El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
– Puede quedar en Africa, pero sólo si Metelo lo quiere. Tendría que anunciar a los soldados que quedan alistados hasta que termine la campaña y que su remoción del mando no les afecta, pero no habrá quien le impida aferrarse al criterio de que fue él quien los reclutó y que el compromiso de ellos termina con el suyo. Conociendo a Metelo, sé que hará eso. Los licenciará y los embarcará para Italia.
– Lo que significa que tendréis que reclutar otro ejército -dijo Sila-. Ya entiendo. ¿Y no podríais esperar a que desembarque su ejército y volver a alistarlo en vuestro nombre? -inquirió.
– Podría -respondió Mario-. Pero, desgraciadamente, no será posible. Lucio Casio va a la Galia para enfrentarse a los germanos en Tolosa. Y eso es inevitable, porque no nos interesa tener a medio millón de germanos a cien millas de la ruta de Hispania y en la frontera de nuestra propia provincia. Así que imagino que Casio ya habrá escrito a Metelo pidiéndole que vuelva a enrolar a su ejército para la campaña de la Galia antes de que lo embarque en Africa.
– O sea, que así es como se hacen las cosas -dijo Sila.
– Por supuesto. Lucio Casio es el primer cónsul y tiene preferencia para disponer de tropas. Metelo volverá con seis legiones bien entrenadas y serán las tropas que Casio lleve a la Galia Transalpina sin lugar a dudas. Lo cual significa que voy a tener que empezar de cero, reclutando gente bisoña, entrenándola, equipándola e imbuyéndola de entusiasmo para hacer la guerra contra Yugurta -dijo Mario con una mueca-. Lo cual significa asimismo que en mi año de cónsul no tendré tiempo para montar la clase de ofensiva contra Yugurta que yo querría si Metelo me dejase sus tropas. Y al mismo tiempo tendré que asegurarme de que me prorrogan el mando en Africa otro año o me encontraré en un brete y más perdido que el propio Metelo.
– Y ahora hay una ley registrada en las tablillas que crea un precedente por el que os pueden arrebatar el mando igual que vos se lo habéis arrebatado a él -dijo Sila con un suspiro-. ¿No es nada fácil, verdad? Nunca imaginé las dificultades que debe uno afrontar para mantenerse a flote, y no digamos para engrandecer a Roma.
Aquello le hizo gracia a Mario, que rió complacido, dando una palmada a Sila en la espalda.
– No, Lucio Cornelio, no es nada fácil; pero por eso merece la pena intentarlo. ¿Qué hombre realmente grande y de valía quiere un camino sin obstáculos? Cuantos más obstáculos, mayor satisfacción se logra.
Era una respuesta desde una perspectiva personal, pero que no solucionaba el principal problema de Sila.
– Ayer me dijisteis que Italia está completamente exhausta -dijo-. Que ha muerto tanta gente que no pueden cubrirse las levas con ciudadanos romanos, y que la oposición a ellas en la península aumenta día a día. ¿Dónde vais a encontrar contingentes para formar cuatro buenas legiones? Porque, como habéis dicho, no podéis derrotar a Yugurta con menos de cuatro legiones.
– Esperad a que sea cónsul, Lucio Cornelio, y veréis.
Fue lo único que pudo sacarle Sila.
Fueron las fiestas Saturnales las que hicieron que Sila adoptase una decisión. En los tiempos en que Clitumna y Nicopolis habían compartido la casa con él, esas festividades habían sido magníficos días de diversión y juerga con los que cerrar el año. Los esclavos mandaban con un simple chasquido de dedos mientras las dos mujeres se apresuraban entre risitas a cumplir sus órdenes, todos se emborrachaban de lo lindo y él cedía su sitio en el lecho común a los esclavos que quisiesen Clitumna y Nicopolis, a condición de gozar él del mismo privilegio en el resto de la casa. Y una vez concluidas las Saturnales, las cosas volvían a la normalidad como si nada hubiera sucedido.
Pero aquel primer año de su matrimonio con Julilla, Sila tuvo unas Saturnales muy distintas: le pidieron que pasase las horas diurnas en la casa de al lado con la familia de Cayo Julio César. También allí, durante los tres días que duraban las fiestas, todo andaba revuelto: los esclavos eran servidos por sus amos, se intercambiaban regalos unos a otros y se hacía todo lo posible porque no faltase comida y vino en cantidad y calidad. Pero no cambiaban las cosas. Los pobres criados permanecían tan estirados como estatuas en las camillas del triclinio, sonriendo tímidamente cuando César y Marcia iban apresuradamente del comedor a la cocina; a ninguno se le habría ocurrido emborracharse y no habrían ni siquiera soñado hacer o decir algo que hubiese resultado embarazoso al volver el hogar a la normalidad.
Cayo Mario y Julia también asistieron y parecían plenamente complacidos por la manera de celebrarlo. Pero, claro, pensó Sila, resentido, Cayo Mario ansiaba demasiado ser como ellos para dar un mal paso.
– ¡Qué divertido! -comentó Sila una vez que él y Julilla se despidieron la última noche, y como había tenido buen cuidado de fingir ante todos, ni la propia Julilla se dio cuenta de que lo decía en plan irónico.
– No ha estado nada mal -dijo ella mientras entraban en su casa, en la que durante aquellos tres días habían dado descanso a los criados.
– Me alegro de que te lo parezca -dijo Sila, echando el cerrojo a la puerta.
– Y mañana tenemos la cena con Craso Orator -añadió Julilla bostezando y estirándose-. Tengo muchas ganas de ir.
Sila se detuvo en medio del recibidor y se volvió hacia ella.
– Tú no vienes -dijo.
– ¿Qué quieres decir?
– Lo que has oído.
– Pero… pero… ¡yo creía que invitaban también a las esposas! -exclamó, a punto de llorar.
– A algunas. A ti no -dijo él.
– ¡Yo quiero ir! ¡Todo el mundo habla de esa cena y todas mis amigas están muertas de envidia porque les he dicho que iba!
– Lo siento, pero no vas, Julilla.
Un esclavo algo borracho se les acercó cuando pasaban ante el despacho.
– ¡Ah, qué bien que estéis en casa! Traedme vino… ¡y rápido! -les dijo.
– Ya han pasado las Saturnales -replicó Sila con voz queda-. Fuera, imbécil.
El esclavo desapareció, repentinamente despejado.
– ¿Por qué estás de tan mal humor? -inquirió Julilla cuando entraban en el cubículo de dormir del amo de la casa.
– Nó estoy de mal humor -replicó él, abrazándola por detrás.
– ¡Déjame! -exclamó ella soltándose.
– Pero ¿qué te pasa?
– ¡Quiero ir a la cena de Craso Orator!
– Pues no puedes.
– ¿Por qué?
– Julilla, porque no es la clase de fiesta que tu padre aprobaría -contestó él pacientemente- y las pocas esposas que van no son mujeres del gusto de tu padre.
– Ya no estoy bajo la potestad paterna y puedo hacer lo que quiera -replicó ella.
– Sabes que no es verdad. Has pasado de la potestad de tu padre a la mía. Y he dicho que no vas a ir.
Sin decir palabra, Julilla recogió sus ropas del suelo, se echó una túnica por encima, le volvió la espalda y salió del cuarto.
– ¡Que te diviertas! -le gritó Sila.
Por la mañana se mostró fría como el hielo, pero él no hizo caso; cuando se disponía a salir para la cena de Craso Orator, no la encontró por ninguna parte.
– Mujercilla caprichosa -masculló Sila.
El enfado podía haber sido divertido; que no lo fuese se debió a causas que nada tenían que ver con el hecho en sí, sino que procedían de un ámbito interior de Sila distinto al que ocupaba Julilla. A él no le atraía lo más minimo la idea de cenar en la opulenta mansión del contratista Quinto Granio, que era quien daba la cena. Al recibir la invitación le había causado un absurdo placer, interpretándolo como una muestra de amistad de un importante círculo de jóvenes senadores, pero luego le llegaron chismorreos sobre la fiesta y comprendió que le invitaban por su turbulento pasado, para así añadir una nota exótica a la lista de varones aristocráticos.
Mientras se encaminaba a la mansión, estaba en mejor disposición para calibrar la clase de trampa en que se había metido casándose con Julilla y entrando en el círculo de sus iguales por nacimiento. Porque era una trampa. Y el hecho de vivir en Roma no constituía ningún paliativo. Estaba muy bien para Craso Orator, tan bien situado que podía ir de fiesta en fiesta deliberadamente pensada para desafiar el edicto de su propio padre sobre actos suntuarios sin temor a perder el puesto en el Senado ni a los nuevos tribunos de la plebe, y hasta permitirse el lujo de fingirse vulgar y grosero y aceptar los rastreros favores de una seta como el contratista Quinto Granio.