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Caballeros de la Vera Cruz

Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:

Año 1187, Hattin (Tierra Santa): tras derrotar a la flor y nata del ejército cristiano, el sultán Saladino arrebata a los francos la Vera Cruz, el leño en que se crucificó a Cristo, que siempre había acompañado a los cristianos en sus combates. El caballero hospitalario Morgennes recupera la consciencia entre los caídos en el campo de batalla. Tras ser torturado por los sarracenos, acepta renegar de su fe y convertirse al islam.
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
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Al otro lado de la sala, Yahyah observaba, fascinado, un cofrecillo de oro de forma piramidal que contenía la cabeza de un hombre, una cabeza que le devolvía la mirada. De vez en cuando la cabeza abría la boca como para aspirar un poco de aire, y volvía a cerrarla en cuanto un templario se aproximaba demasiado.

Aquel jueguecito divertía mucho a Yahyah. Aparentemente era el único que se había fijado en él. El muchacho se inclinó sobre la mesa, pretextando una súbita fatiga, y murmuró:

– ¿Sabes hablar?

Los globos oculares giraron en su dirección y la cabeza pestañeó dos veces.

Yahyah, cada vez más intrigado, se dijo que aquello debía significar «sí». Entonces preguntó en un susurro:

– ¿Qué quieres?

La boca hizo un esfuerzo considerable, los músculos del rostro se animaron, las venas se hincharon bajo la piel como si estuvieran a punto de explotar, luego los labios pintarrajeados de rojo se separaron y una voz de una profundidad sepulcral respondió:

– Ayuuuuda…

– ¿Y cómo puedo ayudarte? -cuchicheó Yahyah.

– Necesiiiito un cueeeerpo… -añadió la cabeza. Parecía que se manifestara desde el más allá de los tiempos. Luego, bruscamente, se inmovilizó. Se acercaba un guardia.

– ¿Eres tú quien habla así? -preguntó a Yahyah.

– ¡Síiii…! -dijo Yahyah.

Antes de añadir, ante la mueca dubitativa del soldado:

– Estoy cansaaaado…

El guardia se encogió de hombros y se fue a mirar un poco más lejos, donde Femia y Masada mantenían una animada conversación.

Una diferencia los enfrentaba. A cambio de su historia, Reinaldo de Chátillon les había propuesto tomarlos bajo su protección o dejarlos ir a donde quisieran.

«Haríais mejor en decírmelo todo, o iréis a reuniros con vuestro antiguo esclavo en las mazmorras…»

Reinaldo quería saber todo lo que había hecho Morgennes, por qué le había perdonado la vida Saladino, qué estaba haciendo allí con el vexillum de san Pedro. Y se mostraba igualmente intrigado por Carabas, del que uno de los pocos supervivientes de la primera guarnición de La Féve le había asegurado que era «una verdadera reliquia viviente».

Masada trató de negociar un acuerdo un poco más favorable con Chátillon (lo que provocó que este estallara en carcajadas), y Femia se negó en rotundo a aceptar el trato: no quería que le arrebataran a Morgennes.

Al ver que Chátillon se sorprendía por el interés que su mujer mostraba por el hospitalario, Masada explicó:

– Ella fue quien lo compró, messire. ¿Comprendéis? ¡Es como algo suyo!

– ¿Y vuestro? -preguntó Chátillon-. ¿Ese hombre no es nada para vos?

– ¡Nada en absoluto, messire, os lo aseguro! -protestó Masada.

– ¡Judas! -le gritó Femia.

– ¡Lo aduláis demasiado! -dijo Chátillon riendo, antes de volverse hacia Masada-: Y ese Yahyah, ¿es vuestro esclavo?

– Sí, messire -murmuró Masada a media voz.

– ¿Por qué tanto apuro en confesarlo? -replicó Chátillon-. No hay nada malo en aprovechar los encantos de un joven… ¿No es eso lo que queríais hacer con Oliverio?

Masada no respondió. Era evidente que ocultaba un secreto.

– Están aquí, señor -anunció un templario blanco.

– Bien -respondió Chátillon-. Cuando Ridefort y la Vera Cruz estén en el patio del castillo, bajaréis los rastrillos.

Crucífera brillaba.

Cada vez que había peligro, Crucífera brillaba. Taqi no se cansaba de mirar aquella espada, la más bella, la más equilibrada que nunca hubiera tenido en sus manos. No lamentaba en absoluto habérsela arrebatado a Morgennes, con mayor razón aún porque también Sohrawardi la ambicionaba. Nunca hubiera podido cabalgar en paz sabiendo que el amo de los yinn estudiaba la espada en busca de sus secretos. La historia estaba llena de esas hojas encantadas. Algunas tenían su personalidad, y ese era el caso de Crucífera.

El castillo estaba ahora al alcance de la voz. Levantando la mano, Taqi ordenó el alto. Los hombres del Yakaz obedecieron instantáneamente, adoptando una posición idéntica a la de los verdaderos templarios. Luego, como había hecho ya cerca de cincuenta veces, Taqi se volvió hacia Gerardo de Ridefort y le dijo:

– ¡A vos!

Ridefort hizo avanzar unos pasos a su montura. Cuando estuvo seguro de encontrarse a la vista de las murallas del castillo, a pesar de la oscuridad, clamó:

– ¡Por Nuestra Señora todopoderosa! ¡Por Cristo! ¡Nobles y buenos hermanos, escuchadme!

– ¡Anunciaos y decid con quién queréis hablar! -dijo una voz desde lo alto del castillo.

– ¡Soy vuestro maestre, Gerardo de Ridefort, y quiero hablar con el comendador de La Féve!

– Hablad -dijo la voz en tono neutro, en absoluto impresionada por sus declaraciones.

Ridefort se volvió hacia Taqi ad-Din, que había vuelto a sujetar el pomo de Crucífera para adivinar lo que sentía la espada. Taqi seguía convencido de que les estaban tendiendo una trampa. Viendo que Ridefort esperaba sus instrucciones para continuar, le hizo una discreta señal con la mano, y el antiguo maestre del Temple declaró:

– ¡Buenos señores, en nombre de Cristo todopoderoso, en nombre de Nuestra Santa Señora y en mi propio nombre, os ordeno que abandonéis este castillo inmediatamente!

No hubo respuesta.

Ridefort, viendo que sus palabras no producían ningún efecto, pidió autorización a Taqi para enarbolar la Santa Cruz. En raras ocasiones había tenido que hacer uso de su autoridad. A su vista, la mayoría de las veces los templarios se rendían. Y, aunque de vez en cuando habían tenido que combatir, por lo general solían ser combates fáciles, contra guarniciones disminuidas, desmoralizadas y mal equipadas. En cada ocasión el resultado había sido una matanza.

– ¡Por la muy santa reliquia de la Vera Cruz, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, os ordeno que salgáis y os unáis a nosotros! ¡Es Cristo quien manda!

En su fuero interno, Ridefort se preguntaba por qué Taqi no daba orden a sus tropas de penetrar en el castillo, ya que los rastrillos estaban levantados. ¿Temía, tal vez, una emboscada? Finalmente, viendo que nada se movía en el interior de la fortaleza, y un poco avergonzado, Ridefort dijo a Taqi:

– Señor, no me escuchan… Creo que hay que entrar en la plaza…

– Ahí están -respondió lacónicamente Taqi.

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