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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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Ya no era necesario discutir tácticas, políticas y comunicados de prensa. En cuanto se depositara el primer voto, todos los presentes tendrían que ocuparse de una nueva responsabilidad.

Un equipo de cuarenta personas se encargaría de la flota de vehículos, provistos con una lista de votantes que habían pedido que se los llevara hasta el colegio electoral más cercano: los ancianos, los enfermos, los perezosos e incluso aquellos que obtenían un placer perverso al verse llevados hasta las urnas por los voluntarios de un partido y votar por el otro.

Otro equipo, mucho más numeroso, lo formaban aquellos destinados a las baterías de teléfonos instalados en el cuartel general.

– Trabajarán en turnos de dos horas -explicó Harry-; dedicarán ese tiempo a llamar a nuestros partidarios para recordarles que hoy es día de elecciones y más tarde para confirmar que han ido a votar. A algunos habrá que llamarlos tres o cuatro veces antes de que cierren los colegios electorales a las ocho.

El siguiente grupo, al que Harry describió como los adorables aficionados, se encargaría de los locales donde se llevaría un control de los comicios en toda la circunscripción electoral. Llevarían una información actualizada al minuto de cómo iban las elecciones en sus distritos. Podían ser los responsables del seguimiento de grupos de apenas mil votantes o de otros que llegaban a los tres mil, según les correspondiera una zona urbana o rural.

– Son la espina dorsal del partido -le recordó Harry a Fletcher-. Desde el momento en que se deposita el primer voto, tendrán voluntarios en las puertas de los colegios electorales que irán marcando los nombres de los votantes que acuden. Cada media hora los mensajeros se encargarán de recoger las listas para llevarlas a los locales, donde tendrán el padrón electoral completo. Marcarán con una línea roja el nombre de los votantes republicanos, con una azul a los demócratas y amarilla para los que no han declarado el voto. Esto permitirá a los jefes de grupo saber en todo momento cómo se desarrollan las elecciones. Como muchos de los jefes han hecho ese mismo trabajo en varios comicios, podrán ofrecerte una comparación inmediata con las elecciones anteriores. Los detalles, una vez puestos en las pizarras, son transmitidos al cuartel general para evitar que los telefonistas vuelvan a llamar a los que ya han votado.

– Muy bien, todo está claro. ¿Qué se supone que debe hacer el candidato durante todo el día? -preguntó Fletcher, cuando Harry dio por acabada la reunión.

– Mantenerse apartado y no molestar. Por eso tienes tu propio programa. Visitarás los cuarenta y cuatro locales, porque todos esperan ver al candidato en algún momento del día. Jimmy, conocido como «el amigo del candidato», será tu chófer, porque desde luego no podemos permitir que ningún voluntario desperdicie su tiempo contigo.

Una vez acabada la reunión, todos se marcharon a la carrera para incorporarse a sus nuevas funciones. Entonces Jimmy le explicó a Fletcher lo que haría durante el resto del día; tenía mucha experiencia, porque ya había hecho lo mismo con su padre en los dos comicios anteriores.

– Primero las cosas a las que debes decir que no -dijo Jimmy cuando Fletcher se sentó en el asiento del acompañante-. Como visitaremos las cuarenta y cuatro casas que sirven de locales desde primera hora de la mañana hasta las ocho de la tarde cuando cierren los colegios electorales, todos te ofrecerán café; entre las once cuarenta y cinco y las dos y cuarto querrán que comas y a partir de las cinco y media te ofrecerán una copa. Siempre responderás con una cortés pero firme negativa a todas las invitaciones. Solo beberás agua en el coche y a las doce y media dispondremos de media hora para comer en el cuartel general, solo para que vean que ellos también tienen un candidato; no volverás a comer nada hasta que acabe la jornada electoral.

Fletcher creyó que se aburriría, pero en cada visita se encontraba con un nuevo grupo de personajes y nuevas cifras. Durante la primera hora, las hojas solo mostraban unos pocos nombres tachados y los jefes de grupo no tuvieron dificultades para explicarle la participación comparada con los comicios anteriores. Fletcher se sintió más animado al ver que antes de las diez de la mañana aparecían numerosas líneas azules, hasta que Jimmy le advirtió que entre las siete y las nueve los demócratas recibían más votos porque los trabajadores de la industria y de los turnos de noche votaban antes de empezar a trabajar o cuando salían del trabajo.

– Entre las diez y las cuatro, los republicanos se pondrán por delante -añadió Jimmy-, mientras que a partir de las cinco y hasta el cierre de los colegios es siempre la franja horaria en que los demócratas comienzan a recuperarse. Así que reza para que llueva entre las diez y las cinco y que luego haga buen tiempo.

Alrededor de las once, los jefes de grupo informaron de que la participación era un poco más baja que en las pasadas elecciones, en las que votó un cincuenta y cinco por ciento de la población.

– Si está por debajo del cincuenta por ciento, perdemos; si es más del cincuenta ya estamos dentro -explicó Jimmy-. Si se supera el cincuenta y cinco, ganaremos de calle.

– ¿Por qué? -le preguntó Fletcher.

– Porque los republicanos acuden a votar llueva o haga sol, así que siempre se benefician si la participación es baja. Conseguir que nuestra gente vote siempre ha sido el gran problema de los demócratas.

Jimmy no se apartó ni un milímetro del programa. Antes de llegar a una casa le entregaba a Fletcher una hoja con los datos esenciales de la familia que se ocupaba de la zona. Fletcher se aprendía los puntos más importantes antes de que le abrieran.

– Hola, Dick -decía cuando se abría la puerta-. Es muy amable de tu parte permitir que utilicemos tu casa una vez más, porque por supuesto estas son tus cuartas elecciones. -Escuchaba la respuesta-. ¿Cómo está Ben? ¿Continúa estudiando? -Escuchaba la respuesta-. Lamento lo de Buster; sí, el senador Gates me lo comentó. -Escuchaba la respuesta-. Pero ahora tienes otro perro, Buster Jr., ¿no?

Jimmy también tenía su propia tarea. Después de unos diez minutos, susurraba: «Creo que ya es hora de marcharnos». A las doce, comenzó a mostrarse ansioso y omitió el «creo»; a las dos ya estaba desesperado. Después de estrechar las manos de todos y despedirse, siempre tardaban un par de minutos en abandonar la casa. A pesar de los intentos de Jimmy, llegaron al cuartel general veinte minutos después de la hora prevista para la comida.

Fletcher ya no tenía tiempo para sentarse a comer, así que cogió un bocadillo de una mesa donde había una gran variedad de viandas y se lo comió mientras iba con Annie de despacho en despacho para estrechar las manos del mayor número posible de voluntarios.

– Hola, Martha, ¿dónde está Harry? -le preguntó Fletcher a su suegra cuando entró en la sala de los teléfonos.

– En la puerta del Senado, dedicado a hacer lo que es lo suyo. Estrechar manos, dar opiniones y asegurarse de que la gente no se olvide de votar. Llegará en cualquier momento.

Media hora más tarde, Fletcher se cruzó con Harry en el pasillo cuando iba hacia la salida, porque Jimmy había insistido en que si querían visitar todas las casas, no podían salir más tarde de la una y diez.

– Buenos días, senador.

– Buenas tardes, Fletcher, me alegra ver que has encontrado tiempo para comer.

En la primera casa que visitaron después de comer las listas mostraban que los republicanos habían conseguido una pequeña ventaja que se fue consolidando en el transcurso de la tarde. A las cinco, aún le quedaban quince jefes de grupo por visitar.

– Si te saltas alguno -le dijo Jimmy-, se quejará hasta el hartazgo y puedes estar seguro de que no podrás contar con él en las próximas elecciones.

A las seis de la tarde los republicanos estaban por delante y Fletcher procuró no demostrar que se sentía un tanto deprimido. Jimmy le recomendó que se tranquilizara y le prometió que las cosas cambiarían en un par de horas; no hizo mención alguna de que a esas horas, su padre siempre tenía ventaja y por tanto ya sabía que era el ganador. Fletcher envidió a los que ya estaban ocupando los asientos en la sala donde se realizaría el escrutinio.

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