Caballeros de la Vera Cruz
- Автор: Камю Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
– Un joven que han torturado hasta la muerte. Se llamaba Oliverio.
Morgennes se acercó al calabozo y pidió a Casiopea que lo abriera.
– Quisiera ver su rostro…
Casiopea abrió la celda de Oliverio, que tenía el cuerpo cubierto de equimosis y quemaduras.
– ¿Cómo han podido hacer algo así a un niño? -preguntó Casiopea.
– Tal vez deberíamos preguntárselo a él -respondió Morgennes señalando a Simón.
Dieron media vuelta y se dirigieron rápidamente a la celda de Simón, que poco a poco volvía en sí. Casiopea abrió la reja, sacó su cuchillo de la vaina y le espetó en tono acerbo:
– ¡Temo que no tengas bastante valor para servirnos de rehén!
Simón retrocedió hacia la pared del fondo.
– ¿Qué vais a hacer? -preguntó-. Siempre he sido bueno con vos…
A modo de agradecimiento, Casiopea lo golpeó con tanta violencia con el pomo de su arma que Simón perdió de nuevo el conocimiento. En su cráneo, dos enormes chichones daban testimonio de los golpes que había recibido. A Morgennes le recordaron las colinas de Hattin, que llamaban los Cuernos del Diablo.
– Desnudémoslo -dijo Casiopea.
Le sacaron el gambesón de cuero, y Morgennes ayudó a Casiopea a colocárselo por encima de sus harapos.
– Qué lástima que ya no tenga la armadura de Taqi -se lamentó.
– Al parecer no impidió que os capturaran.
– No llegábamos ni a una treintena, y entre ellos había algunos viejos y niños. Cayeron sobre nosotros como una jauría de perros rabiosos.
– ¿Quiénes?
– Los maraykhát. Los tomé por aliados, nos sorprendieron… Uno de ellos me cogió la armadura…
A juzgar por su mirada, le había cogido mucho más que eso, De pronto, unos pasos resonaron en la escalera. Un resplandor rojizo brilló en el otro extremo del corredor y una voz:-la del turcópolo- aulló, llena de excitación:
– ¡Messire! ¡Hay que subir enseguida! ¡Ya está aquí! ¡El asalto ha comenzado!
Morgennes y Casiopea intercambiaron una mirada, y luego, muy deprisa, Morgennes fue a situarse detrás de la puerta de la sala de tortura, mientras Casiopea volvía a la celda de Oliverio y cerraba la puerta sin hacer ruido.
Finalmente, el turcópolo avanzó por el corredor. El humo de su antorcha ascendía hasta el techo, lamiendo las piedras negras de la bóveda. En el momento en que se acercaba a Casiopea, esta salió del calabozo de Oliverio, se lanzó sobre el guardia y le clavó el cuchillo en la garganta con un movimiento tan rápido que lo mató en el acto, sin darle tiempo a gritar. El turcópolo se desplomó, y su sangre formó un reguero en el polvo del corredor.
– ¿Quién está ahí arriba? -preguntó Morgennes-. ¿El jefe de los falsos templarios?
Casiopea sonrió enigmáticamente.
– ¿No lo adivináis? Y, sin embargo, os salvó la vida -dijo con orgullo-. Es mi primo. Su tío y mi abuelo eran de la misma sangre… -añadió recogiéndose los cabellos en un moño.
Morgennes la contemplaba, preguntándose de quién podía estar hablando.
Taqi ad-Din Umar observaba el castillo de La Féve sin abandonar su posición, una colina de la llanura de la Baja Galilea, no lejos del lugar donde habían tenido lugar los primeros milagros de Cristo. Al-Fula, como lo llamaban los sarracenos, era a los templarios lo que el Krak a los hospitalarios: uno de los eslabones más seguros de la imponente defensa desplegada por los francos en torno a sus posesiones de ultramar; un hueso atravesado en la garganta de los sarracenos en su lucha por la reconquista.
Hacía dos meses que Taqi recorría con sus tropas las tierras de los francos, y nunca se había encontrado frente a semejante desafío. Aunque el Yazak había realizado operaciones más delicadas en otro sentido, Taqi presentía que esta no sería como las otras.
¿Cuántos casales había hecho caer en dos meses? Calculaba que su número superaba la cincuentena. La mayoría habían capitulado sin combate, obedeciendo a las exhortaciones de Ridefort, que les ordenaba que no opusieran resistencia. Taqi sabía que el maestre del Temple había llegado a un acuerdo con Saladino: si Ridefort le evitaba tener que combatir para tomar los castillos más importantes de los templarios, la Espada del Islam le estaría agradecido y lo trataría con indulgencia.
Ridefort, sin embargo, parecía encontrar un placer maligno en pedir a sus correligionarios que se rindieran. ¿Qué estaba maquinando? Taqi no habría sabido decirlo, pero apostaba a que el hombre ocultaba algún truco en su bolsa. No podían esperar nada bueno de él.
– ¿Qué hacemos? -preguntó Tughril, el mameluco que Saladino había separado de su servicio para prestárselo a Taqi.
– Déjame, estoy reflexionando -respondió Taqi.
El sobrino del sultán acarició el cuello de Terrible y le habló suavemente al oído. De hecho, aquella era una especie de plegaria con la que Taqi encomendaba su alma a Dios y le rogaba que lo iluminara, pues se sentía anormalmente nervioso. «Hay yinn allá abajo», se decía observando al-Fula, que se levantaba con insolencia en la noche que empezaba. Entonces recordó las palabras del jeque de los muhalliq, Náyif ibn Adid, que lo había puesto en guardia poco antes de su partida, en Hattin.
– Esto no me gusta nada -dijo a Terrible, como si la yegua pudiera comprenderlo.
Luego, haciéndole dar media vuelta, anunció a sus hombres:
– Retirémonos, esto no me inspira confianza. Mi tío (la paz sea con él) se encontrará aquí dentro de unos días con todos sus soldados. Al-Füla caerá en su mano como una fruta madura en la mano del sabio.
– Amo -dijo Tughril-, mirad…
El mameluco mostró con el dedo un ave que ascendía en vertical en el cielo, antes de volver a descender en picado. Taqi no podía apartar la mirada del halcón, como si tratara de descifrar en las curvas de su vuelo un mensaje codificado.
– ¡Casiopea está aquí!
Terrible se agitó, inclinó la cabeza y tiró de las riendas, como para incitarlo a que se apresurara.
– ¡Vamos! -ordenó Taqi.
Y a la cabeza de sus jinetes se encaminó hacia al-Fula.
– Perfecto -se felicitó Reinaldo de Chátillon.
En la ventana de la gran sala de los caballeros, el siniestro Brins Arnat, que seguía sin desmontar de Sang-dragon, observaba cómo se acercaban los falsos templarios.
– ¡Levantad las rejas! -ordenó con voz firme.
– ¿Las dos? -preguntó un adjunto.
– Las dos -ordenó Chátillon.