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Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]

Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:

La víspera del día en que Evie va a ser operada, su esposo, el doctor Harry Corbett, va al hospital con la esperanza de reconciliarse con ella tras una época de indiferencia y mutismo. Pero cuando llega a la habitación de Evie ya es demasiado tarde. Sin nada que hubiese podido hacer temer por su vida, Harry se la encuentra muerta y se convierte así en el único sospechoso del asesinato. Unos días más tarde, sin embargo, la mano asesina vuelve a actuar de modo tan audaz como desafiante, pero sólo el doctor Corbett sospecha que las muertes no se están produciendo por causas naturales. Empieza aquí una lucha desesperada para desenmascarar al monstruo homicida que tiene en jaque a todos los pacientes del hospital.
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
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– ¿Seguro que no le importa que siga?

– Adelante -dijo Harry con cara de resignación.

– Bien. La tal Page está muy furiosa porque unos clientes con mucho dinero y muy poderosos cortaron toda relación con ella al descubrir que Désirée era periodista. Désirée intentó entrevistar a una de las azafatas de la agencia y la chica se fue de la lengua. Page creyó que si echaba a Désirée la recompensarían, pero, en lugar de ello, los clientes en cuestión han prescindido de su agencia. De modo que ha perdido mucho dinero y, aunque estaba muy furiosa con sus ex clientes, también parece tenerles pánico. Por lo visto, dos de ellos le hicieron una visita y la interrogaron de muy mala manera acerca de Désirée. Al principio, no ha habido modo de que me dijese nada más acerca de ellos. Y he tenido que untarla a base de bien para que lo hiciera… Así que… lo siento, Harry, pero los mil quinientos dólares se han esfumado.

– ¿Los mil quinientos?

– Era cosa de vida o muerte. Llevaba ya más de una copa y no creo que hubiese tardado en llevarla de más. Y me he dicho que, o la hacía cantar allí mismo, o podía no volver a verle el pelo.

– Es que… de ese dinero, quinientos dólares eran suyos -dijo Harry.

– ¡Harry! -exclamó Maura.

– Bueno, bueno. Siga, Walter. Confío en usted, de verdad.

– El único nombre de sus clientes que ha podido darme es Lance. Un apellido, supongo yo. Era él quien le pagaba, en metálico, y quien le decía si estaban satisfechos o descontentos con las chicas. Siete de las mejores iban dos veces al mes al hotel Camelot y pasaban allí la noche. No sabe, a ciencia cierta, qué hacían sus clientes en el hotel, aunque, a juzgar por comentarios de las chicas, cree que algunos de ellos trabajan en compañías de seguros.

– ¿De seguros?

– Eso me ha dicho. No es gran cosa, pero me ha llamado la atención. Y he pensado que quizá podría acercarme a sondear a las camareras de habitaciones del Camelot. Las camareras de hotel siempre lo saben todo y, en Nueva York, la mitad son latinas. Quizá pueda averiguar la identidad de alguno de ellos, y partir de ahí…

Se reúnen cada dos semanas en el hotel Camelot…

– No creo que sea necesario -dijo Harry al recordar una de las pocas líneas del borrador de Désirée que tuvo oportunidad de leer-. Evie citaba en su trabajo un par de nombres que pueden sernos útiles.

Harry se refería a los dos nombres que encontró en la agenda de Evie y que anotó en un papel. Lo tenía escondido dentro de una zapatilla en el armario del pasillo. Fue a buscarlo, lo alisó encima de la mesa y llamó a información para pedir el número de teléfono de la Biblioteca Pública.

Corbett pidió que le pasaran con Stephanie Barnes, una bibliotecaria que tuvo como ayudante al principio de ejercer (una de las pocas que dejó el trabajo no para casarse y tener hijos o para ganar más dinero del que él podía pagarle sino para volver a la facultad). Harry le había dado una importante gratificación para ayudarla a pagarse su primer año de vuelta a la facultad. Ahora estaba felizmente casada y había hecho un master en bibliografía, además de tener hijos y de ganar más dinero que en su consulta.

A lo largo de años de continuada amistad, Stephanie Barnes le había demostrado algo que él intuía desde hacía mucho tiempo: que una bibliotecaria con iniciativa e imaginación podía averiguar casi cualquier cosa.

– Stephanie, tengo dos nombres, con sus correspondientes señas y números de la Seguridad Social -dijo Harry después de que Stephanie le expresase su condolencia por la muerte de Evie y de que él le asegurase su inocencia, pese a lo que insinuaban los periódicos-. Creo que estas dos personas están relacionadas con el sector de los seguros. Me interesa cualquier cosa que puedas averiguar acerca de ellos, sobre todo dónde trabajan y qué hacen. Podría volver a llamar mañana, si hoy estás demasiado ocupada, pero me vendría de perlas saber algo dentro… de una hora.

Stephanie no le prometió nada, pero al cabo de menos de media hora lo llamó.

– ¡Bingo! -exclamó Harry tras anotar la información que le dio Stephanie-. Ha vuelto usted a dar en el blanco, Walter. James Stallings es vicepresidente de la Interstate Healt Care, y Kevin Loomis, primer vicepresidente de la Crown Health and Casualty. Ambos han hecho una carrera meteórica. Loomis no había llegado más que a segundo curso en una universidad municipal de Nueva Jersey y hasta hace un par de años no era más que un simple agente de seguros; ahora ocupa un alto cargo. No entiendo que viva en Queens con lo que debe de ganar. Stallings se ha formado en centros privados desde el bachillerato: St. Stephen, Dartmouth y luego en el Instituto Wharton de Ciencias Empresariales. Ha ganado innumerables premios por su rendimiento en la compañía y en el sector.

– ¿Quiere que le busque los números de teléfono de la compañía? -se ofreció Maura.

– Gracias, pero ya veo que no sabe lo que son capaces de conseguir personas como Stephanie -contestó Harry señalando a las notas que acababa de tomar-. Aquí tengo los teléfonos de la oficina y los particulares de ambos.

– ¿Por quién va a empezar?

Harry le dirigió a Walter una inquisitiva mirada.

– Pues por el laureadísimo ejecutivo, naturalmente -dijo Walter-. ¿Es necesario que le diga cómo tiene que abordarlo?

– Supongo que será mejor improvisar -repuso Harry, que, de inmediato, marcó el número de las oficinas de la Interstate Health Care y preguntó por James Stallings.

La secretaria de Stallings se puso en seguida al teléfono.

– Diga.

– ¿Está el señor Stallings? Soy Harry Collins, y fui compañero de curso de Jim en Dartmouth. Formo parte del jurado que ha de conceder los galardones del próximo año, y se ha propuesto a Jim Stallings para la concesión del premio a ex alumnos distinguidos. No obstante, me faltan algunos datos.

Maura y Walter alzaron los pulgares con expresión aprobatoria. La secretaria tardó en contestar mucho más de lo normal.

– Lo siento, señor Collins -dijo al fin la secretaria-, pero el señor Stallings no puede ponerse.

– ¿Cuándo podría volver a llamar?

De nuevo se produjo una embarazosa y larga pausa.

– ¿De qué me ha dicho que se trataba?

– De un premio. Las autoridades académicas de Dartmouth quieren concederle un premio al señor Stallings.

– Pues… verá, señor Collins: el señor Stallings está muy enfermo, ha ingresado en la UCI del Memorial.

– ¡Qué horror! ¿Tan grave está?

– No puedo decirle nada más sin autorización. Lo siento.

Harry les dijo a Maura y a Walter lo que acababa de comunicarle la secretaria. Luego, llamó al Memorial. Como médico, sabía de sobras lo que había que hacer para que no lo pasasen de un departamento a otro; por tanto, logró hablar al momento con la enfermera de guardia en cuidados intensivos. Su conversación con la enfermera duró apenas un minuto.

– Stallings ha tenido un paro cardíaco esta tarde -dijo Harry-. Está con respiración asistida. Muerte cerebral. La enfermera no ha podido decirme más.

– ¿Qué edad tenía? -preguntó Maura.

– Cuarenta y dos -contestó Harry tras consultar sus notas.

– No es precisamente una edad propicia a los paros cardíacos -dijo Walter.

– ¿Qué opina? -preguntó Harry.

– No me gusta. No me gusta nada. Creo que debería llamar al otro. ¿Cómo se llama?

– Loomis -repuso Harry, que ya había marcado el número de la Crown Health and Casualty-. Kevin Loomis.

Harry le contó a la secretaria de Loomis un cuento distinto. Harrison Collins formaba parte del jurado para seleccionar al «Ejecutivo del Año» en el sector de las compañías de seguros, y Loomis era uno de los tres candidatos al premio. Harry estaba seguro de que era una mentira creíble y, en efecto, al cabo de pocos segundos se puso el propio Loomis.

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