Las fuerzas del mal
- Автор: Уолтерс Майнет
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las fuerzas del mal». Краткое содержание книги:
En tanto, en las tierras que lindan con la propiedad del coronel se instala un grupo de nómadas con el objetivo de asentarse por un tiempo indefinido. A la cabeza del movimiento se encuentra un siniestro personaje a quien todos conocen como Fox Evil, un individuo capaz de hundir aún más si cabe los ánimos del coronel. Sólo la providencial visita de su nieta, convertida por los avatares de la vida en una joven capitana del ejército inglés, le ayudará a encarar el avispero emocional en el que vive su agotado corazón.
Ivo propinó una patada de frustración a uno de los asientos de Bella.
– Quizá Fox no sea el único que quiera cortarte la garganta, zorra obesa. Eres amiga de los maderos. ¿Quién dice que no fuiste tú la que los trajiste aquí? Llevas casi todo el día hablando de la madre de Wolfie. No me sorprendería que hayas decidido hacer algo al respecto.
Ella negó con la cabeza.
– Yo no… y tampoco acusaría a nadie de hacerlo en caso de que lo hubiera hecho. -Le apuntó con el cigarrillo-. Y no le tengo miedo a Fox. Es como cualquier otro estafador de tres al cuarto… acosa, presiona, tratando de que todo salga a su manera… y cuando las cosas se tuercen busca alguien a quien echarle la culpa… Habitualmente. una mujer. ¿Te recuerda a alguien, cabronazo?
– Esa bocaza, Bella. Alguien debió de darte un par de bofetadas hace tiempo.
– Sí… es verdad. ¿Quieres intentarlo? -Hizo un movimiento despectivo con la cabeza-. No. Eso es lo que pensé. Quizá lo mejor es que este proyecto se quede en agua de borrajas. Si tuviera como vecino a una comadreja tan patética como tú, me volvería loca.
El rastro de Fox terminaba al borde de la terraza. Barker y Wyatt revisaron los alrededores en busca de huellas sobre el césped pero no encontraron nada que indicara en qué dirección había huido, ni siquiera después de que James encendiera las luces exteriores. Sobre las baldosas había manchas de sangre aquí y allá, pero su rastro en la hierba se perdía a causa de la oscuridad reinante. Temerosos de entorpecer el rastro con sus propias pisadas, abandonaron la búsqueda y regresaron a las puertas de vidrio.
En el salón, tenía lugar un acalorado debate entre Monroe y Mark Ankerton. El abogado estaba recostado contra la puerta que daba al pasillo y ambos hombres blandían sus dedos índices como porras.
– No, lo siento, sargento. La capitana Smith ha dejado claro que no desea ir al hospital ni está preparada en este momento para responder a sus preguntas sobre el incidente ocurrido en la terraza del coronel Lockyer-Fox. Como abogado, insisto en que se respeten sus puntos de vista.
– Por Dios todopoderoso, hombre -protestaba Monroe-, su rostro está cubierto de sangre y es obvio que tiene un brazo roto. No quiero que demanden a la policía de Dorset porque me negué a pedir una ambulancia.
Mark no le hizo caso.
– Además, como abogado de Wolfie, le he advertido que no debe, bajo ninguna circunstancia, responder a ninguna pregunta hasta que se establezcan las normas correspondientes en cuanto al interrogatorio de menores, sobre todo en lo que respecta a la comprensión total del tema sobre el que le preguntan, la ausencia de presiones, un ambiente que no cause alarma y la presencia de un adulto al que conozca y en quien confíe.
– No me gusta el lenguaje que emplea, señor. Nadie ha hablado de un interrogatorio. Solamente deseo cerciorarme de que está bien.
Martin entró por las puertas de vidrio.
– ¿Qué ocurre aquí? -preguntó.
Monroe suspiró con enojo.
– La chica y el niño han desaparecido con el coronel y el señor Ankerton se niega a dejarme llamar una ambulancia o a permitirme acceder a ellos.
– Será por el niño -dijo Barker, cogiendo el teléfono del escritorio-. La policía le causa terror. Esa es la razón por la que salió huyendo cuando registrábamos el campamento. En tu lugar, lo dejaría en manos de ellos. No queremos que vuelva a desaparecer, y menos con su padre dando vueltas por ahí fuera. -Se volvió hacia Ankerton-. ¿Puedo usar el teléfono?
– Está desconectado. Si el señor Monroe acepta permanecer alejado de mis clientes, lo volveré a conectar.
Barker decidió seguirle el juego.
– Hazlo -ordenó a Monroe-, o serás tú quien tendrá que pagar el pato si ese cabrón termina metido en casa de alguien y toma rehenes. -Le tiró su móvil-. Si eso suena, responde. Será una mujer llamada Bella Preston. Y con respecto a usted, señor -le dijo a Mark, mientras el abogado, a cuatro patas, se dedicaba a conectar el enchufe del teléfono-, le sugiero que encierre al coronel y a sus clientes en un dormitorio hasta que yo le diga que hay vía libre. Temo que ese hombre regrese.
Debido a la oscuridad, a que el valle no estaba iluminado y a que había demasiados escondites naturales para justificar una llamada al helicóptero policial, se tomó la decisión de abandonar la búsqueda de Fox hasta el amanecer. Se bloquearon los caminos a ambos lados del valle de Shenstead y se dio la opción a los residentes del poblado y de las tres granjas exteriores para que permanecieran en sus casas o, si así lo deseaban, ser escoltados a alguna otra parte donde poder resguardarse temporalmente.
Los arrendatarios y sus familias eligieron quedarse en sus casas con las escopetas apuntando hacia la puerta de entrada. Los Woodgate y sus hijos se marcharon a casa de la madre de Stephen en Dorchester, mientras que los hijos gemelos del banquero y sus amiguitas, aburridas de las tareas domésticas, aceptaron con satisfacción pasar la noche en un hotel. Los dos inquilinos regresaron a Londres, no sin antes comunicar a la policía que presentarían demandas compensatorias. Era una desgracia. No habían ido a Dorset para ser aterrorizados por un maníaco.
A Prue Weldon le dio un soponcio y se negó a marcharse o a quedarse sola; se aferró a la mano de Martin Barker como una lapa mientras le rogaba que hiciera cuanto estuviera en sus manos por que su marido regresara a casa. El agente se anotó un tanto, al asegurar a Dick que la policía no contaba con el personal suficiente para proteger edificaciones vacías. Borracho como una cuba, Jack y Belinda lo llevaron a Shenstead. Ellos decidieron quedarse cuando Dick cargó su escopeta y disparó contra el guiso de pollo de Prue.
Sorprendentemente, los Bartlett fueron unánimes en su decisión de quedarse, insistiendo en que había muchas cosas de valor en su casa para dejarla desprotegida. Eleanor estaba convencida de que saquearían sus habitaciones -«Ese tipo de gente defeca en las alfombras y se orina en las paredes»- y Julian temía por su bodega: «Ahí abajo hay una fortuna en vinos». Les aconsejaron subir al piso de arriba, permanecer en una habitación y colocar una barricada tras la puerta, pero por la manera en que Julian comenzó a recorrer el pasillo parecía poco probable que siguieran el consejo.
Vera Dawson aceptó que la llevaran a la mansión junto al coronel y el señor Ankerton. Dijo a los dos policías que Bob estaba fuera, pescando, mientras succionaba y mascullaba al ponerse el abrigo antes de pasar el pestillo a la puerta de entrada. Le aseguraron que cuando regresara lo detendrían en alguno de los controles de carretera y lo llevarían a la mansión para que se reuniera con ella. Coqueteando, Vera les acarició las manos. Eso le encantaría a Bob, les dijo con una sonrisita de felicidad. Él se preocupaba por su esposa. Ella todavía estaba lúcida, por supuesto, pero su memoria ya no era tan buena como antes.
El problema de qué hacer con los nómadas era harina de otro costal. La actividad policial en torno al autocar de Fox fue intensa y los nómadas no eran proclives a quedarse quietos mientras registraban el vehículo. Los perros alsacianos ladraban continuamente y los niños escapaban una y otra vez de los brazos de sus padres. También hubo insistentes demandas de que les permitieran marcharse puesto que la única que sabía algo sobre Fox era Bella. Eso no impresionó a la policía, que decidió escoltarlos formando un convoy hasta las afueras de Dorchester, dejándolos en un lugar seguro donde poder interrogarlos al día siguiente.
Sin embargo, la decisión no fructificó. Uno de ellos se negó a esperar su turno y a seguir instrucciones, por lo que se quedó atascado en la entrada cuando su vehículo quedó atrapado en el terreno reblandecido. Furioso, Barker le ordenó que regresara junto a su familia al autocar de Bella; mientras tanto, intentó diseñar otra estrategia para salvaguardar a nueve adultos y catorce niños sin un vehículo lo bastante grande para sacarlos del valle.