Fan Club
- Автор: Уоллес Ирвин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Fan Club». Краткое содержание книги:
Había cumplido su palabra y jamás había repetido la escena. Era consciente de haberse comportado en algunas ocasiones en forma caprichosa e imprevisible, pero su profesionalismo había aumentado a tenor de su fama, últimamente se había mostrado mucho más sensata y madura y había sido un modelo de seriedad.
Dado que en aquella ocasión se había tratado de una falsa alarma, ¿se preocuparía Félix por su actual desaparición y se mostraría la policía más eficaz? Ahora Félix la conocía mejor, la apreciaba profundamente y lo más probable era que no considerase aquella desaparición como uno más de sus caprichos.
Cuando acudiera al Departamento de Personas Extraviadas, tal como haría con toda probabilidad, ¿cómo se tomarían allí la denuncia? Había en su historia una falsa alarma. Se trataba de una famosa actriz a punto de estrenar una película de elevado presupuesto.
Había desaparecido bruscamente pero no se disponía de ninguna prueba que permitiera abrigar la sospecha de un delito. Por otra parte, hacía seis años no era más que una frívola aspirante a estrella muy poco conocida. Ahora, en cambio, era Sharon Fields, la personalidad cinematográfica más célebre del mundo. Ocupaba una posición social, era importante y tenía influencia.
Los investigadores harían caso de la denuncia. Y al cabo de uno o dos días empezarían a actuar. Pero, ¿cómo lo harían?, se preguntó Sharon. Y en aquellos momentos, la única esperanza a la que se había estado aferrando se disolvió en el aire. El péndulo interior estaba oscilando de nuevo. Estaba empezando a sentirse perdida y abandonada, y procuraba luchar contra el pánico y no perder la cabeza.
Había un hecho que no podía negarse. Estaba allí, víctima de una estrambótica conspiración de cuatro locos, bajo el mismo techo que éstos, ya había hablado con ellos y sin embargo ella, la principal protagonista del secuestro, la víctima, no tenía ni la menor idea de lo que había sucedido tras haberla secuestrado, y tanto menos sabía quiénes eran sus secuestradores.
Si ella, que había sido testigo presencial de los hechos, apenas sabía nada, ¿qué podrían saber Nellie Wright y Félix Zigman y la policía acerca de lo que había ocurrido, de dónde estaba ella y de quiénes la tenían en cautiverio? Nadie, ni aquellos que más la apreciaban y más se preocupaban por su bienestar ni los funcionarios de la ley, podría llegar a imaginarse aquel delito tan increíble, las causas del mismo y su actual situación. Estaba perdida, irremediablemente perdida.
Pensó en sus secuestradores, aquellos cuatro tipos con barba y bigote tan distintos en cuanto a edad, físico y forma de hablar. ¿Quiénes eran? Aquello era lo más importante. Procuró reconstruirlos individualmente a partir del primer encuentro que había tenido con ellos a media tarde.
Eran tan distintos entre sí que costaba muy poco separarlos e imaginarlos. Habían tenido la astucia de no dirigirse el uno al otro ni por sus nombres ni por medio de apodos. Procuraría atribuirles una identidad y un nombre de su propia cosecha.
Estaba el que sin lugar a dudas había sido el instigador de la acción y era el jefe del grupo. Superficialmente parecía muy poco apto para su papel de implacable cerebro criminal. Era el de estatura mediana, ensortijado cabello castaño y barba, malhumorado, extraño, tímido, medio chiflado con aquellos conocimientos tan erróneos acerca de su persona.
Un típico admirador chiflado que había conseguido fundar un terrible y siniestro club de admiradores totalmente distinto a cualquiera de los que ella hubiera tenido o podido tener jamás.
Se había mostrado muy aturdido ante su presencia, pero, tras superar el aturdimiento inicial, había resultado ser el más culto y hablador de los cuatro. Su cabeza albergaba descabelladas fantasías. Estaba tan desligado de la realidad y era tan fanático que había conseguido convencer a sus compañeros de que, al final, a la víctima no le importaría haber sido secuestrada y ser mantenida prisionera, que ésta se mostraría tan masoquista como para que ello le gustara y que accedería a ser objeto de sus agresiones y atenciones. Un loco.
¿Pero qué más? No parecía ni un obrero ni un atleta ni nada de eso. Su personalidad era tan evasiva como el mercurio y resultaba muy difícil definirla. Lo que sí era cierto es que no parecía un criminal.
Claro, que nadie lo parece hasta después de cometido el delito. ¿Acaso parecían criminales Osvald, Ray, Bremer o incluso Hauptmann antes de cometer sus respectivos delitos? Cualquiera de ellos hubiera podido ser un inocente oficinista o cajero de banco o cualquier otra cosa tan inofensivo como eso. Un nombre para identificarle. El Soñador. Sería el más adecuado.
Después estaba el grueso y fornido, con aquella cara ancha y carnosa debajo de toda aquella pelambrera. Con mucho cuento y mucha hipocresía. Procuró recordarle tal como le había visto a los pies de la cama. No le había observado con mucho detenimiento y él no había hablado demasiado.
Producía una impresión de falsa sinceridad. Algo en él y en sus modales le recordaba a los cientos de vendedores que había tenido ocasión de conocer a lo largo de los años. Sin lugar a dudas la Aurora Films le catalogaría dentro del grupo de los viajantes de comercio o vendedores.
Tampoco parecía un secuestrador. Un calavera tal vez sí, un calavera falso y embustero. Sólo le sentaba bien un nombre: el Vendedor.
Después el de más edad, aquel hombre mayor, tan sudoroso e inquieto que había ido a sentarse en la tumbona. Daba pena y risa con aquel bisoñé, que tan mal le sentaba, y aquellas inadecuadas gafas de montura negra y aquella boca melindrosa. Estaba pálido, era canijo y descolorido y no estaba muy lejos de una residencia de ancianos retirados.
Sin embargo, no debía dejarse engañar ni por la edad ni por el aspecto. Se había equivocado muchas veces juzgando a las personas a través de su aspecto exterior. ¿Acaso uno de los mayores criminales de la historia británica no había sido un vulgar e indescriptible dentista llamado Crippen? Aquel viejo, con su pinta de timidez, podía ser un cerebro criminal, en libertad bajo palabra por falsificación o cosa peor, y el más retorcido miembro de la retorcida organización llamada El Club de los Admiradores. Sin embargo, fuera como fuese, sólo había un apodo que le cuadraba a la perfección: el Tiquismiquis.
Pero al que más clara y estremecedoramente recordaba era al cuarto de ellos. Aquel vulgar y cadavérico sujeto malhablado, con aquella especie de acento tejano, el que no hacía más que hablar de acostarse con ella, el de la manía de la opresión a que le tenían condenados los ricachos, aquél era el peor de los cuatro. Era más feo que Picio.
Estaba claro que era un trabajador manual o algo parecido, un tipo peligroso y perverso. Probablemente, un sádico. Decididamente un hombre que podía ser o haber sido un criminal, tal vez con un largo historial delictivo a su espalda.
Los cuatro resultaban antipáticos y desagradables, pero el tipo alto parecía que no estuviera en consonancia con los demás, no daba la impresión de estar a su mismo nivel desde un punto de vista social e intelectual.
Por la forma en que había interrumpido al jefe, estaba claro que debía de tratarse del segundo de a bordo o tal vez incluso de otro jefe con iguales prerrogativas. Sólo se le ocurría llamarle el Malo.
Y, al pensar en él, se estremeció.
Los cuatro. El solo hecho de pensar en ellos, individualmente o bien en grupo, la ponía enferma.
Recordaba que cuando la habían dejado, hacia más de seis horas, casi las últimas palabras habían procedido del jefe, el Soñador, que les había dicho a los demás que la dejaran descansar, que les había dicho: "Vamos a hablar a la otra habitación".