Juego Del Destino
- Автор: Арчер Джеффри
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:
– ¿Cómo puedo solucionar el tema a estas alturas? -le preguntó Tom.
– Todavía tiene usted tiempo hasta las cinco de la tarde para entregar el cheque firmado por el titular. Si no lo hace, la propiedad le será ofrecida al siguiente postor por tres millones y medio y el consejo le reclamará a usted que abone la diferencia de cien mil dólares.
Tom se apresuró a reunirse con Julia.
– ¿Tienes aquí tu talonario de cheques?
– No -respondió la joven-. Me dijiste que el banco cubriría el pago completo hasta que hiciera la transferencia de fondos el lunes por la mañana.
– Sí, tienes razón. -Tom pensó en una solución-. Creo que se me ha ocurrido algo. Tendremos que ir ahora mismo al banco. -Consultó su reloj; eran casi las cuatro-. Maldita sea -exclamó, consciente de que si Nat no hubiese estado de vacaciones, seguramente habría leído a fondo las condiciones y se hubiera anticipado a las consecuencias.
En el corto trayecto a pie desde el ayuntamiento al banco, Tom le explicó a Julia lo expuesto por el señor Cooke.
– ¿Eso significa que he perdido el solar, por no hablar de los cien mil dólares?
– No, ya se me ha ocurrido una manera de solucionar el asunto, pero necesitaré tu conformidad.
– Si con eso consigo ser la propietaria del solar, haré todo lo que me recomiendes.
En cuanto entraron en el banco, Tom fue directamente a su oficina, cogió el teléfono y le pidió al apoderado que acudiera a su despacho. Mientras esperaba la llegada de Ray Jackson, cogió un talonario y comenzó a rellenarlo con los tres millones seiscientos mil dólares. Llamaron a la puerta y entró el apoderado.
– Ray, quiero que transfieras tres millones cien mil dólares a la cuenta de la señora Kirkbridge.
El apoderado vaciló un momento.
– Necesitaré una autorización antes de transferir esa suma -manifestó-. Está por encima de mi límite.
– Sí, desde luego -respondió el presidente.
Tom cogió el formulario de uno de los cajones de su mesa y rellenó rápidamente las casillas correspondientes. El joven banquero no hizo ningún comentario referente a que se trataba del pago más grande que había autorizado. Le entregó el formulario al apoderado, quien lo leyó con mucha atención. Por un momento pareció como si quisiera protestar por la decisión del presidente, pero después se lo pensó mejor.
– Inmediatamente -repitió Tom.
– Sí, señor -contestó el apoderado y salió sin perder ni un segundo.
– ¿Estás seguro de que es sensato? -le preguntó Julia-. ¿No estás corriendo un riesgo innecesario?
– Tenemos la propiedad y tus quinientos mil dólares, así que está todo controlado. Como diría Nat, es apostar sobre seguro. -Le ofreció el talonario y le pidió a Julia que lo firmara y que escribiera debajo de la firma el nombre de su empresa. Después de comprobar que estaba todo en orden, añadió-: Ahora solo nos queda regresar al ayuntamiento cuanto antes.
Tom intentó mantener la calma mientras esquivaba los coches cuando cruzó la calle antes de subir a la carrera las escalinatas del ayuntamiento. Tuvo que demorarse un par de veces para esperar a Julia, quien le explicó que no era sencillo seguirle calzada con tacones altos. En cuanto entraron en el edificio, Tom se tranquilizó al ver que el señor Cooke continuaba sentado en su mesa al final del vestíbulo. El jefe ejecutivo se levantó al ver que se acercaba la pareja.
– Entrégale el cheque a ese hombre delgado y calvo -le dijo Tom a Julia-, y sonríe.
Julia siguió las indicaciones de Tom al pie de la letra y recibió a cambio una cálida sonrisa. El señor Cooke leyó el cheque atentamente.
– Parece estar todo en orden, señora Kirkbridge. Ahora necesito que me enseñe algún documento que demuestre su identidad.
– Por supuesto. -Julia abrió el bolso y sacó el carnet de conducir.
El señor Cooke miró la foto y la firma.
– No es una foto que le haga justicia -comentó. Julia sonrió-. Bien, solo nos queda el trámite de firmar los documentos en nombre de su empresa.
Julia firmó los documentos por triplicado y le entregó una de las copias a Tom.
– Lo más conveniente es que te la quedes hasta que hayan hecho la transferencia el lunes por la mañana -comentó en voz baja.
El señor Cooke consultó su reloj.
– Ingresaré el cheque a primera hora del lunes, señor Russell -dijo-, y le agradecería que lo abonasen cuanto antes. No quiero darle a la señora Hunter más municiones de las necesarias a solo unos días de las elecciones.
– Lo abonarán en cuanto se ingrese -le aseguró Tom.
– Muchas gracias, señor -le respondió el señor Cooke al hombre con quien jugaba un partido de golf todas las semanas en el campo local.
Tom se moría de ganas de abrazar a Julia, pero se contuvo.
– Tengo que ir al banco para comunicarles que todo ha ido bien; luego nos iremos a casa.
– ¿Es necesario que vayas? -protestó Julia-. Después de todo, no ingresarán el cheque hasta el lunes por la mañana.
– Supongo que tienes razón -admitió Tom.
– Maldita sea -exclamó Julia, y se agachó para quitarse un zapato-. Se me ha roto el tacón con las prisas por subir las escalinatas.
– Lo siento, ha sido culpa mía. No tendría que haberte hecho correr desde el banco. Al final teníamos tiempo más que suficiente.
– No tendrá la menor importancia -comentó Julia, con una sonrisa-, si puedes ir a buscar el coche. Te esperaré en la acera.
– Sí, por supuesto.
Tom bajó rápidamente las escalinatas y cruzó la calle para ir al aparcamiento.
Minutos más tarde detuvo el coche delante del ayuntamiento, pero Julia había desaparecido de la vista. ¿Había vuelto a entrar? Esperó un poco más sin ningún resultado. Maldijo por lo bajo mientras se apeaba del coche mal aparcado y subía de nuevo las escalinatas. Descubrió a Julia en una de las cabinas de teléfono. La muchacha colgó en cuanto le vio aparecer.
– Estaba hablando con Nueva York para informarles del éxito de la operación, cariño. Llamarán a nuestro banco antes de la hora de cierre para que transfieran los tres millones cien mil dólares.
– Una excelente noticia -dijo Tom. Fueron hacia el coche-. ¿Cenamos en la ciudad?
– No, prefiero que vayamos a tu casa y cenemos en la más estricta intimidad -respondió Julia.
Tom no había acabado de aparcar el coche en el camino de entrada, cuando Julia ya se había quitado el abrigo; mientras se dirigían al dormitorio en la segunda planta, la joven fue dejando un rastro de prendas a su estela. Tom estaba en calzoncillos y Julia le quitaba los calcetines cuando sonó el teléfono.
– No atiendas -le pidió Julia mientras se ponía de rodillas y le bajaba los calzoncillos.
– No contesta -dijo Nat-. Seguramente habrá salido a cenar.
– ¿No puedes esperar a que regresemos el lunes? -preguntó Su Ling.
– Supongo que sí -admitió Nat a regañadientes-. Me hubiese gustado saber si Tom consiguió cerrar la operación de Cedar Wood, y si es así, a qué precio.
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igualados, decía el titular del Washington Post la mañana de las elecciones, empate era la opinión del Hartford Courant. El primero se refería a la lucha entre Ford y Carter por la Casa Blanca; el segundo, a la batalla local entre Hunter y Davenport por un escaño en el Senado del estado. A Fletcher le molestaba que siempre pusieran el nombre de ella primero como si fuese un partido entre Harvard y Yale.
– Lo único que importa ahora -señaló Harry mientras presidía la última reunión de la campaña a las seis de la mañana- es llevar a nuestros partidarios a los colegios electorales.