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Las fuerzas del mal

Электронная книга - «Las fuerzas del mal». Краткое содержание книги:

En el bello paisaje de la campiña inglesa, una adinerada familia debe enfrentarse a un destino que parece condenarla a la extinción. El viejo ha perdido a su mujer, mientras sus hijos Leo, un ludópata redomado, y Elizabeth, una promiscua alcohólica condenada al fracaso, apenas son una mácula dentro de la genealogía familiar. Deprimido y con el único apoyo de su fiel abogado Mark Ankerton, Lockyer-Fox también debe hacer frente a las habladurías de sus convecinos, que le acusan del supuesto asesinato de su esposa. Se avecinan tiempos difíciles para el coronel quien, además, ha decidido destapar un viejo secreto y encomendar a Mark la tarea de encontrar a una nieta entregada en adopción apenas nacer. Una lejana vergüenza que la familia Lockyer-Fox ocultó a cal y canto, para proteger la ya maltrecha reputación de Elizabeth.
En tanto, en las tierras que lindan con la propiedad del coronel se instala un grupo de nómadas con el objetivo de asentarse por un tiempo indefinido. A la cabeza del movimiento se encuentra un siniestro personaje a quien todos conocen como Fox Evil, un individuo capaz de hundir aún más si cabe los ánimos del coronel. Sólo la providencial visita de su nieta, convertida por los avatares de la vida en una joven capitana del ejército inglés, le ayudará a encarar el avispero emocional en el que vive su agotado corazón.
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Ella torció el gesto.

– Fox Evil.

– El nombre real, Bella.

Ella negó con la cabeza.

– Lo siento, señor Barker. Eso es todo lo que nos dijo. Ni siquiera Wolfie lo sabe. Se lo pregunté.

– ¿Alguna vez te ha hablado de una tal Nancy Smith?

Bella parecía preocupada.

– Sí, me obligó a telefonear a sus padres para saber dónde estaba. Pero yo no se lo dije. Le conté que estaba en la llanura de Salisbury. ¿Quién es? ¿Qué tiene en contra de ella? Estuvo en mi autocar, pero Fox no lo sabe.

Barker sacudió la cabeza, entrecerrando los ojos para enfocarlos en el vehículo de Fox.

– Conduce un IVECO -dijo por la radio-, gris y crema… está bastante desvencijado… el logo está tapado… el número de placa es L324 UZP… Eso bastará. De todos modos, vamos para allá. Su hijo huyó en esa dirección hace unos cinco minutos. Normalmente el coronel deja la puerta abierta, por lo que existe la posibilidad de que esté dentro… Correcto. Diga a Monroe que vamos de camino. Mantente a la escucha -volvió a decir mientras Bella le ponía una mano apremiante sobre el brazo.

– Diga a sus colegas que tengan cuidado, señor Barker. Ese hombre lleva una navaja muy afilada. Wolfie le tiene pavor. Su madre y su hermano han desaparecido y estamos muy preocupados.

– El niño dijo que estaban en Torquay.

– Porque le tiene miedo a usted. Escuchó a Fox decirnos que ella se había largado con un chulo después de haber estado trabajando en un parque de atracciones, en Devon. Pero Wolfie no lo cree y nosotros tampoco. ¿Por qué llevarse a un niño y dejar al otro?

Zadie apareció detrás de Bella.

– Fox actúa de un modo extraño desde que llegamos aquí. Conoce muy bien Shenstead. Creo que ha vivido aquí. -Apuntó a la mansión con la cabeza-. Ése es el gancho. Cada vez que volvemos la espalda, sale disparado en esa dirección.

Barker habló por la radio.

– ¿Lo habéis oído todo? Sí, una navaja muy afilada. Pregunta: si ha vivido en Shenstead… pregunta: mujer desaparecida con niño… posiblemente en Devon. ¿Nombres? -le preguntó a Bella, apuntando la radio en su dirección-. ¿Descripciones?

– Vixen y el Cachorro -dijo-. Los dos son clones de Wolfie. Rubios, flacuchos, de ojos azules. Lo siento, señor Barker, no puedo decir más. Los vi una sola vez. La madre estaba drogada y el niño parecía tener tres años, aunque Wolfie me ha dicho que tiene seis.

Barker se llevó la radio al oído una vez más.

– Estoy de acuerdo. Decid a Monroe que me reuniré con él junto a la entrada. -Apagó la radio y la dejó en su soporte-. Bien, así es como vamos a actuar: olvidaos de buscar a Wolfie. Os quiero a todos en el autocar de Bella, con la puerta cerrada con llave. Si Fox regresa, no os acerquéis a él y no intentéis impedir que se marche. -Anotó un número en su libreta y arrancó la hoja-. Seguro que todavía tienes tu móvil, Bella, ¿eh? Bien. La manera más rápida de ponerse en contacto conmigo es ésta.

– ¿Y qué pasa con Wolfie?

– Cuanto antes atrapemos a Fox, antes encontraremos a Wolfie.

– ¿Y si Fox regresa y tiene al niño consigo?

– Las instrucciones son las mismas. Evitad la confrontación. -Puso una mano sobre el hombro de Bella-. Confío en ti. Haz que todos se mantengan alejados de él. Si su padre cree que está acorralado, eso no va a ayudar en nada a Wolfie.

Wolfie avanzaba hacia el árbol de Fox forzando la vista en la oscuridad para buscar a su padre. En el acaloramiento de la huida su única idea confusa había sido encontrar a Fox y pedirle que hiciera que los policías se marcharan, pero cuando sus pies en estampida hicieron que la chamiza se partiera con el sonido de un disparo, se lo pensó mejor. Fox atacaría con la navaja si Wolfie se acercaba haciendo ruido y los demás descubrían dónde estaba.

El niño tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para ralentizar su corazón aterrorizado y dio un rodeo con el sigilo de un gato para aproximarse a Fox por la ladera, donde crecía el bosquecillo de avellanos. Su padre estaría vigilando la mansión y no sabría que Wolfie estaba allí hasta que el niño lo agarrara de la mano. Si Wolfie le tenía agarrada la mano, Fox no podría sacar la navaja, y tampoco podría enojarse si Wolfie no hacía ruido. No quería pensar en el martillo. Sabía que si no pensaba en él, el martillo no existía.

Pero Fox no estaba junto a su árbol y de nuevo el miedo le atenazó el corazón. A pesar de todos los defectos de su padre, el niño confiaba en que mantendría alejada a la policía. ¿Qué podía hacer Wolfie ahora? ¿Adónde podía esconderse para que no lo encontrara? El frío le mordía los huesos y sabía lo suficiente para darse cuenta de que no podía quedarse a la intemperie. Pensó en Lucky Fox, en su rostro sonriente y su promesa de que su puerta siempre estaba abierta, pensó en las dimensiones de la casa y en lo fácil que sería esconderse en su interior. Sin ningún otro lugar adonde ir, se deslizó a través del seto y se encaminó hacia el césped de la mansión.

La oscuridad de la casa no le preocupaba. Sin un reloj, el tiempo no tenía significado y supuso que el anciano y sus amigos dormían. Más preocupado por la policía que por lo que pudiera tener delante, avanzó a cuatro patas, abriéndose camino entre los árboles y arbustos que pespunteaban el terreno mientras se giraba de vez en cuando, mirando por encima del hombro. Cada vez que observaba la terraza para no perder la orientación, una luz parpadeaba al otro lado de una de las ventanas de los bajos. Pensó que la luz procedía del interior de la casa y no le prestó atención.

Pero el susto fue mayúsculo cuando, a unos veinte metros de la terraza, las nubes comenzaron a disiparse y pudo ver que se trataba de una linterna en la mano de una persona. Pudo distinguir el bulto de una figura vestida de negro delante de las puertas de vidrio y el reflejo pálido de un rostro. Se acurrucó temblando detrás de un árbol. Sabía que no se trataba de Fox. Siempre lo reconocía por el abrigo. ¿Sería un policía apostado allí para atraparlo?

La fría humedad del terreno penetraba a través de su ropa sencilla y un letargo horrible comenzó a apoderarse de él. Si se dormía quizá no volviera a despertar. La idea lo estimuló. Era mejor que estar asustado. Se agarró a la idea de que si su madre no se había largado, ella lo salvaría. Pero ella sí se había largado y esta voz nueva, salpicada de cinismo, le dijo por qué. Estaba más preocupada por ella misma y por el Cachorro que por Wolfie. Apoyó la cabeza en las rodillas mientras cálidas lágrimas resbalaban por sus mejillas congeladas.

– ¿Quién está ahí?

Reconoció la voz de Nancy y detectó en ella el miedo, pero pensó que hablaba con otra persona y no respondió. Como ella, contuvo el aliento y esperó a que ocurriera algo. El silencio se estiró, interminable, hasta que una nerviosa curiosidad lo impulsó a ver si ella aún se encontraba allí. Wolfie yacía sobre el vientre, enroscado en torno a la base del árbol, y esta vez vio a su padre.

Fox estaba a pocos metros, a la izquierda de Nancy, con la cabeza inclinada para que la luz de la luna no le diera en la cara; contra el fondo de la pared de piedra de la mansión, la silueta de su abrigo con capucha era inconfundible. Nancy hacía oscilar la luz de la linterna de un lado a otro y ése era el único movimiento que hacía alguno de los dos. Con su capacidad infinita para comprender el miedo, Wolfie sabía que ella había percibido la presencia de Fox, pero no podía verlo. Cada vez que la luz apuntaba en su dirección, iluminaba un arbusto frente a la casa, pero no alcanzaba a mostrar la sombra que se escondía detrás.

Wolfie clavó una mirada intensa en su padre, tratando de distinguir si estaba empuñando la navaja. Llegó a la conclusión de que no. No se veía ningún atisbo de Fox, sólo la sombra negra de su largo abrigo con capucha. No se veía el destello de la hoja y el niño sintió cierto alivio. Aunque Fox estuviera acariciando el arma en su bolsillo, sólo se volvía peligroso de veras cuando la tenía en la mano. No se molestó en preguntarse por qué su padre estaba acechando a Nancy, imaginaba que eso guardaba relación con su visita al campamento. Nadie invadía el territorio de Fox sin atenerse a las consecuencias.

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