La guerra del fin del mundo
- Автор: Варгас Льоса Марио
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:
mientras ellos se quitan la palabra. Por fin, les explica que ese prisionero no es un yagunzo del montón, sino alguien cuyos conocimientos serán preciosos para el Regimiento allá en Canudos.
—Se vengarán —les dice—. Ya falta poco. Guarden esa rabia, no la desperdicien. Ese mediodía, sin embargo, los soldados tienen la venganza que anhelan. El Regimiento está pasando junto a un promontorio pedregoso, en el que se divisa —el espectáculo es frecuente — el pellejo y la cabeza de una vaca a la que los urubús han arrancado todo lo comestible. Un palpito hace murmurar a un soldado que esa res muerta es un escondrijo de vigía. Apenas lo ha dicho cuando varios rompen la formación, corren y, con aullidos de entusiasmo, ven asomar del hueco donde estaba apostado, debajo de la vaca, un yagunzo esquelético. Caen sobre él, le hunden sus cuchillos, sus bayonetas. Inmediatamente lo decapitan y van a mostrarle su cabeza a Moreira César. Le dicen que la dispararán con un cañón a Canudos, para que los rebeldes sepan lo que les espera. El Coronel le comenta al periodista miope que la tropa se halla en excelente forma para el combate.
Aunque pasó la noche viajando, Galileo Gall no sentía sueño. Las cabalgaduras eran viejas y flacas, pero no dieron muestras de cansancio hasta entrada la mañana. No era fácil la comunicación con el guía Ulpino, hombre de rasgos fuertes y piel cobriza que mascaba tabaco. Casi no cambiaron palabras hasta el mediodía, en que hicieron un alto para comer. ¿Cuánto tardarían hasta Canudos? El guía, escupiendo la brizna que mordisqueaba, no le dio una respuesta precisa. Si los caballos respondían, dos o tres días. Pero eso era en tiempos normales, no en éstos… Ahora no seguirían el camino recto, irían pespunteando, para evitar a los yagunzos y a los soldados, pues, cualquiera de ellos, les quitarían los animales. Gall sintió, de pronto, gran cansancio y casi al instante se quedó dormido.
Unas horas después, reanudaron la marcha. A poco de partir pudieron refrescarse, en un ínfimo arroyo de agua salobre. Mientras avanzaban, entre colinas de cascajo y llanos crispados de cardos y palmatorias, la impaciencia angustiaba a Gall. Recordó aquel amanecer de Queimadas donde pudo morir y en el que el sexo volvió a su vida. Se perdía al fondo de su memoria. Descubrió, asombrado, que no tenía idea de la fecha: ni día ni mes. El año sólo podía seguir siendo 1897. Era como si en esta región que recorría incesantemente, rebotando de un lado a otro, el tiempo hubiera sido abolido, o fuera un tiempo distinto, con su propio ritmo. Trató de recordar qué ocurría, en las cabezas que había palpado aquí, con d sentido de la cronología. ¿Existía un órgano específico vinculado a la relación del hombre con el tiempo? Sí, por supuesto. ¿Era un huesecillo, una imperceptible depresión, una temperatura? No recordaba su asiento. Pero sí, en cambio, las aptitudes o ineptitudes que revelaba: puntualidad e impuntualidad, previsión del futuro o improvisación continua, capacidad para organizar con método la vida o existencias socavadas por el desorden, comidas por la confusión… «Como la mía», pensó. Sí, él era un caso típico de personalidad cuyo destino era el tumulto crónico, una vida que por todas partes se disolvía en caos… Lo había comprobado en Calumbí, cuando trataba febrilmente de resumir aquello en lo que creía y los hechos centrales de su biografía. Había sentido la desmoralizadora sensación de que era imposible ordenar, jerarquizar ese vértigo de viajes, paisajes, gentes, convicciones, peligro, exaltaciones, infortunios. Y, lo más probable, es que en esos papeles que habían quedado en manos del Barón de Cañabrava no se transparentara bastante lo que sí era constante en su vida, esa lealtad que nunca había incumplido, algo que podía dar un semblante de orden al desorden: su pasión revolucionaria, su gran odio a la infelicidad y la injusticia que padecían tantos hombres, su voluntad de contribuir de algún modo a que aquello cambiara. «Nada de lo que usted cree es cierto ni sus ideales tienen nada que ver con lo que pasa en Canudos. » La frase del Barón vibró de nuevo en sus oídos y lo irritó. ¿Qué podía entender de sus ideales un terrateniente aristócrata que vivía como si la Revolución Francesa no hubiera tenido lugar? ¿Alguien consideraba «idealismo» una mala palabra? ¿Qué podía entender de Canudos la persona a quien los yagunzos le arrebataron una
hacienda y le estaban quemando otra? Calumbí era, sin duda, en este momento, pasto de las llamas. Él sí podía entender ese fuego, él sabía muy bien que no era obra del fanatismo o la locura. Los yagunzos estaban destruyendo el símbolo de la opresión. Oscura, sabiamente, intuían que siglos de régimen de propiedad privada llegaban a arraigar de tal modo en las mentes de los explotados, que ese sistema podía parecerles de derecho divino y, los terratenientes, seres de naturaleza superior, semidioses. ¿No era el fuego la mejor manera de probar la falsedad de esos mitos, de disipar los temores de las víctimas, de hacer ver a las masas de hambrientos que el poder de los propietarios era destruible, que los pobres tenían la fuerza necesaria para acabar con él? El Consejero y sus hombres, pese a las escorias religiosas que arrastraban, sabían dónde había que golpear. En los fundamentos mismos de la opresión: la propiedad, el Ejército, la moral oscurantista. ¿Había cometido un error escribiendo esas páginas autobiográficas que dejó en manos del Barón? No, ellas no harían daño a la causa. ¿Pero no era absurdo confiar algo tan personal a un enemigo? Porque el Barón era su enemigo. Sin embargo, no sentía por él animadversión. Tal vez porque, gracias a él, había podido sentir que entendía todo lo que oía y que le entendían todo lo que decía: era algo que no le pasaba desde que salió de Salvador. ¿Por qué había escrito esas páginas? ¿Porque sabía que iba a morir? ¿Las había escrito en un arranque de debilidad burguesa, porque no quería acabar sin dejar rastro de él en el mundo? De pronto se le ocurrió que a lo mejor había embarazado a Jurema. Sintió una especie de pánico. Siempre le había producido un rechazo visceral la idea de un hijo y tal vez ello había influido en su decisión de Roma, de abstención sexual. Se había dicho, siempre, que su horror a la paternidad era consecuencia de su convicción revolucionaria. ¿Cómo puede un hombre estar disponible para la acción si tiene la responsabilidad de un apéndice al que hay que alimentar, vestir, cuidar? También en eso había sido constante: ni mujer, ni hijos ni nada que pudiera coartar su libertad y debilitar su rebeldía.
Cuando ya chispeaban estrellas, desmontaron en un bosquecillo de veíame y macambira. Comieron sin hablar y Galileo se durmió antes de tomar el café. Tuvo un sueño sobresaltado, con imágenes de muerte. Cuando Ulpino lo despertó, era aún noche cerrada y se oía un lamento que podía ser de zorro. El guía había calentado café y ensillado los caballos. Trató de entablar conversación con Ulpino. ¿Cuánto tiempo trabajaba con el Barón? ¿Qué pensaba de los yagunzos? El guía respondía con tantas evasivas que no insistió. ¿Era su acento extranjero lo que hacía brotar la desconfianza en esta gente? ¿O era una incomunicación más profunda, de manera de sentir y de pensar? En ese momento, Ulpino dijo algo que no entendió. Le hizo repetir y esta vez sus palabras sonaron claras: ¿por qué iba a Canudos? «Porque allá pasan cosas por las que he luchado toda mi vida», le dijo. «Allá están creando un mundo sin opresores ni oprimidos, donde todos son libres e iguales. » Le explicó, en los términos más sencillos de que era capaz, por qué Canudos era importante para el mundo, cómo ciertas cosas que hacían los yagunzos coincidían con un viejo ideal por el que muchos hombres habían dado la vida. Ulpino no lo interrumpió ni lo miró mientras hablaba, y Gall no podía evitar sentir que lo que decía resbalaba en el guía, como el viento en las rocas, sin mellarlo. Cuando calló, Ulpino, ladeando un poco la cabeza, y de una manera que a Gall le pareció extraña, murmuró que él creía que iba a Canudos a salvar a su mujer. Y, ante la sorpresa de Gall, insistió: ¿no dijo Rufino que iba a matarla? ¿No le importaba que la matara? ¿No era su mujer acaso? ¿Para qué se la había robado, entonces? «Yo no tengo mujer, yo no he robado a nadie», replicó Gall, con fuerza. Rufino hablaba de otra persona, era víctima de un malentendido. El guía retornó a su mudez.