Caballeros de la Vera Cruz
- Автор: Камю Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
– ¡De parte de Sohrawardi! -exclamó, y se lanzó contra otro adversario.
Morgennes había anudado un trozo de keffieh en torno al brazo de Taqi, cuyo estado, por fin, se había estabilizado. Luego, un par de vigorosas bofetadas asestadas por Casiopea ayudaron a su primo a recobrar el conocimiento. Taqi los había observado sin comprender. Entonces le explicaron lo que había ocurrido. Cada uno de ellos ardía en deseos de hacer preguntas a los otros dos, pero no tenían tiempo para aquello. Los tres cómplices habían decidido salir de los calabozos e ir a apoyar a sus camaradas. Luego interrogarían a Simón: «¿Quiénes eran esos famosos templarios blancos? ¿Por qué Wash el-Rafid combatía con ellos? ¿Y cómo se explicaba que Chátillon estuviera vivo todavía?». Cuando estuvieron dispuestos, salieron de las mazmorras, bajo la mirada inquieta de Simón, que temía más por Casiopea que por su vida.
El patio del castillo tenía un aspecto propio del fin de los tiempos.
Al lado de Morgennes, el cadáver de un caballo le recordó el campo de batalla de Hattin. Más allá, los cuerpos de los soldados del Yazak y de los templarios, la mayoría con la cruz roja y el manto blanco, se encontraban entremezclados de tal modo que no se podían diferenciar. Sondeando las tinieblas con la luz de su antorcha, Taqi, Morgennes y Casiopea buscaban, cada uno, una cosa diferente.
Taqi iba en busca de Terrible y de supervivientes del Yazak, mientras que Morgennes solo pensaba en Crucífera y en la Vera Cruz. Casiopea, por su parte, estaba al acecho. Escrutaba el cielo en busca de su halcón, mientras registraba los menores rincones en sombra para asegurarse de que ningún enemigo se ocultaba en ellos.
Pero no había ni rastro de todo aquello.
– Deberíamos echar una ojeada a la sala principal -propuso Casiopea.
Los dos hombres asintieron. Mientras se dirigían a la escalera, escucharon un relincho tras ellos.
– ¡Terrible!
Taqi se puso pálido como un fantasma.
La desgraciada yegua se enredaba las patas en sus entrañas. Al desplazarse se movía con una torpeza que provocaba lástima. Al ver a Taqi desde el lugar donde se había tendido para morir, el animal se había levantado para acercarse a él. Pero su encuentro sería de corta duración. Cada paso de la yegua era una tortura que, si bien aceleraba su agonía, la hacía sufrir un poco más.
– ¡Terrible! -exclamó su dueño, conteniendo un sollozo.
Taqi se acercó a la yegua, le puso la mano en la frente y hundió los dedos en sus crines. El animal tenía los ojos húmedos y parecía suplicarle algo; mientras frotaba su cabeza contra la de su amo, lamiéndole la cara con la lengua ensangrentada y cubriéndolo de besos con sus labios lastimados.
Sin dejar de acariciar a Terrible ni de hablarle al oído, Taqi cogió con su mano libre un largo puñal de hoja curvada que llevaba a la cintura y, con un rápido gesto, le cortó la garganta. La yegua se desplomó sobre sus patas delanteras, luego sobre las traseras, se levantó con un brinco furioso y murió.
Taqi ya no se movía. Se había arrodillado junto al cuerpo de Terrible y recitaba una oración. Morgennes y Casiopea lo escucharon en silencio.
Cuando hubo terminado, se dirigieron a la sala de los caballeros.
En un rincón, Femia lloraba a lágrima viva, apretando a Babucha contra su pecho. Al olfatear a Morgennes, la perra corrió hacia él para hacerle fiestas. Morgennes se dio cuenta entonces de que el animalito estaba cubierto de sangre, aunque no tenía herida alguna. Aquella, por tanto, no era su sangre: era la de Femia, que había recibido una puñalada en el pecho.
– ¿Qué ha ocurrido? -le preguntó Morgennes, mientras Casiopea trataba de ayudarla.
– ¡Han muerto, o se han ido, todos! -respondió Femia sollozando.
– ¿Y Masada? ¿Y Yahyah?
– Yallah! -exclamó Femia, haciendo un gesto con la mano.
– ¿Dónde? -insistió Morgennes. Femia señaló a la perra.
– Ella lo sabrá. Ella te conducirá hasta ellos. Pero hay que apresurarse…
– ¿Se han ido con la Vera Cruz?
– No. Reinaldo de Chátillon se ha apoderado de la cruz… ¡Morgennes! ¡Llévame contigo! ¡No me dejes sola!
– Estoy aquí, estoy aquí -dijo Morgennes, apretándola contra su pecho…
– ¿Se han llevado un cofre en forma de pirámide, con una cabeza en su interior? -preguntó Casiopea.
– Mi marido la cogió -respondió Femia-. Y a Crucífera también… Y a Yahyah… Han ido a donde él va siempre, al desierto, al este… Donde paga sus remedios a precio de oro…
– ¿Dónde es eso?
– En el oasis de las Cenobitas. Babucha, lo encontraréis gracias a Babucha. Ella seguirá la pista del niño, siempre la llevaba en brazos. ¡Pero daos prisa, porque lo matará!
Durante un breve instante, la mujer cerró los ojos. Morgennes creyó que había muerto. Se levantó, pero Femia lo sujetó.
– ¡Morgennes, llévame! ¡No quiero quedarme aquí! Toma…
Con mano temblorosa, Femia se sacó de los dedos, de las manos, del cuello, la joya en forma de palmera y todas las que los hospitalarios le habían dado como compensación por la compra de Morgennes.
– Cógelas -dijo-. No las pierdas… Sobre todo, di a mis hermanas que lamento haberlas dejado…
Un estertor la obligó a callar. Morgennes cogió las joyas, la levantó y la llevó al patio.
Había caído la noche.
Taqi había sacado de las cuadras una decena de caballos, entre los que se encontraba Isobel.
Morgennes miró a Femia. Estaba muerta. Esperó un poco, como resistiéndose a abandonarla; luego la depositó en el suelo y volvió a ponerle todas sus joyas, con excepción de la palmerita, la única que ya tenía en Damasco. A continuación fue a buscar a Simón y lo obligó a cavar varias tumbas. Cuando hubo acabado de enterrar a Femia, Tughril, Terrible y los otros, Morgennes tomó al joven templario bajo su protección; Simón había prometido que se mantendría tranquilo y que les diría todo lo que quisieran saber.
Pero la información más importante la proporcionó Taqi. Morgennes dudaba entre seguir a la perrita, que parecía querer ir al este, y perseguir a los templarios, cuyo rastro apuntaba al sur y a Jerusalén. Taqi lo disuadió de perseguir a Chátillon.
– ¿Por qué? -preguntó Morgennes.