Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]
- Автор: Палмер Майкл
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Editorial Planeta
- ISBN: 84-08-01878-7
- Переводчик: Victor Pozanco
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
Una hora después, ella le besó las cicatrices de la espalda. Harry ya le había contado lo de Nhatrang.
– Me parece que ya puedes contarme la verdad de lo que sea -dijo ella-. Lo comprenderé. ¿Cómo se llamaba ella?
El teléfono no dejaba de sonar. Harry alargó el brazo para cogerlo y ella se desperezó. El reloj digital de la radio marcaba las 7.50.
– Diga.
– ¿Harry?
– Sí.
– Soy Doug, Harry. Perdone que lo haya despertado.
– Llevo horas despierto.
Maura estaba ya bastante despejada y empezó a hacerle cosquillas a Harry por debajo de la sábana. Él le apartó la mano y apenas logró contener la risa.
– ¿Se puede saber qué pasa, Harry? -preguntó Atwater.
A juzgar por el tenso tono de su voz, estaba claro que no se refería a lo que ocurriera en aquellos momentos en el dormitorio de Harry.
– ¿A qué se refiere? -dijo Harry.
– ¡A los carteles! Por favor, Harry, somos amigos. Le ruego que no se burle de mí.
Harry se incorporó en la cama, sobresaltado. Maura comprendió que había problemas y se incorporó también.
– Pues tiene que creerme, Doug. No sé de qué me habla.
– Han pegado carteles en todos los tablones de anuncios de nuestro hospital y, por lo menos, de otros dos. Carteles con ocho versiones de un retrato-robot del hombre que usted cree que mató a su esposa. Owen está furioso.
Harry masculló por lo bajo y tapó el micrófono del teléfono con la mano.
– Han pegado carteles por todo el hospital. Ha tenido que ser Walter -dijo Harry, que retiró la mano del micrófono para volver a dirigirse a Atwater-. Le juro, Doug, que no ha sido cosa mía, sino de una persona que contratamos para ayudarnos. Le advertí que no lo hiciera, pero, por lo visto, no me ha hecho caso. ¿Hay algo más en los carteles? Me refiero a si sólo es la fotografía o dicen algo.
– Claro que… dicen algo. Escuche, Harry, que no soy imbécil. No me trate como si lo fuera.
– Por favor, Doug, ¿qué dicen?
Harry oyó que Atwater suspiraba para tratar de dominarse.
– Dicen que se busca al hombre de la fotografía por el asesinato de Evelyn DellaRosa y que cualquiera que tenga información lo llame a usted al número de teléfono que acabo de marcar. Se ofrece una recompensa de cincuenta mil dólares por cualquier dato que conduzca a su detención.
– ¿Cuánto?
– Cincuenta mil.
– ¿Cincuenta mil?
– Owen está que se sube por las paredes, Harry.
– Dígale que lo siento. Lo llamaré para explicárselo, y haré que retiren los carteles.
– Es que no se trata sólo de este hospital, Harry. Han llamado de la universidad. Y me temo que haya carteles por todas partes.
– Me ocuparé de ello, Doug. Haré que los retiren.
– ¿Quién ha sido?
– Nadie que usted conozca. Gracias, Doug. Gracias por avisarme.
Harry colgó con cara de circunstancias.
– Tampoco se puede decir que sea alguien que yo conozca de verdad -musitó-. ¿Podrías localizar a tu hermano ahora, Maura?
– Supongo que sí.
– Quiero saber si ha ejercido alguna vez en Nueva York un detective privado llamado Walter Concepción.
Kevin Loomis llamó a las nueve en punto. El contestador había grabado tres mensajes anteriores aquella mañana: uno era de un empleado de mantenimiento del CMM, otro del hospital Universitario y el último del psiquiátrico de Bellevue. Los tres daban cuenta de haber visto al hombre del cartel. Dos de las personas que dejaron mensaje pedían un anticipo de la recompensa prometida, para dar más información.
Harry fue a buscar un bloc a su despacho y anotó los mensajes con la idea de llevar una especie de diario sobre el caso. También programó el contestador para filtrar llamadas.
– ¡Condenado Walter! -exclamó Harry tras oír cada uno de los mensajes.
Loomis lo llamó desde un teléfono público. Se limitó a decirle que estaba dispuesto a verse con él. Lo notaba tenso, pero no excesivamente.
– Lo aguardaré en la esquina sudoeste del cruce entre la Tercera Avenida y la calle 51. Esta noche a las once -dijo Loomis-. Lleve una gorra de béisbol. Lo reconoceré.
Loomis colgó sin darle tiempo a Harry a hacerle ninguna pregunta.
Durante la media hora siguiente se produjeron otras dos llamadas para pedir aclaraciones sobre la recompensa. Contestó Maura, que no creyó que ninguna de las dos llamadas fuese muy prometedora.
– Vamos a tener que ingeniárnoslas para filtrar el aluvión de llamadas que se nos vendrá encima -comentó Maura-. Si la persona que llame, nos pone en la pista del hombre que buscamos, la escucharemos; de lo contrario, nada.
– Yo no tengo cincuenta mil dólares, Maura.
– Calma. Lo primero es lo primero -dijo ella-. ¿No recuerda que ésa fue precisamente la recomendación de la persona que habló anoche en AA?
– ¡Madre mía! ¡He creado una sanguijuela!
La tercera llamada fue de Tom Hughes. Indagaría, pero, así, de memoria, no recordaba haber oído hablar nunca de un detective privado llamado Walter Concepción. Nada más colgar, Harry llamó a la casa de huéspedes en 1a que se alojaba Concepción. Contestó el propio Walter.
– Vamos a ver, Walter, quiero saber quién puñeta es usted y por qué quiere fastidiarme de esta manera.
Se hizo un largo silencio.
– ¿En… su casa o en la mía? -dijo al fin Walter.
Capítulo 32
– … no podía verle la cara debido a la manera en que me habían atado, pero a pesar de lo que me inyectaban y del dolor, reconocí su voz: era la de mi jefe, Sean Garvey. Se podría decir que era lo que llamábamos un comodín: en parte agente de la CÍA, en parte agente de la Brigada de Narcóticos y en parte algo más que eso. Su labor consistía en coordinar una de nuestras operaciones con agentes «legales» en el norte de México. Pero me traicionó y me entregó a su amigo Perchek para obligarme a hablar mediante tortura.
Cuando el hombre que Harry conocía como Walter Concepción llegó al apartamento, Harry había perdido los estribos. Sin atender a explicaciones, había estampado a Walter contra la pared del pasillo y, de no ser por Maura, lo hubiese golpeado. Ahora, sin embargo, Harry y Maura estaban sentados en el sofá con él. Escuchaban sobrecogidos lo que Ray Santana les contaba de sus tres años como agente «legal» de la Brigada de Narcóticos destinado a México, su apresamiento y la tortura a que lo sometió Antón Perchek.
– Cuando Garvey hubo salido del sótano, Orsino, uno de los hombres de confianza del narcotraficante tras el que íbamos, le dijo a Perchek que escapase por un túnel que conducía a una casa del otro lado de la calle. Como en Nogales celebraban la fiesta mayor y la población estaba a rebosar, lo tenían muy bien para burlar a la policía mexicana. Está claro que el pobre Orsino no sabía con quién trataba. No era casual que no existieran fotografías ni descripciones fiables del Doctor. Perchek sacó una pistola de su maletín y, sin pestañear, le descerrajó un tiro en la boca. Luego me apuntó a mí, pero estaba demasiado furioso conmigo por no haber podido doblegarme. Lo consideraba insultante. Me deseaba la muerte, pero una muerte lenta. Así, en lugar de dispararme, vació la jeringuilla de Hiconidol en el gotero.
– ¡Dios mío! -exclamó Maura.
– Fue espantoso -dijo Santana, que se estremeció-. Espantoso. No obstante, también fue un error porque no morí…
Harry miraba estupefacto a Santana mientras éste proseguía con su explicación. Su tono era desenfadado, pero su mirada parecía perdida, lejos de allí.
Más que contar su historia, pensó Harry, la revivía.