Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]
Tratamiento criminal [Silent Treatment - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]

Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:

La víspera del día en que Evie va a ser operada, su esposo, el doctor Harry Corbett, va al hospital con la esperanza de reconciliarse con ella tras una época de indiferencia y mutismo. Pero cuando llega a la habitación de Evie ya es demasiado tarde. Sin nada que hubiese podido hacer temer por su vida, Harry se la encuentra muerta y se convierte así en el único sospechoso del asesinato. Unos días más tarde, sin embargo, la mano asesina vuelve a actuar de modo tan audaz como desafiante, pero sólo el doctor Corbett sospecha que las muertes no se están produciendo por causas naturales. Empieza aquí una lucha desesperada para desenmascarar al monstruo homicida que tiene en jaque a todos los pacientes del hospital.
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
1 ... 68 69 70 71 72 73 74 75 76 ... 108
Перейти на страницу:

Había que reconocer que la intervención de Sidonis había sido brillante, pensó Harry. Era su venganza por lo de Evie y por la humillación que acababan de sufrir quienes defendían lo que a él le interesaba. Dos pájaros de un tiro. Lo peor era que su energía y la convicción con que se expresaba procedían de su odio a Harry y de su convencimiento de que éste era culpable.

Corbett volvió a tomarle el pulso a la sala con la mirada. Las cosas ya no pintaban tan bien como hacía un momento. Mel Wetstone pareció ir a levantarse para rebatir la parrafada de Sidonis, pero lo pensó mejor y se recostó en el respaldo. Tratar de evitar que el poderoso jefe de cirugía cardiovascular expresase su opinión podía ser contraproducente.

– No me incomoda decir que Evie DellaRosa y yo estábamos enamorados -prosiguió Sidonis-. Durante años, ella y Harry Corbett fueron matrimonio sólo de nombre. La noche anterior a que ella ingresara en este hospital, la noche anterior a que la asesinasen, Evie le contó lo nuestro. Me consta. Ése fue el motivo. Y tenía otro: una póliza de seguro de doscientos cincuenta mil dólares. Las enfermeras ya han testificado que tuvo, también, la ocasión. Y, desde luego, sólo un médico podía pensar en el método elegido. No obstante, cabe la remota posibilidad de que el doctor Corbett sea tan inocente como asegura. Es remotamente posible que las absurdas explicaciones que da sean ciertas. De todas formas, su hipotética inocencia no modifica el hecho de que dos de nuestros pacientes en estrecho contacto con él han muerto. Los periódicos hacen su agosto a costa de nuestro hospital, y la confianza que tanto nos hemos esforzado por consolidar se derrumba. Harry Corbett le debe a este hospital un respeto y una consideración que lo obligan a dimitir hasta que este asunto se aclare en uno u otro sentido. Y comoquiera que no ha hecho honor a esta responsabilidad, los aquí presentes debemos tomar medidas. Prometo solemnemente que si esta institución no muestra el suficiente sentido común para defender sus intereses, los de su personal y los de sus pacientes, dimitiré. Muchas gracias.

Agotado, por lo menos en apariencia, Sidonis tuvo que apoyarse en los respaldos de las sillas para volver a su sitio. Mel Wetstone respiró hondo y dejó escapar un suspiro. Harry estaba tan sulfurado como cohibido. Sidonis amenazaba al hospital y a la Junta de Administración con un rudo golpe a sus mejores activos: la reputación y la cartera. «FAMOSO CIRUJANO DIMITE POR EL CASO DE UN COLEGA EN ENTREDICHO.» Harry ya imaginaba los titulares del Daily News. Ladeó la cabeza hacia su abogado para expresarle sus temores, pero se interrumpió al oírse un alboroto fuera de la sala. Se abrió la puerta bruscamente e irrumpió la secretaria de Owen Erdman.

– Perdone, doctor Erdman -dijo la secretaria sin resuello-. He intentado explicárselo, pero no han querido escucharme. Sandy ha llamado a seguridad. Llegarán en seguida.

La secretaria se apartó hacia un lado y un nutrido grupo irrumpió en la sala. Al frente iba Mary Tobin y, justo detrás, Marv Lorello, todos los médicos de familia del departamento y pacientes de la consulta particular de Harry (algunos acompañados por hijos de corta edad). Casi treinta personas, calculó Harry, que reconoció a Clayton Miller, el hombre cuyo grave edema pulmonar él y Steve Josephson controlaron tras extraerle medio litro de sangre.

El grupo se agrupó en uno de los rincones de la sala de conferencias. Mabel Espinoza -una de las pacientes de Harry- se adelantó al grupo con dos de sus nietos pegados a la falda.

– Me llamo Mabel Espinoza.

La mujer lo dijo con un fuerte acento latino, pero nadie tuvo problemas para entenderla. Miró hacia los presentes con la firme dignidad que la había convertido en una de las pacientes predilectas de Harry.

– Tengo ochenta y un años. El doctor Corbett es mi médico de cabecera, y el de mi familia, desde hace veinte. Si hoy estoy viva se debe a que es un médico maravilloso. Y muchas otras personas podrían decir lo mismo. Cuando estoy demasiado enferma para salir, va a visitarme a casa. Si alguien no puede pagar, siempre nos dice que le paguemos cuando podamos. Soy una de las firmantes de la petición. En menos de veinticuatro horas hemos recogido más de doscientas firmas. Gracias.

– Ha sido idea de Mary Tobin -le susurró Wetstone a Harry-, pero no creía que fuese capaz de semejante movilización.

Otra de las mujeres que iba en el grupo se adelantó para hablar. Era Doris Cummings, profesora de EGB en un colegio de Harlem. En seguida pasó a leer la petición, firmada por 203 pacientes de Harry, en la que enumeraba las razones por las que consideraban al doctor Harry Corbett esencial para su bienestar y el de sus familias.

– «… si se aparta al doctor Corbett del cuadro facultativo del Centro Médico de Manhattan sin causa irrefutable que lo justifique, los abajo firmantes nos proponemos prescindir de este hospital para nuestra asistencia médica. Y si renunciar a este hospital nos obliga a darnos de baja de la CSM, nos daremos de baja. Este hombre es parte muy importante en nuestras vidas, y no queremos perderlo.»

Marv Lorello le susurró algo al oído a Cummings y se acercó luego a Owen Erdman. Cummings rodeó la mesa y dejó la petición frente al director del centro.

Una distinguida mujer llamada Holden, que fue presidenta del Consejo de Administración del hospital, se enjugó una lágrima. A su derecha, Mary Tobin sonreía radiante como una madre al graduarse un hijo.

Luego habló Marv Lorello en nombre del departamento de medicina general. Dijo que Harry era un amigo excepcional y un ejemplo para el departamento, sobre todo para aquellos que se iniciaban en la profesión. Luego, leyó una declaración firmada por todos los miembros del departamento en que, sustancialmente, amenazaban con trabajar para otro hospital si Harry era apartado sin que hubiese pruebas de su culpabilidad. Dejó la declaración encima de la petición del grupo de pacientes que, de inmediato, abandonó la sala.

No hubo más debate. La votación fue un puro trámite. Aunque dos de los doce que votaron lo hicieron a favor del cese de Harry, Caspar Sidonis se marchó en cuanto leyeron el resultado de la votación.

– Doctor Corbett -dijo Erdman con frialdad-, ha sido una impresionante demostración de aprecio hacia usted, y sería una verdadera tragedia que tanta lealtad resultase defraudada. ¿Tiene algo más que decir?

– Sólo que estoy agradecido por la votación. Soy inocente, y me propongo demostrarlo y descubrir al verdadero asesino. Espero que no haya inconveniente en que se distribuyan copias de este retrato por el hospital.

– ¡De ninguna manera! -le espetó Erdman-. El personal que está a mi cargo distribuirá el boceto discretamente a los jefes de departamento. No podemos exponernos a que se airee que un asesino puede andar suelto por el hospital, disfrazarse de empleado de mantenimiento y asesinar a cualquiera de nuestros pacientes. Le exijo que prometa colaborar en este sentido.

Harry miró a Mel Wetstone, que se encogió de hombros y asintió con la cabeza.

– Tiene usted mi palabra -accedió Harry.

– En tal caso -concluyó Erdman-, cuenta con nuestras bendiciones para seguir en su puesto.

– ¿Va usted a casa? -le preguntó Wetstone a Harry cuando hubieron salido del hospital.

– No. Voy a mi consulta. Creo que Mary Tobin se merece que la invite a almorzar.

– ¿Sólo a almorzar? A una cena en el Ritz, por lo menos.

1 ... 68 69 70 71 72 73 74 75 76 ... 108
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)