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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Qué curioso, pensó Mario intrigado, nunca he visto en Cayo Julio César la más mínima inquietud, pero este extraño y apuesto individuo le inquieta, le desequilibra…

En aquel momento entraron las mujeres, se sentaron en sillas rectas frente a sus respectivas parejas y comenzó la cena.

Por mucho que procurase evitar dar la imagen de marido viejo, loco perdido por su mujer, Mario no quitaba ojo de Julia, que en su ausencia se había convertido en una encantadora y graciosa matrona que afrontaba airosa sus nuevas responsabilidades; era una excelente madre para su hijo y la mejor de las esposas. Por el contrario, Julilla no había crecido tan lozana, pensó Mario. Claro que el no la había visto en los peores momentos de aquella desnutrición que ya hacía tiempo que iba curando, pero que la había dejado con lo que podía denominarse una endeble actitud frente a la vida: débil de cuerpo, débil de intelecto, falta de experiencia y carente de alegría. Ferviente en la palabra, agitada en sus ademanes, era una muchacha con tendencia al sobresalto, incapaz de permanecer sentada correctamente en la silla, ni de contenerse en llamar la atención de su prometido, por lo que éste se veía en ocasiones al margen de la conversación entre Mario y César.

El lo llevaba bien, advirtió Mario, y parecía sinceramente pendiente de Julilla, fascinado sin duda por el modo en que ella centraba las emociones en su persona. Pero aquello no duraría más allá de los seis meses de matrimonio, se dijo Mario. ¡Y menos siendo Lucio Cornelio Sila el marido! No había en él el menor signo de inclinación por la compañía femenina ni inclinación a someterse a la esposa.

Al final de la cena, César anunció que iba a su despacho para hablar con Cayo Mario.

– Quedaos aquí si queréis o haced lo que os plazca -dijo pausadamente-. Cayo Mario y yo hace mucho que no nos vemos.

– Ha habido cambios en vuestro hogar, Cayo Julio -dijo Mario una vez que estuvieron cómodamente sentados en el tablíníum.

– Ya lo creo, y de ahí que quisiera hablaros sin tardanza.

– Bien, el próximo Año Nuevo seré cónsul y con eso mi vida queda en orden-dijo Mario sonriente-. Todo os lo debo y, sobre todo, la felicidad de tener una esposa perfecta, compañera ideal en mis quehaceres. He dispuesto de poco tiempo para ella desde mi regreso, pero ahora que he ganado la elección pienso poner remedio y dentro de tres días nos iremos con el niño a Baia a pasar -un més lejos del mundo.

– Me complace más de lo que os imagináis que habléis con tal afecto y respeto de mi hija.

– Muy bien. Tratemos ahora de Lucio Cornelio Sila -dijo Mario arrellanándose en el asiento-. Recuerdo que me hablasteis de un aristócrata sin dinero para llevar la vida que le correspondía por nacimiento y cuyo nombre era el de vuestro futuro yerno. ¿Qué ha sucedido para que cambiase la situación?

– Según él, pura suerte. Dice que si todo le sale igual como desde que conoció a Julilla, tendrá que añadir el segundo sobrenombre de Félix al que heredó de su padre, que era un borracho y un perdido, pero que casó con la acaudalada Clitumna hace más de quince años y murió al poco. Lucio Cornelio conoció a Julilla el día de Año Nuevo hace casi tres años, y ella le dio una corona de hierba, sin conocer el significado de lo que hacía, y dice él que a partir de ese momento cambió su suerte. Primero murió el sobrino de Clitumna, que era su heredero; luego murió una mujer llamada Nicopolis, que le dejó una pequeña fortuna, y tengo entendido que era su querida. Y meses después se suicidaba Clitumna, que no tenía herederos, dejándole toda su fortuna, esta casa de al lado, una villa en Circei y unos diez millones de denarios.

– ¡Por los dioses que merece añadir el Félix a su nombre! -exclamó Mario con cierta sequedad-. ¿Sois un ingenuo, Cayo Julio, o es que habéis comprobado satisfactoriamente que Lucio Cornelio Sila no empujó a ninguno de los finados a la barca de Caronte en la Estigia?

– No, Cayo Mario -replicó César sonriente, alzando la mano como parando la flecha-, os aseguro que no soy ingenuo, pero no puedo implicar a Lucio Cornelio en ninguna de las tres muertes. El sobrino murió tras un prolongado trastorno intestinal y estomacal, la liberta griega murió de un fallo renal generalizado en… cuestión de un par de días; a los dos les practicaron la autopsia sin hallar nada sospechoso. En cuanto a Clitumna, se encontraba sumida en una profunda depresión previa al suicidio, que llevó a cabo en Circei cuando Lucio Cornelio se hallaba en Roma. He sometido a todos los esclavos domésticos de Clitumna, aquí y en Circei, a exhaustivos interrogatorios, y mi modesta opinión es que no sabremos nada respecto a Lucio Cornelio Sila. -Hizo una mueca-. Siempre he sido contrario a torturar a los esclavos para hallar pruebas de un crimen, porque considero que las pruebas obtenidas bajo tormento no valen una cucharada de vinagre, pero no creo, francamente, que los esclavos de Clitumna tengan nada que decir aunque se les torturase. Así que opté por no preocuparme.

– Estoy de acuerdo con vos, Cayo Julio. El testimonio de los esclavos sólo es válido cuando lo dan libremente y resulta lógico y verídico.

– En fin, que como resultado de todo eso, Lucio Cornelio ha pasado de la pobreza más abyecta a la más agradable opulencia en un par de meses -prosiguió César-. De Nicopolis heredó lo bastante para inscribirse en el censo de caballeros, y de Clitumna, de sobra para ingresar en el Senado. Gracias a la alharaca que organizó Escauro ante la falta de censores, en mayo eligieron otros dos; si no, Lucio Cornelio habría tenido que esperar varios años el ingreso en el Senado.

– ¡Ah, sí! -exclamó Mario riendo-. ¿Qué es lo que sucedió exactamente? ¿No quería nadie el cargo de censor? Vamos, que hasta cierto punto es lógico que hayan nombrado a Fabio Máximo Eburno, pero ¿a Licinio Geta? Hace ocho años le expulsaron del Senado los censores por conducta inmoral y sólo consiguió ingresar de nuevo haciéndose elegir tribuno de la plebe.

– Cierto -asintió César-. No, yo creo que lo que sucedió fue que todos se negaban a actuar de censores por temor a ofender a Escauro. Aspirar al censorado les parecía algo así como mostrar falta de respeto y lealtad a Escauro, y los que quedaban no tenían esa rara sensibilidad. Os advierto que Geta es hombre fácil; sólo está en el cargo por los honores y unos buenos puñados de plata de las empresas que concursan a las contratas del estado. Mientras que Eburno… bueno, lo único que sabemos es que no está bien de la cabeza, ¿no es cierto, Cayo Mario?

¡Ya lo creo!, pensó Mario. Era un hombre muy anciano, de origen aristocrático sólo superado por el clan Julio, pero como el linaje de los Fabios Máximo se había extinguido y sólo se mantenía por una serie de adopciones, el Quinto Fabio Máximo que había sido elegido censor era un Fabio Maximo adoptivo; había tenido un único hijo, a quien cinco años antes había ejecutado por licencioso. Aunque no había ninguna ley que impidiese a Eburno, en su condición de paterfamilias, ejecutar a su hijo, dar la muerte a una esposa o a un hijo que vivieran bajo el techo del hogar era costumbre caída en desuso hacia mucho tiempo, por lo que la resolución de Eburno había causado horror en Roma.

– Os advierto que a Roma le viene muy bien que Geta tenga por colega a Eburno -dijo Mario, pensativo-. No creo que pueda rapiñar mucho estando Eburno.

– Si, no digo que no tengáis razón, pero ¡qué lástima de su pobre hijo! Eburno es realmente un Servilio Cepio, creedme, y los Servilios Cepio son muy raros en lo que atañe a moral sexual. Más castos que Diana la Cazadora, y además les gusta vocearlo. Es algo muy raro.

– Entonces, ¿qué censor le persuadió para que dejase ingresar a Lucio Cornelio Sila en el Senado? -inquirió Mario-. Porque tengo entendido, ahora que he asociado el rostro con el nombre, que no ha sido precisamente un ejemplo de moralidad sexual.

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