Las fuerzas del mal
- Автор: Уолтерс Майнет
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las fuerzas del mal». Краткое содержание книги:
En tanto, en las tierras que lindan con la propiedad del coronel se instala un grupo de nómadas con el objetivo de asentarse por un tiempo indefinido. A la cabeza del movimiento se encuentra un siniestro personaje a quien todos conocen como Fox Evil, un individuo capaz de hundir aún más si cabe los ánimos del coronel. Sólo la providencial visita de su nieta, convertida por los avatares de la vida en una joven capitana del ejército inglés, le ayudará a encarar el avispero emocional en el que vive su agotado corazón.
– Él nunca nos la legaría. Becky dijo que todo iría a parar a manos del fruto del amor de Lizzie. -Bufido despectivo-. ¿Cómo está ella? Supongo que la habrá recuperado… ella dijo que usted lo haría.
Aquello cogió a Mark desprevenido.
– ¿Becky?
– Becky, por supuesto. ¿Cuántas ex tiene? A propósito, ella volvería gustosa con usted… y puede contarle que se lo dije yo. Es una zorra de dos caras -otra risa-, pero eso usted ya lo sabía. Y le convino. Toda esa porquería sobre la mandragora… me debe una.
Mark, pensativo, se pasó la mano por el mentón.
– No he visto a Becky desde que me dejó por usted. Y, para su información, me cortaría el cuello antes de recoger uno de sus desechos. No me interesan las cosas de segunda mano.
– ¡Que le follen!
– Y también para su información -prosiguió Mark-, si yo no la hubiera convencido, su madre no le hubiera dejado ni un maldito penique. ¿Qué tal si me da las gracias por las cincuenta mil libras?
– Primero me cortaría el cuello. Entonces, ¿dónde están los Monet?
Extraña pregunta.
– Donde siempre estuvieron.
– No, ahí no están.
– ¿Cómo lo sabe?
– No es asunto suyo. ¿Dónde están?
– A salvo -fue la sucinta respuesta de Mark-. Su madre no estaba convencida de que usted no lo volviera a intentar.
– Querrá decir que usted no confiaba en mí… A mamá no se le hubiera ocurrido. -Otra pausa-. ¿De veras no la ha visto? Dijo que le bastaría con doblar el meñique para que usted acudiera a la carrera.
– ¿Quién?
– Becky. Supuse que usted había sido tan idiota como para pagar sus deudas. De hecho, eso me ponía de muy buen humor. Me encantaba la idea de que lo desplumaran. Tiene un vicio crónico.
– ¿Qué vicio?
– Descúbralo usted mismo. Sobre la asignación de Lizzie, ¿papá habla en serio?
«¿Está negociando…?»
– Sí.
– ¿Cuánto?
– Quinientas mensuales.
– ¡Jesús! -dijo Leo disgustado-. Es una miseria. Ni un solo aumento en dos años. ¿No pudo presionar para que fueran mil?
– ¿Y qué le importa eso? No podrá poner un dedo sobre ese dinero.
– No pienso hacerlo.
«Sería la primera vez», pensó Mark con cinismo.
– Es mejor que nada. Si ya se ha gastado las cincuenta mil de su madre, eso al menos le garantiza cincuenta botellas de ginebra al mes… pero James no se lo dará a no ser que ella hable con él.
– ¿Y respecto a mí?
– Aún lo estoy negociando.
– Bien, no espere mi gratitud. Por lo que a mí respecta, el mejor sitio para usted es a dos metros bajo tierra.
– ¡Que le follen!
Esta vez la risa fue de diversión.
– Por el momento es mi única opción.
Mark sonrió de mala gana.
– Hábleme de eso -dijo con sequedad.
Hubo un segundo de entendimiento mutuo.
– Por alguna razón está presionando a papá -dijo Leo finalmente-. En circunstancias normales él hubiera colgado antes de darnos más dinero. ¿Qué pretende realmente con esta llamada?
– ¿Conoce a Eleanor Bartlett? Vive en la casa Shenstead.
No hubo respuesta.
– ¿Ha hablado con ella alguna vez? ¿Se la presentó usted a Elizabeth?
– ¿Por qué quiere saberlo?
Mark tiró mentalmente una moneda y optó por ser sincero. ¿Qué podía perder? Si Leo estaba involucrado, ya sabía de qué iba todo aquello. Si no lo estaba…
– Está acusando a James de incesto, dice que él es el padre de la hija de Lizzie y alega que fue ella quien le dio la información. Ha estado usando el teléfono para amenazarlo, un hecho que constituye un delito, y he aconsejado a James que acuda a la policía. Antes de hacerlo, queremos saber si Eleanor Bartlett dice la verdad al afirmar que oyó esa calumnia de labios de Lizzie.
En la voz de Leo había un deje burlón.
– ¿Y qué le hace pensar que es una calumnia?
– ¿Está usted diciendo que no lo es?
– Eso depende de lo que valga.
– Nada.
– Respuesta equivocada, amigo mío. A papá le preocupa su reputación. Reabra la negociación sobre esa base y descubra cuánto está dispuesto a pagar para protegerla.
Mark no replicó de inmediato.
– ¿Y su reputación, Leo? ¿Cuánto vale?
– No soy yo quien tiene un problema.
– Lo tendrá si transcribo esta conversación a la policía, por no mencionar las acusaciones que Becky hace contra usted.
– ¿Quiere decir esa basura de que yo la obligué a pedir dinero prestado? -dijo Leo, mordaz-. Eso hará aguas por todos lados. Está de deudas hasta el cuello, pero es por su propia voluntad. -Una pausa suspicaz-. Dijo que no había hablado con ella.
– Dije que no la había visto. La telefoneé hace media hora. Fue muy locuaz… nada elogioso, por cierto. Lo acusa a usted de maltrato… dice que le tiene miedo…
– ¿De qué demonios está hablando? -lo interrumpió Leo con ira-. Nunca le he puesto la mano encima a esa zorra.
Mark miró a James.
– Víctima equivocada. Inténtelo de nuevo.
– ¿Qué se supone que significa eso?
– Averigüelo usted mismo. Como creyó que si la acusación no iba contra usted era divertido, y hasta sugirió que podía ganar dinero con eso…
Hubo un largo silencio.
– ¿Quiere explicarme eso con palabras sencillas?
– En las actuales circunstancias, no aconsejaría hacer eso.
– ¿Papá está escuchando?
– Sí.
La línea se cortó de inmediato.
Nancy había recibido tres mensajes contradictorios en tres horas. Uno de James que le decía con voz preocupada que, a pesar de que se había sentido encantado de conocerla, no consideraba que fuera correcto en las circunstancias actuales que ella lo visitara. Un mensaje de texto de Mark diciendo que James mentía, seguido de otro donde mencionaba una emergencia. Cada intento de llamar al móvil de Mark había sido desviado al buzón de voz, y el abogado no había respondido a su mensaje.
Preocupada, había decidido no deshacer el equipaje y hacer el recorrido desde Bovington a Shenstead, de apenas quince minutos. Ahora se sentía como una idiota. ¿Qué circunstancias? ¿Qué emergencia? La mansión Shenstead estaba a oscuras y no hubo respuesta cuando tocó el timbre. Una luna intermitente iluminaba la fachada, pero no había señales de vida por ninguna parte. Miró a través de los paneles de vidrio de la biblioteca en busca de luz bajo la puerta cerrada que daba al pasillo, pero lo único que pudo ver fue su propio reflejo.
Se sintió incómoda. ¿Qué pensaría James si regresaba y la encontraba fisgando por las ventanas? Peor aún, ¿qué estaría pensando en caso de que la estuviera observando desde dentro, a oscuras? Cualesquiera que fueran las circunstancias a las que se había referido, nada había cambiado y su mensaje no podía ser más claro. No quería volver a verla. Recordó sus lágrimas matutinas y el bochorno que ella misma había sentido. No debía estar allí.
Regresó junto a su Discovery y se sentó tras el volante. Intentó convencerse a sí misma de que estaban en el pub -es lo que sus padres habrían hecho-, pero no lo logró. En esas circunstancias -¿eran ésas las circunstancias?-, consideraba que era imposible que los dos hombres hubieran abandonado la casa. Los mensajes de Mark. El carácter de James, dado a la reclusion. Su aislamiento. La proximidad de los nómadas. La trampa que habían puesto al perro de James. Algo iba mal.
Con un suspiro, tomó una linterna de la guantera y volvió a salir del coche. Lo iba a lamentar. Creía que los dos estaban en el salón, haciendo ver que estaban fuera; imaginaba ver una desagradable expresión de cortesía en sus rostros cuando ella se asomara por la ventana. Dio la vuelta a la casa y recorrió la terraza.