Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]
- Автор: Палмер Майкл
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Editorial Planeta
- ISBN: 84-08-01878-7
- Переводчик: Victor Pozanco
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
– Mire, señor Rennick -dijo Wetstone-, aquí tengo una declaración jurada de Pavel Nemec en que expone su convencimiento de que el dibujo que verán representa el rostro recordado por Maura Hughes: el del hombre que irrumpió en la habitación novecientos veintiocho después de que el doctor Corbett saliese a comprarle un batido a su esposa.
Wetstone aguardó a que distribuyeran las copias del dibujo y luego miró a Harry.
– Doctor Corbett, ¿ha visto usted alguna vez al hombre representado en el dibujo de la señora Hughes?
– En efecto. Llevaba el uniforme de los empleados de mantenimiento del hospital. Cuando llegué, enceraba el suelo de la planta en la que se encuentra la habitación novecientos veintiocho. Al salir a comprar los batidos, aún seguía allí. Y a mi regreso, se había marchado.
– ¿Está usted seguro?
– Totalmente seguro. El retrato se le parece mucho. Maura Hughes tiene un ojo increíble para el detalle. Incluso comento que debía de haberse comprado la pajarita con el nudo hecho, porque el nudo era demasiado perfecto.
Varios de los presentes se echaron a reír.
– ¡Esto es ridículo! -masculló Caspar Sidonis tan audiblemente que lo oyeron todos.
– De manera que, según usted, doctor Corbett -dijo Wetstone-, este hombre, el que aparece en el dibujo, aguardó el momento oportuno, se puso una bata blanca que sacó del cajetín de su enceradora, irrumpió como si tal cosa en la habitación novecientos veintiocho y le inyectó a su esposa una dosis letal de Aramine.
– Creo que eso fue exactamente lo que hizo.
La expresión de muchos de los presentes era inescrutable. No obstante, a Harry le pareció que la mayoría aún albergaba serias dudas acerca de él.
Wetstone indicó con un ademán que había terminado. Como, por lo menos en teoría, la carga de la prueba estaba en el hospital, Harry no sería interrogado por el jefe de los servicios jurídicos del centro. Era uno de los acuerdos de procedimiento que Wetstone le arrancó a Rennick.
Y fue precisamente Sam Rennick quien, a continuación, presentó al desaliñado hombre del traje azul, Willard McDevitt, jefe de mantenimiento del hospital.
McDevitt era un cincuentón de rubicundo rostro. Su nariz tenía todo el aspecto de haber sufrido más de una fractura. Hablaba con el convencimiento de quien se cree siempre en posesión de la verdad. A Harry le recordó a Bumpy Giannetti, el pendenciero mocetón que lo provocaba a la salida del colegio, y que le zurró con biológica regularidad desde el 7º al 10º de EGB. Se preguntó si Bumpy lo habría respetado más ahora que era sospechoso de dos asesinatos.
– Señor McDevitt, ¿reconoce el rostro del dibujo? -preguntó Rennick después de presentar debidamente al testigo.
– En absoluto. No lo he visto en mi vida -contestó el jefe de mantenimiento, que miró a Harry con insolente suficiencia.
– ¿Y qué me dice de la enceradora, la que, según el doctor Corbett, utilizó el asesino aquella noche?
– Bueno. En primer lugar, permítame que le diga que, si había aquella noche una enceradora en la novena planta del edificio Alexander, era de mi departamento. Y si era de mi departamento, quien la utilizase también era de mi departamento.
– ¿Y no pudo traerla alguien al hospital?
– Todo es posible, pero esas enceradoras industriales pesan doscientos cincuenta kilos y abultan más que una secadora. Es difícil imaginar que puedan introducirla en el hospital sin que nadie lo note.
– ¿Y no pudieron cogerla de su departamento?
– No, salvo a punta de pistola. Nos regimos por unas normas que redacté personalmente para evitar que nadie utilice material sin autorización. Se controla incluso el material estropeado o fuera de servicio. Dudo que pudiéramos… extraviar una enceradora de un cuarto de tonelada.
– Gracias, señor McDevitt.
Rennick asintió con la cabeza en dirección a Wetstone, aunque sin llegar a mirarlo. Harry ironizó para sus adentros sobre el despropósito de una profesión en la que las soterradas martingalas eran parte aceptada e incluso prevista de su ejercicio. Luego, reparó en que Caspar Sidonis intercambiaba susurrados comentarios con uno de los administradores, que se sentaba a su lado, a la vez que gesticulaba en dirección a Harry. Las componendas en el campo de la medicina quizá fuesen más sutiles que en el campo judicial, pero no menos repugnantes.
– Señor McDevitt -dijo Mel Wetstone-, ¿dónde se guardan las enceradoras?
– En un cuarto del subsótano que se cierra con llave. Es más, tiene dos cerraduras, y sólo yo y Gus Gustavson, mi encargado de mantenimiento, tenemos llave. Para utilizar cualquier enceradora, hay que contar con una autorización firmada por él o por mí.
– Está entendido, señor McDevitt, pero ¿cree usted que hay algún medio de que una persona que no pertenezca a su departamento pueda hacerse con una de esas enceradoras?
– Absolutamente ninguno.
De nuevo aquella mirada. Harry le sostuvo la mirada a aquel individuo de una manera que nunca logró hacer con Bumpy Giannetti. Incluso consiguió esbozar una sonrisa. Si Mel Wetstone lo hubiese informado de su siguiente maniobra, habría sonreído de oreja a oreja.
Wetstone se levantó, fue hacia la puerta, la abrió y retrocedió. Durante varios segundos se hizo un expectante silencio, roto después por un mecánico zumbido. Un hombre alto y rubio, con el mono de mantenimiento del CMM, entró en la sala. En el mono, llevaba prendida la placa de identificación, con la foto, que lo acreditaba como empleado del CMM. El empleado enceraba las baldosas del derredor de la ostentosa alfombra oriental. En uno de los lados de la enceradora había una chapa metálica en la que se leía: «PROPIEDAD DEL CENTRO MÉDICO DE MANHATTAN».
– ¿Qué puñeta significa esto? -exclamó Willard McDevitt.
Wetstone le hizo una seña al empleado y éste paró la enceradora.
– ¿Conoce usted a este hombre, señor McDevitt?
– No.
– ¿Trabaja usted en este hospital, señor Crawford?
– No.
– ¿De dónde ha sacado este chisme, señor Crawford?
– De un cuarto del subsótano en cuya puerta dice «Mantenimiento».
– ¿Le ha sido difícil conseguirlo?
– Ha sido pan comido -repuso el rubio sonriente-. Iré ahora a devolverla, si no le importa.
El rubio hizo girar la enceradora y se alejó. Al instante, se oyeron murmullos en la sala. Harry vio que varios miembros del personal médico se echaban a reír. Willard McDevitt parecía ir a abalanzarse sobre Mel Wetstone de un momento a otro, pero al oír lo que le susurraba el jefe de los servicios jurídicos del hospital, echó la silla hacia atrás y salió airadamente de la sala. Wetstone, por su parte, tuvo buen cuidado en no mostrarse ufano, ni siquiera satisfecho. Permaneció plácidamente sentado y aguardó a que su puesta en escena surtiese todo su efecto. Por primera vez, Harry tuvo la sensación de que los presentes se inclinaban en su favor. Si tan equivocados podían estar Rennick y su testigo acerca de la enceradora, cualquiera podía pensar también que acaso lo estuviesen sobre otras cosas.
– ¡Un momento! ¡Un momento! -clamó Caspar Sidonis, que no parecía dispuesto a encajar impasible otro revés.
Sidonis se levantó y fue hacia la cabecera de la mesa. Owen Erdman, el director del hospital, echó la silla hacia atrás para dejarlo pasar.
– Este hombre es un charlatán de feria -dijo Sidonis mirando a Wetstone-. Intenta, con burdos trucos, desviar la atención de lo esencial del caso. Y, la verdad, Sam, me temo que lo único que ha hecho usted es facilitarle las cosas. Esto no es la sala de un juzgado sino la sala de reuniones de un hospital. No estamos aquí para debatir tecnicismos legales. Estamos aquí para procurar que nuestros miles de pacientes, pacientes que podrían acudir a muchísimos otros centros tengan suficiente confianza en el Centro Médico de Manhattan como para acudir. Nos hemos reunido para evitar que nuestro hospital se convierta en el hazmerreír de la ciudad. Estamos aquí para garantizar que quienes salen de las facultades de medicina, que pueden elegir entre un sinfín de hospitales de todo el país, tengan en tan buen concepto este centro como para solicitar trabajar aquí como médicos residentes.