Caballeros de la Vera Cruz
- Автор: Камю Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
Morgennes no respondió nada. Durante un breve instante, el fuego de ramaje iluminó su rostro con reflejos escarlata, dando un brillo dorado a su rala cabellera.
– ¿Cómo se titula esa obra? -preguntó Morgennes.
– Perceval o el cuento del Grial.
– ¿Yo me llamo Perceval?
– No, tú te llamas Morgennes. Pero eres, si Chrétien dice la verdad, «el Hijo de la Viuda que tenía por dominio la Gaste Fóret»…
– La Gaste Fóret… Ese nombre no me dice nada, o casi nada. Recuerdo un puente…
Casiopea cogió la mano de Morgennes y la apretó con fuerza. Parecía sorprendentemente emocionada.
– Tu búsqueda ha terminado, Perceval. Has encontrado tu grial. Ahora hay que volver.
– No tengo derecho a hacerlo. No ahora. Todavía debo llevar la Vera Cruz a mi orden y encontrar a Crucífera. Sin ella, mi lepra se declarará, roerá mi cuerpo y me dejará como esos huesos, ahí afuera…
Taqi se levantó, se sacudió el polvo de su túnica de templario, se alisó el bigote con un gesto elegante y, cuando estuvo seguro de haber conquistado la atención de su auditorio, dijo:
– ¡Sé dónde encontrar a Crucífera y el medio de curarte!
– ¿Dónde? -preguntó Morgennes.
– En el oasis de las Cenobitas.
– ¡El lugar del que me habló Femia! ¿Sabes dónde está?
– Sí, creo que sí. Pero no lo conocía por ese nombre. Para nosotros, en el Yazak, es el reino de Zenobia, la reina de las amazonas. Se trata de un lugar encantado que, según dicen, se encuentra habitado por el demonio. Incluso los yinn temen ir allí. Como en el caso de Sohrawardi, esas mujeres conocen remedios para muchas enfermedades. Pero de todo se saca partido… No me atrevo a imaginar, Morgennes, lo que habrá que pagar para curarte de la lepra…
– No me atrevo a imaginar -añadió Morgennes- lo que Masada habrá pagado, si son ellas las que han impedido que su enfermedad progresara…
– ¿Y aceptarán ayudarnos? -preguntó Casiopea, preocupada.
– Al fin y al cabo, son cristianas -señaló Taqi-. Tal vez un fragmento de la Vera Cruz pudiera persuadirlas…
Morgennes dirigió la mirada a la Santa Cruz, que Simón seguía velando, medio desvanecido, y se concentró en la contemplación de esa reliquia tras la que tanto había corrido. Así desnuda, sin su ropaje de oro y perlas, le pareció más bella, más humana. Una voz, la de Casiopea, se elevó:
– Morgennes, hoy es el día de la Exaltación de la Cruz. ¿No crees que hay que ver ahí un signo? ¿Que Dios te ha concedido, por fin, la curación?
– Eso espero -respondió Morgennes.
Tras estas palabras, se durmieron, excepto Morgennes, que plantó su espada en el suelo, no lejos de la Vera Cruz, y pasó la noche rezando, como en otro tiempo, cuando era guardián de la cruz. A la mañana siguiente, sin embargo, se arrodilló de nuevo junto a Taqi para la oración del alba.
Cuando se levantaron, tuvieron la sorpresa de ver que la tierra se ondulaba a lo lejos: El viento soplaba con mucha fuerza, empujando en su dirección potentes torbellinos de arena que volaban hacia el cielo como largos estandartes de color pajizo, se desgarraban y luego ascendían aún más, atrapados por la altura. Taqi, Casiopea y Morgennes miraban fascinados aquel espectáculo, incapaces de apartar la mirada, cuando Simón dijo:
– La tierra tiembla…
Se volvieron hacia él y observaron que, en el curso de la noche, su herida se había cerrado un poco. Ya se encontraba mejor.
– Gracias a mis remedios -dijo Casiopea.
– Gracias a la noche -afirmó Taqi.
– Gracias a la Vera Cruz -replicó Simón.
– Aún no está curado -observó Morgennes.
– ¡Mi tío ha llegado! -exclamó Taqi.
Con la mano señaló una columna de arena, que se desgarró, se abrió como si fuera un pórtico y dejó pasar primero a los infantes, luego a la caballería y finalmente a toda la vanguardia del ejército de Saladino.
La tierra temblaba con el eco de sus pasos. Gritos, relinchos, bramidos de camellos, tintineos de armaduras se respondían entre sí, añadiéndose a la discordancia del batir de los tambores y las llamadas del cuerno que marcaban el ritmo de la marcha de los soldados. Al acabar la mañana, el ejército de Saladino había llenado la llanura como el Nilo su valle.
20
Parásitos y costras terrosas cubren mi carne, mi piel se agrieta y supura.
Job, VII, 5
– Aquí está tu cabeza -dijo Saladino a Morgennes, que acababa de entrar en su tienda.
Morgennes observó el cráneo, cuya órbita derecha llevaba todavía la señal de un golpe de cimitarra, y el sultán prosiguió:
– Es la cabeza del hombre que las tropas del cadí Ibn Abi As-run decapitaron por error en Damasco. No se te parece demasiado, ¿no crees? Pero la he conservado porque me divertía tenerla, mientras esperaba a reemplazarla por la verdadera…
El cráneo volvió a su lugar en la colección de Saladino, junto a otras cabezas desconocidas para Morgennes, con excepción de la de Raimundo de Castiglione, que lo miraba fijamente con sus ojos vidriosos.
– Sohrawardi me ayuda a conservarlas. Conoce el arte que permite evitar que las carnes se descompongan y las fórmulas para volver a darles vida. De vez en cuando, charlo con esta o aquella. ¿Quieres probar? ¿Saludar, tal vez, a tu antiguo maestre?
– No, gracias -dijo Morgennes, antes de añadir-: ¿A qué se debe que no tengáis la de Chátillon?
– ¡La peste caiga sobre él! -se enfureció Saladino-. Ese hijo de marrana consiguió escapar, no sé cómo. Sin duda traidores ganados para su causa esperaron a la noche para degollar a los guardias y apoderarse de él. El día siguiente a su suplicio, al alba, había un cuerpo en la cruz, pero no era el suyo. Sin embargo, desde lejos la ilusión era perfecta: las marcas de golpes, las heridas, las cadenas, no faltaba nada. No me explico qué pudo pasar. En fin, Ibn Abi Asrun también lo está investigando.