La guerra del fin del mundo
- Автор: Варгас Льоса Марио
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:
En el terraplén que rodea la casa grande, entre las palmeras imperiales y los tamarindos, hay hombres armados, además de peones que circulan por los establos, depósitos y cuadras de la servidumbre. Fuman, conversan. Las ventanas tienen las persianas bajas. Rufino avanza, despacio, atento a las actitudes de los capangas. Sin orden alguna, ni decirse palabra, éstos salen a su encuentro. No hay gritos, amenazas, ni siquiera diálogo entre ellos y Rufino. Cuando el rastreador llega a su altura, lo sujetan de los brazos. No lo golpean, no le quitan su carabina ni su machete ni su faca y evitan ser bruscos. Se limitan a impedirle avanzar. A la vez, lo palmean, lo saludan, le aconsejan que no sea terco y entienda razones. El rastreador tiene la cara empapada. Tampoco los golpea, pero trata de zafarse. Cuando se desprende de dos y da un paso ya hay otros dos, obligándolo a retroceder. El tira y afloja sigue así, un buen rato. Por fin, Rufino deja de forcejear y baja la cabeza. Los hombres lo sueltan. Mira la fachada de dos plantas, el techo de tejas, la ventana que es el despacho del Barón. Da un paso y en el acto se reconstituye la barrera de hombres. Se abre la puerta de la casa grande y sale alguien que conoce: Aristarco, el capataz, el que manda a los capangas.
—Si quieres verlo, el Barón te recibe ahora mismo —le dice, con amistad. El pecho de Rufino crece y decrece:
—¿Me va a entregar al forastero? Aristarco niega con la cabeza: —Lo va a entregar al Ejército. El Ejército te vengará. —Ese tipo es mío —murmura Rufino—. El Barón sabe eso.
—No es para ti, no te lo va a entregar —repite Aristarco—. ¿Quieres que él te lo explique?
Rufino, lívido, dice que no. Se le han hinchado las venas de la frente y del cuello, está desorbitado y suda.
—Dile al Barón que ya no es mi padrino —articula su voz rajada—. Y a él dile que estoy yendo a matar a la que me robó. Escupe, da media vuelta y se aleja, por donde vino.
Por la ventana del despacho, el Barón de Cañabrava y Galileo Gall vieron partir a Rufino y retornar a los sitios que ocupaban a guardianes y peones. Galileo estaba aseado, le habían dado una blusa y un pantalón en mejor estado que los que tenía. El Barón regresó a su escritorio, bajo una panoplia de facas y fuetes. Había una taza de café, humeando, y él bebió un trago, con la mirada distraída. Después, volvió a examinar a Gall como un entomólogo fascinado por una especie rara. Así lo miraba desde que lo vio entrar, extenuado y hambriento, entre Aristarco y sus capangas, y, más todavía, desde que lo oyó hablar.
—¿Hubiera mandado matar a Rufino? —preguntó Galileo, en inglés—. ¿Si insistía en entrar, si se ponía insolente? Sí, estoy seguro, lo hubiera mandado matar. —No se mata a los muertos, señor Gall —dijo el Barón—. Rufino está muerto. Lo mató usted, cuando le robó a Jurema. Mandándolo matar le hubiera hecho un favor, lo hubiera librado de la angustia de la deshonra. No existe peor suplicio para un sertanero. Abrió una caja de tabacos y, mientras encendía uno, imaginó un titular del Jornal de Noticias: «Agente inglés guiado por esbirro del Barón». Estaba bien pensado que Rufino
le sirviera de pistero: ¿qué mejor prueba de complicidad con él?
—Lo único que no entendía era de qué se había valido Epaminondas para atraer al sertón al supuesto agente —dijo, moviendo los dedos como si los tuviera acalambrados—. No se me pasó por la cabeza que el cielo lo favoreciera poniendo en sus manos a un idealista. Raza curiosa, la de los idealistas. No conocía a ninguno y ahora, con pocos días de diferencia, he tratado a dos. El otro es el Coronel Moreira César. Sí, es también un soñador. Aunque sus sueños no coincidan con los suyos… Los interrumpió una viva agitación en el exterior. Fue a la ventana y, a través de los cuadraditos de la rejilla metálica, vio que no era Rufino, de vuelta, sino cuatro hombres con carabinas, a los que rodeaban Aristarco y los capangas. «Es Pajeú, el de Canudos», oyó decir a Gall, ese hombre que ni él mismo sabía si era un prisionero o su huésped. Examinó a los recién llegados. Tres permanecían mudos, mientras el cuarto hablaba con Aristarco. Era caboclo, bajo, macizo, ya no joven, con la piel como cuero de vaca. Una cicatriz seccionaba su cara: sí, podía ser Pajeú. Aristarco asintió varias veces y el Barón lo vio venir hacia la casa.
—Éste es un día de acontecimientos —murmuró, chupando su tabaco. Aristarco traía la cara impenetrable de siempre, pero el Barón adivinó la alarma que lo habitaba. —Pajeú —dijo, lacónicamente—. Quiere hablar con usted. El Barón, en vez de responder, se volvió a Galclass="underline"
—Le ruego que se retire ahora. Lo veré a la hora de la cena. Comemos temprano, aquí en el campo. A las seis.
Cuando hubo salido, preguntó al capataz si sólo habían venido esos cuatro. No, en los alrededores había por lo menos medio centenar de yagunzos. ¿Seguro que el caboclo era Pajeú? Sí, lo era.
—¿Qué ocurre si atacan Calumbí? —dijo el Barón—. ¿Podemos resistir? —Podemos hacernos matar —replicó el capanga, como si antes se hubiera dado a sí mismo esa respuesta—. De muchos de los hombres, ya no confío. También pueden irse a Canudos en cualquier momento. . El Barón suspiró.
—Tráelo —dijo—. Quiero que asistas a la entrevista.
Aristarco salió y un momento después estaba de vuelta, con el recién llegado. El hombre de Canudos se quitó el sombrero a la vez que se detenía, a un metro del dueño de casa. El Barón trató de identificar en esos ojitos pertinaces, en esas facciones curtidas, las fechorías y crímenes que se le atribuían. La feroz cicatriz, que podía ser de bala, faca o zarpa, rememoraba la violencia de su vida. Por lo demás, hubiera podido ser tomado por un morador. Pero éstos, cuando miraban al Barón, solían pestañear, bajar los ojos. Pajeú sostenía su mirada, sin humildad. —¿Tú eres Pajeú? —preguntó, por fin.
—Soy —asintió el hombre. Aristarco permanecía tras él, como una estatua. —Has hecho tantos estragos en esta tierra como la sequía —dijo el Barón—. Con tus robos, tus matanzas, tus pillajes.
—Fueron otros tiempos —repuso Pajeú, sin resentimiento, con una recóndita conmiseración—. En mi vida hay pecados de los que tendré que dar cuenta. Ahora ya no sirvo al Can sino al Padre.
El Barón reconoció ese tono: era el de los predicadores capuchinos de las Santas Misiones, el de los santones ambulantes que llegaban a Monte Santo, el de Moreira César, el de Galileo Gall. El tono de la seguridad absoluta, pensó, el de los que nunca dudan. Y, por primera vez, sintió curiosidad por oír al Consejero, ese sujeto capaz de convertir a un truhán en fanático. —¿A qué has venido?
—A quemar Calumbí —dijo la voz sin inflexiones.
—¿A quemar Calumbí? —El estupor cambió la expresión, la voz, la postura del Barón. —A purificarla —replicó el caboclo, despacio—. Después de tanto sudar, esta tierra merece descanso.
Aristarco no se había movido y el Barón, que había recobrado el aplomo, escudriñaba al ex–cangaceiro como, en épocas más tranquilas, solía hacerlo con las mariposas y las plantas de su herbario, ayudado por un lente de aumento. Sintió, de pronto, el deseo de
penetrar en la intimidad del hombre, de conocer las secretas raíces de eso que decía. Y, a la vez, imaginaba a Sebastiana, escobillando los claros cabellos de Estela en medio de un círculo de llamas. Se puso pálido.
—¿No se da cuenta el infeliz del Consejero de lo que está haciendo? —Hacía esfuerzos por contener la indignación—. ¿No ve que las haciendas quemadas significan hambre y muerte para cientos de familias? ¿No se da cuenta de que esas locuras han traído ya la guerra a Bahía?
—Está en la Biblia —explicó Pajeú, sin inmutarse—. Vendrá la República, el Cortapescuezos, habrá un cataclismo. Pero los pobres se salvarán, gracias a Belo Monte. —¿Has leído tú la Biblia, siquiera? —murmuró el Barón.