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Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:

La guerra del fin del mundo
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—La ha leído él —dijo el caboclo—. Usted y su familia pueden irse. El Cortapescuezos ha estado aquí y se ha llevado pisteros, reses. Calumbí está maldita, se ha pasado al Can. —No permitiré que arrases la hacienda —dijo el Barón—. No sólo por mí. Sino por los centenares de personas para las que esta tierra representa la supervivencia. —El Buen Jesús se ocupará de ellas mejor que usted —dijo Pajeú. Era evidente que no quería ser ofensivo; hablaba esforzándose por mostrarse respetuoso; parecía desconcertado por la incapacidad del Barón para aceptar las verdades más obvias—. Cuando usted parta, todos se irán a Belo Monte.

—Para entonces, Moreira César lo habrá desaparecido —dijo el Barón—. ¿No comprendes que las escopetas y las facas no pueden resistir a un Ejército? No, nunca comprendería. Era tan vano tratar de razonar con él, como con Moreira César o con Gall. El Barón tuvo un estremecimiento; era como si el mundo hubiera perdido la razón y sólo creencias ciegas, irracionales, gobernaran la vida.

—¿Para esto se les ha mandado comida, animales, cargamentos de granos? —dijo—. El compromiso de Antonio Vilanova era que ustedes no tocarían Calumbí ni molestarían a mi gente. ¿Así cumple su palabra el Consejero? —Él tiene que obedecer al Padre —explicó Pajeú.

—O sea que es Dios quien ha ordenado que quemes mi casa —murmuró el Barón. —El Padre —corrigió el caboclo, con viveza, como para evitar un gravísimo malentendido—. El Consejero no quiere que se le haga daño a usted ni a su familia. Pueden irse todos los que quieran.

—Muy amable de tu parte —replicó el Barón, con sarcasmo—. No dejaré que quemes esta casa. No me iré.

Una sombra veló los ojos del caboclo y la cicatriz de su cara se crispó. —Si usted no se va, tendré que atacar y matar a gente que puede salvarse —explicó, con pesadumbre—. Matarlos a usted y a su familia. No quiero que esas muertes caigan sobre mi alma. Además, casi no habría pelea. —Señaló con la mano, atrás —: Pregúntele a Aristarco.

Esperó, implorando con la mirada una respuesta tranquilizadora. —¿Puedes darme una semana? —murmuró al fin el Barón—. No puedo partir… —Un día —lo interrumpió Pajeú—. Puede llevarse lo que quiera. No puedo esperar más. El Perro está yendo a Belo Monte y tengo que estar allá, yo también. —Se puso el sombrero, dio media vuelta y, de espaldas, a modo de despedida, añadió al cruzar el umbral seguido por Aristarco —: Alabado sea el Buen Jesús.

El Barón advirtió que se le había apagado el tabaco. Arrojó la ceniza, lo encendió y mientras daba una bocanada, calculó que no tenía posibilidad alguna de pedir ayuda a Moreira César antes de que se cumpliera el plazo. Entonces, con fatalismo —él también era, a fin de cuentas, un sertanero — se preguntó cómo tomaría Estela la destrucción de esta casa y esta tierra tan ligada a sus vidas.

Media hora después estaba en el comedor, con Estela a su derecha y Galileo Gall a su izquierda, sentados los tres en las sillas «austríacas» de altos espaldares. Todavía no oscurecía, pero los criados habían encendido las lámparas. El Barón observó a Galclass="underline" se llevaba las cucharadas a la boca con desgano y tenía la expresión atormentada de costumbre. Le había dicho que, si quería estirar las piernas, podía salir al exterior, pero Gall, salvo los momentos que pasaba conversando con él, permanecía en su cuarto —el mismo que había ocupado Moreira César — escribiendo. El Barón le había pedido un testimonio de todo lo que había ocurrido desde su entrevista con Epaminondas Gonce.

«¿A cambio de eso recuperaré la libertad?», le había preguntado Gall. El Barón negó con la cabeza: «Usted es la mejor arma que tengo contra mis enemigos». El revolucionario había permanecido mudo y el Barón dudaba que estuviera escribiendo esa confesión. ¿Qué era entonces lo que podía garabatear, día y noche? Sintió curiosidad, en medio de su desazón.

—¿Un idealista? —lo sorprendió la voz de Gall—. ¿Un hombre del que se dicen tantas atrocidades?

Comprendió que el escocés, sin prevenirlo, retomaba la conversación de su despacho. —¿Le parece raro que el Coronel sea un idealista? —repuso, en inglés—. Lo es, sin duda alguna. No le interesan el dinero, ni los honores y acaso ni siquiera el poder para él. Lo mueven cosas abstractas: un nacionalismo enfermizo, la idolatría del progreso técnico, la creencia de que sólo el Ejército puede poner orden y salvar a este país del caos y de la corrupción. Un idealista a la manera de Robespierre…

Calló, mientras un sirviente recogía los platos. Jugueteó con la servilleta, distraído, pensando que la noche próxima todo lo que lo rodeaba sería escombros y cenizas. Deseó un instante que ocurriera un milagro, que el Ejército de su enemigo Moreira César se presentara en Calumbí e impidiera ese crimen.

—Como ocurre con muchos idealistas, es implacable cuando quiere materializar sus sueños —añadió, sin que su cara trasluciera lo que sentía. Su esposa y Gall lo miraban— . ¿Sabe usted qué hizo en la Fortaleza de Anhato Miram, cuando la revuelta federalista contra el Mariscal Floriano? Ejecutar a ciento ochenta y cinco personas. Se habían rendido, pero no le importó. Quería un escarmiento.

—Las degolló —dijo la Baronesa. Hablaba el inglés sin la desenvoltura del Barón, despacio, pronunciando con temor cada sílaba—. ¿Sabe cómo le dicen los campesinos? Cortapescuezos.

El Barón soltó una risita; miraba, sin verlo, el plato que acababan de servirle. —Imagine lo que va a ocurrir cuando ese idealista tenga a su merced a los insurrectos monárquicos y anglofilos de Canudos —dijo, en tono lúgubre—. Él sabe que no son ni lo uno ni lo otro, pero es útil para la causa jacobina que lo sean, así que da lo mismo. ¿Por qué hace eso? Por el bien del Brasil, naturalmente. Y cree con toda su alma que es así. Tragó con dificultad y pensó en las llamas que arrasarían Calumbí. Las vio devorándolo todo, las sintió crepitando.

—A esos pobres diablos de Canudos los conozco bien —dijo, sintiendo las manos húmedas—. Son ignorantes, supersticiosos, y un charlatán puede hacerles creer que ha llegado el fin del mundo. Pero son también gente valerosa, sufrida, con un instinto certero de la dignidad. ¿No es absurdo? Van a ser sacrificados por monárquicos y anglofilos, ellos que confunden al Emperador Pedro II con uno de los apóstoles, que no tienen idea dónde está Inglaterra y que esperan que el Rey Don Sebastián salga del fondo del mar a defenderlos.

Volvió a llevarse el tenedor a la boca y tragó un bocado que le supo a hollín. —Moreira César decía que hay que desconfiar de los intelectuales —añadió—. Más aún de los idealistas, señor Gall.

La voz de éste llegó a sus oídos como si le hablara desde muy lejos: —Déjeme partir a Canudos. —Tenía la expresión encandilada, los ojos brillantes y parecía conmovido hasta el tuétano —: Quiero morir por lo mejor que hay en mí, por lo que creo, por lo que he luchado. No quiero acabar como un estúpido. Esos pobres diablos representan lo más digno de esta tierra, el sufrimiento que se rebela. A pesar del abismo que nos separa, usted puede entenderme.

La Baronesa, con un gesto, indicó al sirviente que recogiera los platos y saliera. —No le sirvo de nada —añadió Gall—. Soy ingenuo, tal vez, pero no fanfarrón. Esto no es un chantaje sino un hecho. De nada le valdrá entregarme a las autoridades, al Ejército. No diré palabra. Y, si hace falta, mentiré, juraré que he sido pagado por usted para acusar a Epaminondas Gonce de algo que no hizo. Porque aunque él sea una rata y usted un caballero, preteriré siempre a un jacobino que a un monárquico. Somos enemigos, Barón, no lo olvide. La Baronesa intentó ponerse de pie.

—No es necesario que te vayas —la contuvo el Barón. Escuchaba a Gall pero sólo podía

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