Fan Club
- Автор: Уоллес Ирвин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
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Al parecer, debían de haberse pasado hablando toda la tarde y parte de la noche antes de irse a acostar.
Se preguntó: ¿De qué habrían hablado? Pensó: ¿Qué le tendría reservado el día siguiente? Los motivos que les habían inducido a traerla hasta allí a la fuerza habían oscilado entre la suave explicación del Soñador, en el sentido de que se proponían trabar conocimiento con ella, y la afirmación sin ambages del Malo, en el sentido de que esperaban que les invitara a mantener relaciones sexuales con ella.
El Tiquismiquis se había mostrado partidario de soltarla, caso de que ella no accediera a colaborar, y el Vendedor se había mostrado inclinado a presionarla al objeto de que colaborara. ¿Pero qué clase de colaboración esperaban aquellos tipos raros? ¿Deseaban únicamente granjearse su amistad en la esperanza de llegar a conseguir algo más? Y, caso de no conseguir nada más, ¿tenían sinceramente el propósito de soltarla? ¿O acaso la colaboración de que hablaban no era más que un eufemismo para designar las relaciones sexuales a que había hecho referencia el Malo, en contra de la opinión de sus compañeros, que preferían no formular las cosas con tanta claridad? Se esforzó por imaginarse el resultado de la situación.
A pesar de todo lo que había ocurrido por la mañana y de su actual situación desesperada, existían varios factores que permitían abrigar la esperanza de que la soltarían ilesa.
Ante todo, al expresarle el Malo con toda claridad lo que deseaban de ella, el Soñador le había dicho que no hablara de aquella forma y el Tiquismiquis se había mostrado partidario de dejarlo correr.
Al parecer, los que controlaban el grupo eran contrarios al empleo de la fuerza. En segundo lugar, estaba casi segura de que había logrado hacerles recapacitar y abochornarles. Le parecía que había conseguido apelar con éxito a su sentido de la honradez civilizada, haciéndoles conscientes del delito que acababan de cometer. En tercer lugar -y ello alentaba su confianza y contribuía a sostener su esperanza-, ninguno de ellos había vuelto a molestarla.
Sí, era cierto, ninguno de ellos se había atrevido a volver (sólo lo habían hecho para permitirle utilizar el retrete) porque estaban abochornados y eran conscientes de lo que podía sucederles si tocaban a alguien tan importante como ella.
Claro que sí, estaba a salvo. Era Sharon Fields. No se atreverían a correr el riesgo de causar daños o violar a Sharon Fields, teniendo en cuenta su categoría, su fama, su éxito de taquilla, su dinero, su seguridad, sus seguidores, su inasequibilidad, teniendo en cuenta que, más que una simple mortal, era sobre todo un símbolo internacional.
¿Se habría atrevido alguien en el pasado a hacerle eso a Greta Garbo o Elizabeth Taylor, llegando hasta el extremo de violarlas? Claro que no. Era inconcebible. Nadie se hubier atrevido. Hubiera sido una auténtica locura. Y, sin embargo… Tirando de la cuerda que le rodeaba las muñecas recordó que era su prisionera.
Se habían atrevido a llegar hasta aquel extremo. Habían emprendido un proyecto inconcebible y, hasta ahora, se habían salido con la suya. La habían amarrado y la habían dejado impotente e indefensa, lejos de cualquier posibilidad de ayuda o rescate, totalmente apartada de su mundo de amigos y del mundo de la ley.
Puesto que habían osado ir tan lejos, era posible que estuvieran lo suficientemente desequilibrados como para seguir adelante. Su cerebro era un mar de confusión que oscilaba entre la esperanza y el optimismo y la desesperación y la impotencia.
¿Qué debía haber ocurrido en su tribunal fingido? ¿Cuál habría sido el veredicto pronunciado? Llegó a la conclusión de que prevalecería la cordura. Era indudable que habían decidido mantener con ella una nueva conversación al día siguiente y, caso de que sus palabras no consiguieran convencerla, la narcotizarían, le vendarían de nuevo los ojos y, finalmente, la dejarían en libertad sin causarle el menor daño.
Era necesario que hiciera acopio de fuerza, para el día siguiente. Intentarían engatusarla. Le suplicarían. La amenazarían incluso.
Pero, si ella se mostraba inflexible y conseguía inspirarles sentimientos de vergüenza y culpabilidad, triunfaría y ganaría la partida y se vería libre de aquella empresa de locos.
Cuando la soltaran y pudiera contarlo, ¿quién se creería aquella fantástica historia? La casa estaba tan silenciosa como un depósito de cadáveres.
Gracias a Dios estaban durmiendo y descansando con vistas a la confrontación de la mañana siguiente.
Ella también necesitaba dormir, conservar las fuerzas al objeto de poder convencerles, desbaratar sus maniobras y derrotarles cuando amaneciera.
En el dormitorio habían dejado una lámpara encendida y ella pensó que ojalá hubieran apagado aquel resplandor amarillento permitiéndole gozar así de una absoluta oscuridad. Sin embargo, tenía que dormir, tenía que esforzarse por conseguirlo y mañana sería otro día.
Pero se interpuso algo y, transcurridos unos segundos, comprobó que no se trataba de figuraciones suyas sino de algo real que su agudo sentido del oído había conseguido captar.
Dirigió el rostro hacia el techo para que le quedaran al descubierto las dos orejas y escuchó.
El sonido era ahora más preciso, el pavimento de fuera del dormitorio, crujía y crujía, alguien lo estaba pisando y se iba acercando cada vez más.
Abrió los ojos. El corazón le dio un vuelco y empezó a latirle con fuerza. Más allá de los pies de la cama pudo ver que giraba la manija de la puerta. De repente se abrió la puerta y su hueco lo ocupó una elevada figura medio perdida en la oscuridad.
La figura entró, cerró suavemente la puerta tras sí, corrió el pestillo y avanzó hacia la cama.
El corazón dejó de latirle y la miró como hipnotizada. Se acercó al círculo de luz amarillenta y Sharon vio que era… Dios mío… el Malo, el peor de todos ellos. Iba desnudo de cintura para arriba, tenía el torso velloso e iba descalzo. Era alto y delgado y muy musculoso, y se le veían las costillas.
Se quedó de pie junto a ella, con su cabello negro enmarañado, su estrecha frente, sus pequeños y penetrantes ojos y el bigote que a duras penas le cubría el fino labio superior. Le vio fruncir los labios y el corazón empezó de nuevo a latirle con fuerza.
– No conseguía dormir, cariño -le dijo en voz baja-. Ahora veo que éramos dos los que no lo conseguíamos. Los demás están durmiendo como troncos. O sea, que sólo estamos tú y yo.
Ella contuvo el aliento y guardó silencio. Advirtió que olía a whisky barato. Era asqueroso.
– Bueno, cariño, ¿has cambiado de idea? -le preguntó en voz baja.
– ¿Sobre qué? -preguntó ella con voz temblorosa.
– Ya lo sabes. Sobre lo de colaborar. Por tu bien.
– No -murmuró ella-, no. Ni ahora, ni mañana ni nunca. Por favor, váyase y déjeme.
Los finos labios seguían fruncidos.
– Tengo la impresión de que no sería muy caballeroso dejar sola a una invitada en el transcurso de la primera noche estando ella tan inquieta. Me pareció que te apetecería que te acompañara alguien la primera noche.
– No quiero a nadie ni ahora ni nunca. Quiero estar sola y dormir. Procuremos dormir y ya hablaremos de ello mañana.
– Ya estamos a mañana, cariño.
– Déjeme en paz -dijo ella levantando la voz-. Salga.
– ¿Conque así estamos todavía, aún no se nos han bajado los humos? -dijo él-. Bueno, cariño, será mejor que te diga que no tengo tanta paciencia como mis compañeros. Te daré otra oportunidad de ser razonable por tu propio bien. -Sus ojos de abalorio le recorrieron el rostro, la blusa, la falda y volvieron a posarse en el rostro-. Será mejor que lo pienses, y verás que soy muy cariñoso.
– ¡Lárguese, maldita sea!
– A menos que me traten mal. Conque, si no vas a ser amable, lamentaré tener…
Sucedió todo con tanta rapidez que ella no pudo reaccionar.
Se metió la mano en el bolsillo, exhibió algo blanco y, antes de que ella pudiera gritar, le cubrió la boca con un pañuelo ahogándole la voz en la garganta.