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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– Desde luego. Sin embargo, no acierto a ver qué puedo hacer yo para abreviar aquí las hostilidades.

– Me inclino a creer, por lo que me han informado, y tras largas reflexiones estoy convencido de ello, que lo mejor y más rápido para el futuro de Numidia y lo más positivo para Roma es eliminar al rey Yugurta -dijo el procónsul.

Bomílcar miró pensativo a Metelo. Sabia muy bien que no era como Cayo Mario ni como Rutilio Rufo. No, era más altanero, mucho más consciente de su posición, pero no tan competente ni imparcial. Como para todos los romanos, Roma era lo que contaba para él, pero el concepto de Roma que alentaba Cecilio Metelo era muy distinto al de Cayo Mario. Lo que no acababa de entender Bomílcar era la diferencia entre el Metelo de sus días en Roma y el Metelo que gobernaba la provincia de Africa, pues, aunque sabía lo de las cartas, no parecía apreciar su importancia.

– Es cierto que Yugurta es el crisol de la resistencia de Numidia ante Roma -dijo Bomílcar-. Sin embargo, quizá no conozcáis la impopularidad de Gauda; los númidas nunca consentirán que él sea su rey, legitimo o no.

Al oír el nombre de Gauda, un gesto de disgusto cruzó el rostro de Metelo.

– ¡Bah! -exclamó, con un gesto de desprecio-. ¡Un desastre como hombre, y no digamos en caso de ser rey! -Clavó sus sagaces ojos marrones en el duro rostro de Bomílcar-. Si algo le sucediera al rey Yugurta, yo… y Roma, naturalmente, consideraríamos más adecuado que ocupase el trono de Numidia un hombre cuyo sentido común y experiencia le hagan comprender que sirve mejor a los intereses del país manteniéndolo como reino aliado de Roma.

– Estoy de acuerdo. Creo que así es como mejor se sirven los intereses de Numidia -Bomílcar hizo una pausa y se humedeció los labios-. ¿Me consideraríais como posible rey de Numidia, Quinto Cecilio?

– ¡Por supuesto! -contestó Metelo.

– ¡Bien! En ese caso colaboraré complacido en la eliminación de Yugurta.

– Pronto, espero -añadió Metelo, sonriendo.

– Tan pronto como sea posible. Queda descartado un intento de asesinato. Yugurta anda con mucho cuidado. Además, cuenta con la absoluta lealtad de su guardia personal. Y tampoco creo que tuviera éxito un golpe de estado, porque la mayor parte de la nobleza está satisfecha con el gobierno de Yugurta y su actuación en la guerra. Si Gauda fuese una alternativa más atractiva, sería distinto. Yo… -añadió con una mueca- no tengo sangre de Masinisa, lo que significa que necesitaré el apoyo de Roma para poder ascender al trono…

– Entonces, ¿qué es lo que hay que hacer? -inquirió Metelo.

– Creo que la única solución está en llevar a Yugurta a una situación que le haga caer en manos de una fuerza romana. No me refiero a una batalla, sino a una emboscada. Luego podéis matarle allí mismo, o llevarle prisionero y hacer después lo que queráis -dijo Bomílcar.

– Muy bien, barón Bomílcar. Espero que me aviséis con tiempo suficiente para organizar la emboscada.

– Por supuesto. Las incursiones fronterizas constituyen la circunstancia ideal. Yugurta piensa lanzar varias en cuanto el terreno esté lo bastante seco. Pero os advierto, Quinto Cecilio, que quizá fracaséis varias veces antes de poder capturar a alguien tan astuto como Yugurta. Al fin y al cabo no puedo arriesgar mi vida, pues no sería de utilidad a Roma si muriese. Perded cuidado, finalmente lograré hacerle ir hacia una buena celada. Ni el propio Yugurta puede tentar tanto a la suerte.

En términos generales, Yugurta estaba satisfecho con el desarrollo de los acontecimientos. Aunque había sufrido duros golpes por las incursiones de Mario en las zonas más habitadas de su reino, sabía perfectamente que la gran extensión de Numidia era su mejor ventaja y protección. Y las regiones habitadas, a diferencia de lo habitual en otras naciones, al rey le importaban menos que las regiones salvajes. La mayor parte de sus tropas, incluida la caballería ligera, famosa en el mundo entero, la reclutaba entre los pueblos seminómadas del interior del país e incluso en sus confines más remotos, allá donde el paciente Atlas sostenía el cielo sobre sus hombros. Eran los pueblos gétulo y garamante. La propia madre de Yugurta era de una tribu de Getulia.

Tras la rendición de Vaga, el rey se guardó mucho de no acumular dinero o tesoros en ninguna ciudad situada sobre la línea de avance del ejército romano, trasladándolo todo a ciudades como Zama y Capsa, remotas, difíciles a la infiltración, edificadas a modo de fortalezas en picos inexpugnables… y rodeadas de fanáticos y leales gétulos. Y Vaga, al final, no había sido una victoria romana. Una vez más, Yugurta había comprado a un romano: Turpilio, comandante de la guarnición y amigo de Metelo. ¡Ja!

No obstante, algo había cambiado. Conforme las lluvias invernales fueron cediendo, Yugurta lo percibió cada vez con mayor claridad. La dificultad estribaba en que no acertaba a dilucidar qué es lo que había cambiado. Su corte estaba continuamente en movimiento por las fortalezas en que tenía repartidas sus esposas y concubinas para tener asegurados por doquier rostros y brazos amorosos. Pero algo sucedía. No era con sus órdenes, ni con sus ejércitos, las líneas de aprovisionamiento ni la lealtad de las innumerables ciudades, distritos y tribus. Lo que él barruntaba era algo más que un tufo, una crispación, una comezón premonitoria de peligro en algo allegado. Aunque en ningún momento relacionó esa premonición con su negativa a nombrar regente a Bomílcar.

– Procede de la corte -comentó a Bomílcar mientras cabalgaban entre Capsa y Cirta a finales de marzo, a la cabeza de una nutrida columna de caballería e infantería.

Bomílcar volvió la cabeza y miró directamente a los ojos gris claro de su hermanastro.

– ¿De la corte?

– Algo se está tramando, hermano. Urdido y manejado por esa sabandija de mierda de Gauda, me apostaría algo -añadió Yugurta.

– ¿Te refieres a una revuelta palaciega?

– No estoy muy seguro. Sé que algo anda mal. Lo presiento.

– ¿Un atentado?

– Quizá. ¡De verdad que no lo sé, Bomílcar! Miro en doce direcciones distintas y tengo los oídos como si girasen como una veleta de tanta atención, pero sólo mi nariz ha detectado algo raro. ¿Y tú? ¿No has notado nada? -inquirió, totalmente confiado en el afecto y lealtad de Bomílcar.

– Pues yo no he notado nada -respondió éste.

Tres veces consiguió Bomílcar que el incauto Yugurta se encaminase a una emboscada y tres veces logró Yugurta escapar indemne, sin sospechar de su hermanastro.

– Cada vez son más listos comentó Yugurta después del fallo de la tercera emboscada romana-. Esto es obra de Cayo Mario o de Rutilio Rufo, no de Metelo -masculló-. Tengo un espía entre los míos, Bomílcar.

– Cabe la posibilidad -replicó éste, con la mayor serenidad posible-. Pero ¿quién podría osar?

– No lo sé -respondió Yugurta con cara de pocos amigos-, pero ten la seguridad de que tarde o temprano lo descubriré.

A finales de abril, Metelo invadía Numidia, persuadido por Rutilio Rufo de contentarse en la primera fase con un objetivo menos importante que la conquista de Cirta, la capital; por lo que las tropas romanas se dirigieron a Tala. Llegó un mensaje de Bomílcar, que había atraído al propio Yugurta hacia Tala, y Metelo intentó capturarle; pero no tenía dotes para caer sobre Tala con la rapidez y decisión que requería; Yugurta escapó y el ataque se convirtió en asedio. Un mes después caía Tala y, para gran satisfacción de Metelo, pudieron apoderarse de un gran tesoro que Yugurta había llevado consigo y que se vio obligado a abandonar en la huida.

Transcurrió mayo y, al llegar junio, Metelo marchó sobre Cirta, en donde recibió otra agradable sorpresa al rendirse la capital sin lucha, con su importante contingente de mercaderes itálicos y romanos de gran ascendiente pro romano en la política de la ciudad. Además, Cirta detestaba a Yugurta, del mismo modo que éste detestaba a Cirta.

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