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Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:

La guerra del fin del mundo
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pensar en el fuego que abrasaría Calumbí. ¿Cómo se lo diría a Estela? —Déjeme partir a Canudos —repitió Gall.

—Pero ¿para qué? —exclamó la Baronesa—. Los yagunzos lo matarán, creyéndolo enemigo. ¿No dice usted que es ateo, anarquista? ¿Qué tiene que ver con Canudos? —Los yagunzos y yo coincidimos en muchas cosas, señora, aunque ellos no lo sepan — dijo Gall. Hizo una pausa y preguntó —: ¿Podré partir? El Barón, casi sin darse cuenta, le habló a su esposa, en portugués:

—Tenemos que irnos, Estela. Van a quemar Calumbí. No hay otro remedio. No tengo hombres para resistir y no vale la pena suicidarse. Vio que su esposa se quedaba inmóvil, que palidecía mucho, que se mordía los labios. Pensó que se iba a desmayar. Se volvió a Gall —: Como ve, Estela y yo tenemos algo grave que tratar. Iré a su cuarto, más tarde. Gall se retiró de inmediato. Los dueños de casa quedaron en silencio. La Baronesa esperaba, sin abrir la boca. El Barón le contó su conversación con Pajeú. Notó que ella hacía esfuerzos por parecerle serena, pero apenas lo conseguía: estaba demacrada, temblando. Siempre la había querido mucho, pero, en los momentos de crisis, además, la había admirado. Jamás la vio flaquear; tras esa apariencia delicada, grácil, decorativa, había un ser fuerte. Pensó que también esta vez ella sería su mejor defensa contra la adversidad. Le explicó que no podrían llevarse casi nada, que debían guardar en baúles lo más valioso y enterrarlos y que, lo demás, era mejor distribuirlo entre los criados y peones.

—¿No hay nada que hacer? —susurró la Baronesa, como si algún enemigo fuera a oírla. El Barón movió la cabeza: nada.

En realidad, no quieren hacernos daño a nosotros, sino matar al diablo y que la

tierra descanse. No se puede razonar con ellos. —Encogió los hombros y, como sintió que empezaba a conmoverse, puso fin al diálogo —: Partiremos mañana a mediodía. Es el plazo que me han dado.

La Baronesa asintió. Sus facciones se habían afilado, había pliegues en su frente y le chocaban los dientes.

—Entonces, habrá que trabajar toda la noche —dijo, levantándose. El Barón la vio alejarse y supo que, antes que nada, había ido a contárselo a Sebastiana. Mandó llamar a Aristarco y discutió con él los preparativos del viaje. Luego, se encerró en su despacho y durante mucho rato rompió cuadernos, papeles, cartas. Lo que llevaría consigo cabía en dos maletines. Cuando iba al cuarto de Gall comprobó que Estela y Sebastiana se habían puesto en acción. La casa era presa de una actividad febril y criadas y sirvientes circulaban de un lado a otro, acarreando cosas, descolgando objetos, llenando canastas, cajas, baúles y cuchicheando con caras de pánico. Entró sin llamar. Gall estaba escribiendo, en el velador, y al sentirlo, con la pluma todavía en la mano, lo interrogó con los ojos.

—Sé que es una locura dejarlo partir —dijo el Barón, con una media sonrisa que era en realidad una mueca—. Lo que tendría que hacer es pasearlo por Salvador, por Río, como se hizo con sus pelos, con el falso cadáver, con los falsos fusiles ingleses… Dejó la frase sin terminar, ganado por el desánimo.

—No se equivoque —dijo Galileo. Estaba muy cerca del Barón y sus rodillas se tocaban—. No voy a ayudarlo a resolver sus problemas, no seré nunca su colaborador. Estamos en guerra y todas las armas valen.

Hablaba sin agresividad y el Barón lo veía lejos: pequeñito, pintoresco, inofensivo, absurdo.

—Todas las armas valen —murmuró—. Es la definición de esta época, del siglo veinte que se viene, señor Gall. No me extraña que esos locos piensen que el fin del mundo ha llegado.

Veía tanta angustia en la cara del escocés que, súbitamente, sintió compasión por él. Pensó: «Todo lo que anhela es ir a morir como un perro entre gentes que no lo entienden y a las que no entiende. Cree que va a morir como un héroe y en realidad va a morir como lo que teme: como un idiota». El mundo entero le pareció víctima de un malentendido sin remedio.

—Puede usted partir —le dijo—. Le daré un guía. Aunque dudo que llegue a Canudos. Vio que la cara de Gall se encendía y le oyó balbucear un agradecimiento.

—No sé por qué lo dejo ir —añadió—. Tengo fascinación por los idealistas, aunque simpatía no, ninguna. Pero tal vez sí, algo, por usted, pues es un hombre perdido sin remedio y su fin será resultado de una equivocación.

Pero se dio cuenta que Gall no lo oía. Estaba recogiendo las páginas escritas del velador. Se las alcanzó:

—Es un resumen de lo que soy, de lo que pienso. —Su mirada, sus manos, su piel parecían en efervescencia—. Quizá no sea usted la persona más indicada para que le deje esto, pero no hay otra a mano. Léalo y, después, le agradecería que lo enviara a esa dirección, en Lyon. Es una revista, la publican unos amigos. No sé si sigue saliendo… — Calló, como avergonzado de algo—. ¿A qué hora puedo partir?

—Ahora mismo —dijo el Barón—. No necesito advertirle a lo que se arriesga, supongo. Lo más probable es que caiga en manos del Ejército. Y el Coronel lo matará de todos modos.

—No se mata a los muertos, señor, como usted dijo —repuso Gall—. Recuerde que ya me mataron en Ipupiará…

V

El grupo de hombres avanza por la extensión arenosa, los ojos clavados en el matorral. En las caras hay esperanza, pero no en la del periodista miope, quien, desde que salieron del campamento, piensa: «Será inútil». No ha dicho palabra que delate ese derrotismo con el que lucha desde que se racionó el agua. La poca comida no es problema para él, eterno inapetente. En cambio, soporta mal la sed. A cada rato, se descubre contando el tiempo que falta para tomar el sorbo de agua, según el rígido horario que se ha puesto. Tal vez por eso acompaña a la patrulla del Capitán Olimpio de Castro. Lo sensato sería aprovechar estas horas en el campamento, descansando. Esta correría, a él, tan mal jinete, lo fatigará y, por supuesto, aumentará su sed. Pero no, allá en el campamento la angustia haría presa de él, lo llenaría de suposiciones lúgubres. Aquí, por lo menos, está obligado a concentrarse en el esfuerzo que significa para él no caerse de la montura. Sabe que sus anteojos, sus ropas, su cuerpo, su tablero, su tintero, son motivo de burla entre los soldados. Pero eso no le molesta.

El rastreador que guía a la patrulla señala el pozo. Al periodista le basta la expresión del hombre para saber que el pozo ha sido también cegado por los yagunzos. Los soldados se precipitan con recipientes, empujándose; oye el ruido de las latas al chocar contra las piedras y ve la decepción, la amargura de los hombres. ¿Qué hace aquí? ¿Por qué no está en su desordenada casita de Salvador, entre sus libros, fumándose una pipa de opio, sintiendo esa gran paz?

—Bueno, era de esperar —murmura el Capitán Olimpio de Castro—. ¿Cuántos pozos quedan por los alrededores?

—Sólo dos por ver. —El rastreador hace un gesto escéptico —: No creo que valga la pena.

—No importa, verifique —lo interrumpe el Capitán—. Tienen que estar de vuelta antes de que oscurezca, Sargento.

El oficial y el periodista hacen un trecho con el resto de la patrulla y cuando están ya lejos del matorral, otra vez en la extensión calcinada, oyen murmurar al rastreador que se está cumpliendo la profecía del Consejero: el Buen Jesús encerrará a Canudos en un círculo, fuera del cual desaparecería la vida vegetal, animal y, por último, humana. —Si crees eso ¿qué haces con nosotros? —le pregunta Olimpio de Castro. El rastreador se toca la garganta:

—Tengo más miedo al Cortapescuezos que al Can.

Algunos soldados ríen. El Capitán y el periodista miope se apartan de la patrulla. Cabalgan un rato hasta que el oficial, compadecido de su compañero, pone su caballo al

paso. El periodista, aliviado, violentando su horario, bebe un sorbo de agua. Tres cuartos de hora después divisan las barracas del campamento.

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