Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:

La guerra del fin del mundo
1 ... 67 68 69 70 71 72 73 74 75 ... 174
Перейти на страницу:

Buen Jesús». «Alabado sea», murmuró el Beatito. Los romeros se persignaban, los que no eran tullidos o enfermos se ponían de pie. En sus ojos había hambre y felicidad. El Beatito calculó lo menos cincuenta.

—Bienvenidos a Belo Monte, tierra del Padre y del Buen Jesús —salmodió—. Dos cosas pide el Consejero a los que vienen, escuchando el llamado: fe y verdad. Nadie que sea incrédulo o que mienta se aposentará en esta tierra del Señor.

Dijo a la Guardia Católica que comenzara a hacerlos pasar. Antes, conversaba con cada peregrino a solas; ahora tenía que hacerlo por grupos. El Consejero no quería que nadie lo ayudara; «Tú eres la puerta, Beatito», respondía, cada vez que él le rogaba compartir esta función.

Entraron un ciego, su hija y su marido y dos hijos de éstos. Venían de Querará y el viaje les había tomado un mes. En el trayecto murió la madre del marido y dos hijos mellizos de la pareja. ¿Los enterraron cristianamente? Sí, en cajones y con responso. Mientras el anciano de párpados pegados le refería el viaje, el Beatito los observó. Se dijo que eran una familia unida, donde se respetaba a los mayores, pues los cuatro escuchaban al ciego sin interrumpirlo, asintiendo en apoyo de lo que decía. Las cinco caras mostraban esa mezcla de fatiga que daban el hambre y el sufrimiento físico y de regocijo del alma que invadía a los peregrinos al pisar Belo Monte. Sintiendo el roce del ángel, el Beatito decidió que eran bienvenidos. Todavía preguntó si ninguno había servido al Anticristo. Luego de tomarles juramento de no ser republicanos, ni aceptar la expulsión del Emperador, ni la separación de la Iglesia y el Estado, ni el matrimonio civil, ni los nuevos pesos y medidas ni las preguntas del censo, los abrazó y envió con alguien de la Guardia Católica donde Antonio Vilanova. En la puerta, la mujer murmuró algo al oído del ciego. Éste, temeroso, preguntó cuándo verían al Buen Jesús Consejero. Había tanta ansiedad en la familia mientras esperaba su respuesta, que el Beatito pensó: «Son elegidos». Lo verían esta tarde, en el Templo; lo oirían dar consejos y decirles que el Padre estaba dichoso de recibirlos en el rebaño. Los vio partir, aturdidos de gozo. Era purificadora la presencia de la gracia en este mundo condenado a la perdición. Esos vecinos —el Beatito lo sabía — habían olvidado ya sus tres muertos y las penalidades y sentían que la vida valía la pena de ser vivida. Ahora Antonio Vilanova los apuntaría en sus libros, mandaría al ciego a una Casa de Salud, a la mujer a ayudar a las Sardelinhas y al marido y a los chiquillos a trabajar como aguateros.

Mientras escuchaba a otra pareja —la mujer tenía un bulto en las manos—, el Beatito pensó en Antonio Vilanova. Era un hombre de fe, un elegido, una oveja del Padre. Él y su hermano eran gente instruida, habían tenido negocios, ganado, dinero; hubieran podido dedicar su vida a atesorar y a tener casas, tierras, sirvientes. Pero habían preferido compartir con sus hermanos–humildes la servidumbre de Dios. ¿No era merced del Padre tener aquí a alguien como Antonio Vilanova, cuya sabiduría solucionaba tantos problemas? Acababa, por ejemplo, de organizar el reparto del agua. Se recogía del Vassa Barris y de las aguadas de la Fazenda Velha y se distribuía gratuitamente. Los aguateros eran peregrinos recién llegados; así, iban siendo conocidos, se sentían útiles al Consejero y al Buen Jesús y las gentes les daban de comer.

El Beatito comprendió, por la jerigonza del hombre, que el bulto era una niña recién nacida, muerta la víspera, cuando bajaban la Sierra de Cañabrava. Levantó el pedazo de tela y observó: el cadáver estaba rígido, color del pergamino. Explicó a la mujer que era favor del cielo que su hija hubiese muerto en el único pedazo de tierra que permanecía a salvo del Demonio. No la habían bautizado y lo hizo, llamándola María Eufrasia y rogando al Padre que se llevara esa almita a Su gloria. Tomó juramento a la pareja y los mandó donde los Vilanova, para que su hija fuera enterrada. Por la escasez de madera, los entierros se habían convertido en un problema de Belo Monte. Lo recorrió un escalofrío. Era lo que más temía: su cuerpo sepultado en una fosa, sin nada que lo cubriera. Mientras entrevistaba a nuevos romeros, entraron unas beatas del Coro Sagrado a arreglar la capilla y Alejandrinha Correa le trajo una ollita de barro con un recado de María Quadrado: «Para que lo comas tú solo». Porque la Madre de los Hombres sabía que regalaba sus raciones a los hambrientos. A la vez que escuchaba a los peregrinos, el Beatito agradeció a Dios haberle dado suficiente fortaleza de alma para no sufrir hambre ni sed. Unos sorbos, un bocado le bastaban; ni siquiera durante la peregrinación por el

desierto había padecido como otros hermanos los tormentos de la falta de comida. Por eso, sólo el Consejero había ofrecido más ayunos que él al Buen Jesús. Alejandrinha Correa le dijo también que Joáo Abade, Joáo Grande y Antonio Vilanova lo esperaban en el Santuario.

Estuvo todavía cerca de dos horas recibiendo peregrinos y sólo prohibió quedarse a un comerciante en granos de Pedrinhas, que había sido recaudador de impuestos. A los ex soldados, pisteros y proveedores del Ejército, el Beatito no los rechazaba. Pero los cobradores de impuestos debían marcharse y no volver, bajo amenaza de muerte. Habían esquilmado al pobre, le habían rematado sus cosechas, robado sus animales, eran implacables en su codicia: podían ser el gusanito que corrompe la fruta. El Beatito explicó al hombre de Pedrinhas que, para obtener la misericordia del cielo, debía luchar contra el Can, lejos, por su cuenta y riesgo. Luego de decir a los romeros del descampado que lo esperaran, se dirigió al Santuario. Era media mañana, el sol hacía reverberar las piedras. Muchas personas intentaron detenerlo, pero él les explicó con gestos que tenía prisa. Iba escoltado por gente de la Guardia Católica. Al principio, había rechazado la escolta, pero ahora comprendía que era indispensable. Sin esos hermanos, cruzar los pocos metros entre la capilla y el Santuario le tomaría horas, por la gente que lo acosaba con pedidos y consultas. Iba pensando que entre los peregrinos de esa mañana había algunos venidos de Alagoas y Ceará. ¿No era extraordinario? La muchedumbre aglomerada alrededor del Santuario era tan compacta —gentes de toda edad estirando las cabezas hacia la puertecita de madera donde, en algún momento del día, asomaría el Consejero — que él y los cuatro de la Guardia Católica quedaron atollados. Agitaron entonces sus trapos azules y sus compañeros que cuidaban el Santuario abrieron una valla para el Beatito. Mientras, inclinado, avanzaba por el callejón de cuerpos, éste se dijo que sin la Guardia Católica el caos habría hecho presa de Belo Monte: ésa hubiera sido la puerta para que el Perro entrara.

«Alabado sea Nuestro Señor Jesucristo», dijo y oyó: «Alabado sea». Percibió la paz que instalaba a su alrededor el Consejero. Incluso el ruido de la calle era aquí música. —Me avergüenzo de haberme hecho esperar, padre —musitó—. Llegan cada vez más peregrinos y no alcanzo a hablar con ellos ni a recordar sus caras. —Todos tienen derecho a salvarse —dijo el Consejero—. Alégrate por ellos. —Mi corazón goza viendo que cada día son más —dijo el Beatito—. Mi cólera es contra mí, porque no llego a conocerlos bien.

Se sentó en él suelo, entre Joáo Abade y Joáo Grande, que tenían sus carabinas sobre las rodillas. Estaban allí también, además de Antonio Vilanová, su hermano Honorio, que parecía recién llegado de viaje por el terral que lo cubría. María Quadrado le alcanzó un vaso de agua y él bebió, paladeando. El Consejero, sentado en su camastro, permanecía erecto, envuelto en su túnica morada, y a sus pies el León de Natuba, el lápiz y el cuaderno en las manos, con su gran cabeza apoyada en las rodillas del santo; una mano de éste se hundía en los pelos retintos e intrincados. Mudas e inmóviles, las beatas estaban acuclilladas contra la pared y el carnerito blanco dormía. «Es el Consejero, el Maestro, el Pimpollo, el Amado», pensó el Beatito con unción. «Somos sus hijos. No éramos nada y él nos convirtió en apóstoles. » Sintió una oleada de felicidad: otro roce del ángel.

1 ... 67 68 69 70 71 72 73 74 75 ... 174
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)