.
Y así continuaban las cosas a finales de verano y en otoño. No había modo de echar el guante a Yugurta; de hecho, parecía haber desaparecido de la faz de la tierra. Cuando hasta el último soldado comprendió claramente que no iba a producirse el encuentro entre el ejército romano y el númida, Metelo se retiró del extremo oeste del país y montó su campamento ante Cirta.
Se había sabido que Boco de Mauritania había finalmente cedido a las presiones de Yugurta, organizando un ejército y marchando al encuentro de su yerno en algún lugar del sur. Y corría el rumor de que juntos pensaban marchar sobre Cirta. Con la esperanza de poder, por fin, plantear batalla, Metelo había tomado disposiciones, escuchando con más interés del habitual a Mario y a Rutilio Rufo. Pero no se daría la batalla porque los dos ejércitos permanecían separados por muchas millas y Yugurta no se dejaba atraer. Se produjo otro estancamiento, en virtud del cual los romanos permanecían en una posición notoriamente defendible para que Yugurta se arriesgase a atacar, y el númida quedaba en una posición demasiado incierta para que Metelo se arriesgase a levantar el campamento.
Faltaban doce días para las elecciones consulares en Roma cuando Quinto Cecilio Metelo licenció oficialmente a Cayo Mario como legado mayor en la campaña contra Yugurta.
– ¡Marchaos! -dijo Metelo con dulce sonrisa-. Tened la seguridad, Cayo Mario, de que haré que en Roma se sepa que os di de baja en el servicio antes de las elecciones.
– Pensáis que no llegaré a tiempo -comentó Mario.
– No pienso nada, Cayo Mario.
– Eso, desde luego, es cierto -replicó Mario con aviesa sonrisa, chascando los dedos-. Dadme el escrito oficial de mi baja.
Metelo le entregó las órdenes de marcha, con impávida sonrisa.
– Por cierto, Cayo Mario -dijo sin alzar la voz, cuando ya estaba en la puerta-, acabo de recibir estupendas noticias de Roma: el Senado ha prorrogado un año más mi mandato de gobernador en la provincia de Africa y al frente de la guerra.
– Muy amable el Senado -comentó Mario mientras salía.
Momentos después, Mario espetó a Rutilio:
– ¡Que le aspen! Se cree que ha hecho una jugarreta y que va a salirse con la suya, pero se equivoca. ¡Voy a vencerle, Publio Rutilio, ya lo verás! Voy a llegar a Roma a tiempo para que me elijan cónsul y luego voy a conseguir que le deroguen la prórroga y que me den a mi el mando.
– Respeto mucho tu habilidad, Cayo Mario -dijo Rutilio Rufo, mirándole pensativo-, pero en este caso será Metelo quien gane a la larga. No llegarás a tiempo a Roma para las elecciones.
– Llegaré -replicó Mario, muy seguro de sí mismo.
Cubrió a caballo la distancia entre Cirta y Utica en dos días, deteniéndose unas horas a dormir en el camino y exigiendo enérgicamente un caballo de refresco cada vez que lo necesitaba. La segunda jornada, antes del anochecer, tenía alquilada una modesta embarcación rápida en el puerto de Utica; y al amanecer del tercer día zarpaba para Italia, tras ofrecer un profuso sacrificio a los Lares Permarini en la playa antes de que la luz comenzara a surgir por el horizonte.
– Navegáis hacia un gran destino que no podéis imaginar, Cayo Mario -vaticinó el sacerdote que hizo la ofrenda a los dioses protectores de los viajeros por mar-. Nunca he visto mejores presagios que los de hoy.
Sus palabras no fueron una sorpresa para Mario. Desde que Marta la adivina siria le había predicho el futuro, no había flaqueado su convencimiento de que las cosas saldrían tal como le había vaticinado. Así, mientras el barco dejaba el puerto de Utica, se acodó tranquilamente en la borda y esperó a que se alzara el viento. Este sopló del sudoeste y la nave pudo mantener una velocidad de veinte millas marinas; así pudo cubrir la ruta entre Utica y Ostia en tres dias. Un viento perfecto en una mar perfecta, que no obligó a cabotar ni a hacer escala en ningún sitio para refugiarse ni avituallarse. Los dioses estaban de su lado, como había profetizado Marta.