La música del Adiós
- Автор: Рэнкин Иэн
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La música del Adiós». Краткое содержание книги:
Simultáneamente, la brutal agresión a un gángster de Edimburgo sitúa a Rebus bajo sospecha. ¿Ha llevado el inspector Rebus demasiado lejos su intervención en la solución de los casos? A escasos días de jubilarse de su magnífica carrera, ¿se habrá liado Rebus la manta a la cabeza?
Intensa y emocionante, La Música del adiós no es sólo el colofón agridulce de los años de servicio del inspector John Rebus, es una incisiva reflexión sobre el poder, el dinero y el crimen en un país en venta al mejor postor.
Andropov iba a deslocalizar para sacar su fortuna de Rusia y eludir la persecución de la justicia. Quizá pensara que podía conseguir que el Parlamento escocés no accediera a su extradición y tal vez lo estaba instrumentando sobre el proyecto de una Escocia independiente. Era un país pequeño, fácil de convertirse en un pez muy gordo.
Y Cafferty le allanaba el terreno.
Había reunido a aquel grupo en plan festivo… y lo grababa en secreto. ¿Para su propia satisfacción? ¿O para utilizarlo en contra de los asistentes? Rebus no entendía que fuera a causar gran efecto en gente como Janney o Anderson, pero vio que de uno de los sofás se levantaba otro hombre y le parecía que era precisamente el que estaba sentado atrás con Cafferty.
– ¿Dónde está el lavabo? -preguntó.
– Enfrente, en el pasillo -contestó el anfitrión. Sí, claro, Cafferty no quería que utilizara el cuarto de baño contiguo, no fuera a descubrir la cámara.
– No te preguntaremos a qué vas, Jim -comentó Stuart Janney entre carcajadas de los demás.
– No es para nada sórdido, Stuart -replicó el tal Jim al salir.
Jim Bakewell, ministro de Fomento. Eso significaba que Bakewell había mentido en el Parlamento, diciéndole a Siobhan que no conocía a Cafferty hasta la noche en que se reunió con él en el hotel.
– Anda, ve a quejarte ahora al jefe de la policía, Jimbo -musitó Rebus señalando con el dedo a Bakewell.
No había mucho más en el DVD. Al cabo de media hora, los espectadores ya habían perdido interés. Otros tres de los presentes, que Rebus no conocía, tenían aspecto de hombres de negocios: rostro rubicundo y panza. ¿Constructores? ¿Contratistas? Tal vez fuesen concejales. Sabía que seguramente podría averiguarlo, a condición de llevarse el DVD, lo que no sería inconveniente mientras nadie advirtiera su desaparición. Pero si alguien descubría que había estado allí, sería una bendición para los abogados de Cafferty.
«¿Seguro, John? ¿Qué abogados?».
Efectivamente; porque ¿qué delito era filmar en pisos de propiedad alquilados? Poca cosa: el juez miraría los DVD con gran interés y después impondría al gángster una miseria de multa. Rebus desconectó todo cuidadosamente, sin dejar huellas y bajó de nuevo a la caja fuerte a dejar el estuche, quedándose con el disco. Cruzó el vestíbulo de mármol blanco y salió al aire perfumado de la noche, cerrando bien la puerta con llave. Tendría que devolver las llaves a Cafferty, pero antes tenía que reflexionar.
Giró a la izquierda de la cancela y de nuevo a la izquierda al final de la calle, camino de Bruntsfield Place, en el primer taxi que encontrara.
Le abrió Eddie Gentry, con los ojos muy pintados y la banda deportiva roja.
– Nancy no está -dijo.
– ¿Habéis arreglado cuentas?
– Tuvimos un sincero intercambio de opiniones.
Rebus sonrió.
– ¿Me invitas a entrar, Eddie? Y, por cierto, me gustó tu maqueta.
Gentry consideró las posibilidades, y al final le franqueó la entrada. Rebus le siguió al interior del piso.
– Eddie, ¿has visto alguna vez Gran Hermano? -preguntó Rebus dando la vuelta a la habitación con las manos en los bolsillos.
– La vida es muy corta.
– Cierto -dijo Rebus-. Te voy a decir una cosa que no vi cuando estuve la otra vez.
– ¿El qué?
– Han bajado el techo del piso -contestó Rebus alzando la vista.
– ¿Ah, sí?
Rebus asintió con la cabeza.
– ¿Estaba ya así cuando tú lo alquilaste?
– Supongo.
– Habrá adornos antiguos, molduras, rosetas… ¿Por qué crees que el propietario los tapó?
– ¿Para mejor aislamiento?
– ¿En qué sentido?
Gentry se encogió de hombros.
– Se reduce el volumen del cuarto y es más fácil de calentar.
– ¿Tiene todo el piso techos falsos?
– Yo no soy arquitecto.
Rebus miró al joven a la cara y advirtió un leve temblor en la comisura de la boca. Eddie Gentry se sentía incómodo. Rebus lanzó un discreto silbido prolongado.
– Lo sabes, ¿verdad? ¿Siempre lo has sabido?
– He sabido, ¿qué?
– Que Cafferty os graba con cámaras en el techo, en las paredes… -dijo, señalando al rincón de la habitación-. ¿Ves ese agujerito? Parece que a alguien se le escapó el taladrador -el rostro de Gentry permaneció imperturbable-. Pues hay un objetivo que nos enfoca. Pero tú ya lo sabías. No me extrañaría que estuvieras encargado de poner en marcha la cámara -Gentry cruzó los brazos-. Me apostaría algo a que tu grabación en Estudios CR no resultó tan barata. ¿Te la pagó Cafferty? ¿Formaba eso parte del trato? Un poco de dinero para gastar… alquiler barato en un piso amplio… y lo único que tenías que hacer era dar fiestas -Rebus hablaba pensando sobre la marcha-. Droga facilitada por Sol Goodyear, y me imagino que sería también a buen precio. ¿Sabes por qué?
– ¿Por qué?
– Porque Sol trabaja para Cafferty. Él es traficante y tú un proxeneta…
– Que le den por saco.
– Cuidado, hijo -replicó Rebus apuntando con el dedo al joven-. ¿Te has enterado de lo que le ha ocurrido a Cafferty?
– Sí.
– Tal vez a alguien no le gustó lo que estaba haciendo. ¿Recuerdas la fiesta con Gill Morgan?
– ¿Qué?
– ¿Sólo la has grabado esa vez?
– No tengo ni idea -Rebus le miró con gesto de incredulidad-. Nunca las miraba.
– Sólo las entregabas, ¿verdad?
– ¿Acaso eso es delito?
– Yo no creo que tú estés en condiciones de afirmarlo, Eddie. ¿Lo sabe Nancy?
Gentry negó con la cabeza.
– Tú solito, ¿eh? ¿Te dijo que hacía lo mismo en otros pisos suyos?
– Antes ha mencionado Gran Hermano, ¿qué diferencia hay?
Rebus estaba casi rozando al joven cuando contestó.
– La diferencia es que ellos saben que les observan. La verdad, no sé quién es más asqueroso, si tú o Cafferty. Él observa a desconocidos, pero tú, Eddie, grabas a tus conocidos.
– ¿Hay alguna ley que lo prohíba?
– Ah, estoy seguro de que la hay. ¿Cuántas veces habéis grabado?
– Tres o cuatro nada más.
Porque Cafferty se aburría y cambiaba de piso, con nuevos inquilinos y caras y cuerpos nuevos. Rebus salió al pasillo, buscó el orificio y lo encontró. Fue al dormitorio de Nancy y también en el falso techo había uno, igual que en el cuarto de baño. Cuando volvió al cuarto de estar, Gentry estaba apoyado en la pared, con los brazos cruzados, desafiante, con la barbilla alzada.
– ¿Dónde está el aparato? -preguntó.
– El señor C se lo llevó.
– ¿Cuándo?
– Hace unas semanas. Ya le he dicho que sólo fueron tres o cuatro veces.
– No por eso es menos indecente. Vamos a tu cuarto.
Rebus no esperó a que le indicara el camino, abrió la puerta y le preguntó dónde estaban los cables.
– Salían del techo y se conectaban a un DVD. Si sucedía algo interesante sólo tenía que apretar el botón de grabación.
– Y ahora, tu casero lo tendrá instalado en otro piso para poder mostrar una ración de pornografía granulada a sus amigotes -dijo Rebus meneando despacio la cabeza-. No me gustaría estar en tu lugar cuando Nancy se entere.
Gentry ni se inmutó.
– Bueno, váyase. Se acabó la función -dijo. Rebus replicó acercándose a él y hablándole a la cara:
– Estás muy equivocado, Eddie, esta función no ha hecho más que empezar -salió al pasillo y se detuvo en la puerta antes de salir-. Por cierto, te mentí: esa música tuya no vale nada. Te falta talento, amigo.
Cerró la puerta a su espalda y permaneció un instante frente a la escalera, buscando el tabaco en el bolsillo.
A otra cosa.