La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
– ¿Cómo voy a hacer nada con la niña, si tú te comportas así, Augustine? -decía.
– Tienes razón; no lo volveré a hacer; ¡pero me encanta oír a la pequeña payasa dar traspiés con esas palabras largas!
– Pero la confirmas en el error.
– ¿Qué más da? Una palabra es tan buena como otra para ella.
– Tú querías que la educara bien; y debes recordar que es una criatura que razona y tener cuidado de cómo la influyes.
– ¡Ay, diantre! Es verdad; pero, como dice la misma Topsy, «¡soy tan malo!».
Más o menos de esta forma continuó la instrucción de Topsy durante un año o dos: la señorita Ophelia se preocupaba de ella a diario, como en una especie de enfermedad crónica, a cuyos achaques, con el tiempo, se acostumbró como se acostumbran las personas a la neuralgia o las jaquecas.
St. Clare se divertía de la misma manera con la niña que un hombre se divierte con los trucos de un loro o un perro perdiguero. Cada vez que sus pecados la hacían caer en desgracia con los demás, Topsy se refugiaba detrás de su sillón, y St. Clare, de una forma u otra, aplacaba los ánimos. Él le daba muchas monedas sueltas, y ella las gastaba en frutos secos y caramelos, que distribuía con despreocupada generosidad entre todos los niños de la casa; porque Topsy, en honor a la verdad, era bondadosa y desprendida y sólo era maliciosa en defensa propia. Ya está bien insertada en nuestro corps de ballet [37] y actuará, de vez en vez, cuando le toque el turno, con otros artistas.
CAPÍTULO XXI
Puede que no les importe a nuestros lectores mirar atrás, durante un breve intervalo, a la cabaña del tío Tom, en la granja de Kentucky, para ver qué ha ocurrido entre los que se han quedado allí.
Era la última hora de una tarde de verano y todas las puertas y ventanas del salón estaban abiertas para invitar a pasar cualquier brisa que estuviera de buen humor. El señor Shelby estaba sentado en una gran galería que daba al salón y que se extendía a lo largo de toda la casa y se remataba con un balcón en cada extremo. Con la silla inclinada hacia atrás y los pies apoyados sobre otra, disfrutaba ociosamente del cigarro de después de cenar. La señora Shelby estaba sentada en el hueco de la puerta, ocupada con una labor de costura; tenía aspecto de estar preocupada por alguna cosa que buscaba la oportunidad de sacar a colación.
– ¿Sabes -dijo- que Chloe ha tenido carta de Tom?
– ¿De veras? Pues debe de tener algún amigo allí. ¿Cómo se encuentra el bueno de Tom?
– Lo ha comprado una familia muy buena, me parece -dijo la señora Shelby-; lo tratan bien y no tiene que trabajar mucho.
– Pues me alegro mucho, muchísimo -dijo el señor Shelby de corazón-. Me imagino que Tom se acostumbrará a una residencia sureña y no querrá volver aquí.
– Al contrario, pregunta con mucha ansiedad -dijo la señora Shelby- cuándo vamos a reunir el dinero para redimirlo.
– Yo no lo sé, desde luego -dijo el señor Shelby-. Cuando los negocios empiezan a andar mal, parece que no acaba nunca la mala suerte. Es como saltar de una ciénaga a otra sin salir del pantano; tienes que pedir prestado a uno para pagar a otro, y luego pedir a otro para pagar a éste, y estos malditos pagarés vencen antes de que te dé tiempo de fumarte un cigarro y darte la vuelta; cartas y recados reclamando las deudas, todo precipitado y corriendo.
A mí me parece, querido, que se podría hacer algo para enderezar las cosas. ¿Y si vendiéramos todos los caballos y una de las granjas y pagáramos todas las deudas?
– ¡No seas ridícula, Emily! Eres la mujer más estupenda de Kentucky, pero aun así no tienes suficiente sentido común para darte cuenta de que no entiendes de negocios; las mujeres no entendéis nunca, sois incapaces de ello.
– Pero -dijo la señora Shelby-, ¿no podrías por lo menos explicarme algo de los tuyos: darme una lista de todas tus deudas, por ejemplo, y de todo lo que te deben a ti para que pueda intentar ayudarte a economizar?
– ¡Maldita sea, no me agobies, Emily! No puedo decírtelo exactamente. Sé más o menos por donde andan las cuentas, pero no se puede recortar y arreglar mis asuntos como Chloe recorta la corteza de sus pasteles. Tú no sabes nada de los negocios, insisto.
Y el señor Shelby, que no conocía otra forma de imponer sus ideas, elevó la voz, un método de argumentar muy útil y convincente cuando un caballero habla de negocios con su esposa.
La señora Shelby dejó de hablar con un pequeño suspiro. El caso era que, aunque su marido había dicho que era sólo una mujer, tenía la mente clara, enérgica y práctica y una fuerza de carácter superior en todos los sentidos al de su marido, por lo que no hubiera sido tan absurdo considerarla capaz de llevar los negocios, tal como había dicho el señor Shelby. Ella estaba empeñada en cumplir su promesa a Tom y la tía Chloe, y suspiró por los desengaños que se multiplicaban a su alrededor.
– ¿No crees que podemos ingeniárnoslas para juntar ese dinero? ¡La pobre tía Chloe lo desea tanto!
– Siento que sea así. Creo que me precipité al prometerlo. No estoy seguro de que lo mejor no sea decírselo a Chloe y que se vaya resignando. Tom tendrá otra esposa en un año o dos, y ella haría bien juntándose con otro.
– Señor Shelby, he enseñado a mi gente que sus matrimonios son tan sagrados como los nuestros. Nunca se me ocurriría darle semejantes consejos a Chloe.
– Es una lástima, esposa, que les hayas cargado con una moralidad por encima de su condición y expectativas. Siempre he sido de esa opinión.
– Es la moralidad de la Biblia, señor Shelby.
Bien, bien, Emily, no quiero meterme con tus ideas religiosas; es sólo que parecen poco apropiadas para gente de esa condición.
– Lo son, de hecho -dijo la señora Shelby-, y por eso odio toda la cuestión desde el fondo de mi alma. Te digo, querido, que yo no puedo exonerarme de las promesas que hago a estas criaturas indefensas. Si no puedo conseguir el dinero de otra manera, daré clases de música; sé que conseguiría bastantes y así podría ganar el dinero yo personalmente.
– No te degradarías de esa forma, ¿verdad, Emily? No podría consentirlo.
– ¡Degradarme! ¿Me degradaría tanto como romper una promesa hecha a los desamparados? ¡Desde luego que no!
– ¡Siempre eres tan heroica y transcendental! -dijo el señor Shelby-, pero creo que deberías pensártelo antes de emprender una obra tan quijotesca.
Aquí la aparición de la tía Chloe en el extremo del porche interrumpió la conversación.
– Por favor, ama -dijo.
– Bien, Chloe, ¿qué ocurre? -preguntó su ama, levantándose y caminando hacia el extremo del porche.
– ¿Quiere venir el ama a echar un vistazo a estos pollinos?
Chloe tenía la manía de llamar pollinos a los pollos, una aplicación del lenguaje que se empeñaba en usar a pesar de las frecuentes correcciones y consejos de los miembros más jóvenes de la familia.
– ¡Diablos! -decía ella-. ¿Qué más da? Una palabra es tan buena como otra; los pollinos están buenos, de todas formas y seguía llamándoles pollinos.
La señora Shelby sonrió al contemplar una partida de pollos y patos que yacían bajo la mirada seria y pensativa de Chloe.
– Me pregunto si el ama preferiría una empanada de gallina o de pato.
– La verdad, tía Chloe, me da igual; sirve lo que quieras.
Chloe se quedó de pie tocándolos con aire distraído; era del todo evidente que no era en los pollos en lo que estaba pensando. Por fin, con la breve risa con la que los de su raza a menudo introducen una proposición dudosa, dijo:
[37] Cuerpo de baile (en francés en el original).