Caballeros de la Vera Cruz
- Автор: Камю Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
– Porque él no tiene la Vera Cruz.
LIBRO III
(«Piensa en tu muerte»; «Piensa en tu fin»)
Divisa de los templarios
19
La Verdadha llegado, el error ha desaparecido. ¡El error debe desaparecer!
Corán, XVII, 81
Galopando sin tregua ni descanso, agotando a sus monturas, cubrieron a la velocidad de los yinn distancias extraordinarias. No se dirigieron hacia oriente ni hacia el mediodía, sino hacia el norte, conforme a las indicaciones de Taqi.
– ¿Sabes? -le había dicho a Morgennes-, mi tío (la paz sea con él) nunca hubiera corrido el riesgo de confiarme lo que vosotros, los dhimmi, llamáis la Vera Cruz. No porque en mis manos pudiera correr un peligro mayor que en las de otro, sino porque pensó que era preferible ponerla a resguardo de todas las manos, fueran cuales fueran.
Morgennes le preguntó entonces dónde había escondido Saladino la Santa Cruz.
– No debería decírtelo, pero, como me has salvado la vida, te responderé: nunca se ha movido de su sitio. Por otra parte, mi tío pronto volverá a buscarla…
– ¿Qué quieres decir con eso?
– Sencillamente lo que acabo de decir: nunca se ha movido. Y, como te he prometido, te conduciré hasta lo que vosotros llamáis la Vera Cruz.
Morgennes, irritado por la manía de Taqi de llamar a los cristianos «vosotros», le espetó con cierta brusquedad:
– ¿Qué diferencia estableces entre «la Vera Cruz» y lo que «nosotros» llamamos la Vera Cruz?
– Es bien evidente -respondió Taqi-.Vosotros, los dhimmi, inventáis cerraduras para casas que no tienen puertas y, cuando alguien llega con una llave falsa, os extrañáis al ver que se abren.
– ¿Podrías, por favor, ser un poco más claro?
– Es muy sencillo. La cruz truncada que os arrebatamos en Hattin se componía de dos partes: el relicario y el travesaño en que Jesucristo fue crucificado. Yo partí con el relicario, y el travesaño se quedó en Hattin. Después no resultó muy difícil colocar un pedazo de madera de sicómoro en el interior del relicario y engañar a los pocos templarios que quedaban, felices por tener una buena excusa para rendirse. Fue un juego de niños. Como decimos nosotros: «Muchas astucias valen más que una tribu». Pero todo esto solo fue posible porque el Altísimo así lo quiso, ¿comprendes, dhimmi?
Morgennes comprendía. Sí, comprendía perfectamente. Sin saber muy bien por qué, redujo el paso y dijo a Taqi:
– Deja de llamarme dhimmi. Sabes muy bien que he renegado de mi fe para abrazar la tuya…
– ¿Sabes lo que decimos nosotros? -replicó Taqi-. «Besa la mano que no puedas morder.» Tengo un gran respeto por ti, dhimmi, pero no me pidas que crea en tu conversión. Tal vez hayas conseguido engañar a los míos, tal vez hayas conseguido engañar a los tuyos y tal vez hayas llegado a engañarte a ti mismo, pero a mí no me has engañado. No he olvidado tus palabras, dhimmi: «Dios no se rinde nunca». Eras tú quien tenía razón. Tu Dios no se ha rendido: ¡os ha abandonado!
Dicho esto, se alejó en compañía de Casiopea, dejando a Morgennes con Simón.
– ¿Qué ha querido decir? -preguntó este.
Morgennes le dirigió una mirada glacial.
– Solo esto: la Vera Cruz nunca ha salido de Hattin.
Simón reprimió un escalofrío, como si volviera a ver pasar ante él días enteros consagrados a la adoración de un falso Dios. En cuanto a Morgennes, de hecho no había respondido a su pregunta, de modo que precisó:
– Noble y buen sire, perdonadme, pero ¿fue sincera vuestra conversión?
– Así lo creía -dijo Morgennes-.Ahora ya no lo sé.
Simón no insistió. E hizo bien, porque Morgennes se encontraba de un humor sombrío. A decir verdad, su conversión a la fe mahometana, aunque sincera en el momento -o, mejor dicho, aceptada, consentida-, tenía algo de artificial. Morgennes se daba perfecta cuenta de ello. Pero ¿qué otra cosa podía hacer, si quería servir a Dios y cumplir su misión hasta el final, si no era renegar de sí mismo? Había traicionado, sí, se había condenado, sin duda, pero lo había hecho por Dios, por Dios únicamente. Aunque debiera pagar el precio.
Morgennes se sentía un poco confuso, y su turbación no dejaba indiferente a Simón: para él, los hombres se dividían en valientes y pusilánimes, pero Morgennes no parecía pertenecer a ninguna de las dos categorías.
Taqi, con sus palabras, había devuelto a Morgennes a su camino. Se habían acabado las ilusiones, la idea de que todo podría ser preservado, su inocencia y su misión, su fe en Dios, su lugar en el paraíso. Oh, su lugar en el paraíso. ¡Lo hubiera cambiado al instante por la Vera Cruz si hubiera podido! ¿Y no era eso lo que había hecho? Entonces, ¿qué importaba que actuara, que razonara, por orgullo… si al final encontraba la Vera Cruz?
Seguiría siendo mahometano mientras Saladino no lo desligara de su juramento. Seguiría buscando la Vera Cruz, tal como había prometido a Alexis de Beaujeu, y sobre todo tal como se lo había prometido a sí mismo cuando había visto pasar la montura de Rufino en el campo de batalla, en Hattin.
Decididamente, siempre volvía a aquel funesto combate en el que la muerte lo había esquivado en varias ocasiones, donde había sido -para su gran vergüenza- el último soldado en rendirse, y donde había renegado de su fe. ¡Cuántas pruebas atravesadas desde entonces, cuánto camino recorrido! Morgennes tenía la impresión de vivir una pesadilla.
– ¿Qué hacemos ahora? -preguntó Simón, que ya se impacientaba.
– ¿Qué quieres hacer? -dijo Morgennes.
Simón esbozó un gesto en dirección a las dos siluetas que cabalgaban a lo lejos. Cierto, una era Casiopea, pero desde que habían salido de La Féve no le había dirigido una palabra, ni una mirada, y solo parecía preocupada por su halcón.
– Están lejos, podemos irnos -soltó, desesperado, sabiendo que eso significaba abandonar a Casiopea.
– ¡Y dejar la Vera Cruz! -se indignó Morgennes.
– ¡ La Vera Cruz! Soy el primero en querer encontrarla, pero volveremos más tarde, con un ejército.