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Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]

Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:

La víspera del día en que Evie va a ser operada, su esposo, el doctor Harry Corbett, va al hospital con la esperanza de reconciliarse con ella tras una época de indiferencia y mutismo. Pero cuando llega a la habitación de Evie ya es demasiado tarde. Sin nada que hubiese podido hacer temer por su vida, Harry se la encuentra muerta y se convierte así en el único sospechoso del asesinato. Unos días más tarde, sin embargo, la mano asesina vuelve a actuar de modo tan audaz como desafiante, pero sólo el doctor Corbett sospecha que las muertes no se están produciendo por causas naturales. Empieza aquí una lucha desesperada para desenmascarar al monstruo homicida que tiene en jaque a todos los pacientes del hospital.
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
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En cuanto se abrieron las puertas del vagón, quienes tenían que apearse se abrieron paso a empujones. El hombre que llevaba el maletín de Stallings, en cambio, salió con toda tranquilidad. Tiraría la jeringuilla en la primera cloaca que encontrase. La cardiotoxina que le había inyectado a Stallings era una de sus armas favoritas. Era un veneno prácticamente desconocido fuera de la cuenca inferior del Amazonas, tan potente que la mínima cantidad que pudiera quedar en el tubo de la jeringuilla podía ser letal. La finísima aguja penetraba en un poro y hacía que la marca del pinchazo fuese prácticamente invisible, y aunque éste produjese una minúscula gota de sangre, la camisa de color azul marino de Stallings la haría casi imposible de detectar.

Otro dato para… las estadísticas: otra víctima del calor. Espléndido. Realmente espléndido.

Antón Perchek se cruzó con dos policías al salir de la estación.

– No corran. No hace falta que corran -musitó por lo bajo-. Pueden estar seguros de que es inútil.

Capítulo 29

En el apartamento de Harry reinaba el optimismo. Walter y Maura llegaron con escasos minutos de diferencia, ambos con buenas noticias.

Y bien que las necesitaba Harry. Después de la reunión en el hospital, al bajar del Mercedes de Mel Wetstone para ir a su consulta, notó un dolor en el pecho, más agudo que el de la otra vez, que le llegaba desde la espalda hasta el esternón. El dolor sólo duró tres o cuatro minutos y no fue muy intenso, pero sí el más fuerte que había tenido últimamente.

Después de darle un beso de agradecimiento a Mary Tobin, fue rápidamente al cuarto de medicamentos con la idea de tomarse una píldora de nitroglicerina. No obstante, el dolor ya remitía. Si era angina de pecho, se dijo, desde luego no era un caso típico.

Pese a ello, Maura no pensaba dejar de cumplir con su parte del compromiso: iría con Walter a la reunión de AA. Lo mínimo que debía hacer, se dijo Harry, era someterse a una prueba de estrés cardíaco. De manera que volvió a su despacho, marcó el número de un cardiólogo amigo y… colgó en cuanto sonó.

Decidió guardarse la píldora en el bolsillo para tomársela en cuanto le volviese a doler. Si era eficaz, si el dolor remitía, había muchas probabilidades de que tuviese una dolencia cardíaca. Entonces llamaría al cardiólogo. Hasta entonces, la prueba de estrés podía aguardar.

Harry les detalló a Maura y a Walter el desarrollo de la reunión (sobre todo, la intervención de Caspar Sidonis, que había estado a punto de ser catastrófica para él, y las formidables iniciativas de Mel Wetstone y de Mary Tobin).

– ¿Sabía Sidonis lo de su esposa? -preguntó Walter cuando Harry hubo terminado-. Me refiero a si estaba al corriente de su investigación periodística.

– No lo creo. No he contado lo de su doble vida a nadie, salvo a la policía. Decírselo a Sidonis se me antoja hacerle el juego, aparte de que no me creería.

– Da la impresión de ser un mal enemigo. Yo le recomendaría mantenerse tan alejado de él como pueda. ¿Cree que se atendrá a su amenaza de dimitir?

– Lo dudo, aunque nunca se sabe. Parece querer dar la impresión de que puede dimitir del CMM porque lo van a recibir con los brazos abiertos en cualquier hospital, pero ahora dirige un enorme laboratorio de investigación y gana más de un millón de dólares al año, y le aseguro que no es tan sencillo que lo contraten a uno en tales condiciones. Todos los hospitales de la ciudad tienen un jefe de cirugía cardiovascular, y ninguno de ellos vería con buenos ojos que Caspar se entrometiese en su territorio.

Maura explicó entonces lo mucho que Lonnie Sims la había ayudado a hacer una serie de composiciones fotográficas de gran calidad del hombre que había visto. Allí tenía el original y tres copias de la composición fotográfica final, una de frente y dos de perfil (una con gafas y barba, otra con bigote y con el pelo rubio y la restante con los ojos azules y el pelo largo y castaño). Sims las había reducido, luego las había pegado en un impreso oficial con un recuadro en blanco para añadir datos personales y, por último, sacó diez copias para Maura.

– Tenían que haber hecho una disfrazado de mujer -dijo Walter en cuanto las vio.

– ¿Qué?

– Nada. Hablaba para mí. Es que este individuo da la impresión de poder pasearse por los hospitales a su antojo. Pensaba que, quién sabe, a lo mejor se disfraza de enfermera.

– La verdad es que Lonnie introdujo en el programa informático pelucas y maquillajes femeninos de varias clases. Esto aumentaba mucho el número de posibilidades y, a la vez, hacía que la síntesis final resultase de un tamaño demasiado pequeño. Además, nos ha parecido que examinar un juego de quince o veinte fotografías y centrarse en una podía confundir.

– Muy bien pensado -dijo Walter-. Haremos un juego de fotocopias en color y las distribuiremos por todas las plantas del hospital. Y quizá conviniera distribuirlas también en otros hospitales.

– No podemos -susurró Harry, que le explicó a Walter que, ante la airada oposición de Erdman, se había comprometido a que sólo él supervisase la distribución del retrato-robot, y discretamente, sólo a los jefes de departamento.

– Eso no nos sirve para nada -dijo Walter, más inquieto que en las anteriores ocasiones en que se había visto con Harry.

– ¿Por qué? -preguntó Corbett.

– Porque es poco probable que alguien repare en la foto y exclamé: «¡Aja! ¡Ya lo tenemos!». Ocurre, pero muy raramente. Lo que en realidad pretendemos es enfurecer al Doctor, inducirlo a cometer alguna imprudencia, liarse a la temeraria táctica de atacar y huir, una y otra vez, obsesionado con vengarse de usted.

– Habla como si lo conociera -se extrañó Harry.

– No conozco a la persona concreta -dijo Walter sin poder controlar el tic de la comisura de la boca-, pero conozco a los psicópatas. Aunque es más probable que caiga víctima de su propio ego que en nuestras manos, lo mejor para conseguirlo es enfurecerlo.

– Lo siento, pero no puedo hacerlo, Walter. Le he dado mi palabra al director del hospital. Mi posición ya es bastante comprometida, y no es caso de tentar demasiado a la suerte con él. Todo el mundo sabe cómo las gasta. Quizá dentro de una semana podríamos pedírselo de nuevo. Pero de momento no.

– Como usted quiera, doctor.

Walter examinó uno de los impresos con la foto que pensaba utilizar a la manera de pósters.

– Es asombroso, Maura -se entusiasmó Walter al guardarse el impreso en su raída cartera.

– ¿Cómo lo sabe? -preguntó ella, sorprendida.

– Ya sé que parezco un poco bruto, pero sé apreciar el trabajo artístico cuando lo veo -contestó Walter, risueño.

– Gracias -dijo ella, que se encogió de hombros como si desechara la extrañeza que le producía el comentario-. Bueno, ya veremos lo asombroso que es el parecido cuando ese individuo nos mire desde detrás de las rejas de una celda.

«Si llega vivo». Por un momento, Walter temió haberlo dicho en voz alta.

Maura tuvo la sensación de que el rostro de Walter se ensombrecía, como si de pronto su mente vagase muy lejos de allí.

Walter bebió un largo trago del refresco que Harry les había servido, y al posar el vaso, la sombra había desaparecido. Su sonrisa era franca y abierta.

– Bueno, amigos, ahora me toca a mí informar sobre Elegance, La Agencia de Azafatas para los Hombres Exigentes. La dirige una tal Page. No quería decirme más. Nos hemos visto en un bar del East Side que no tiene ni ventanas. Ni una. Resulta lo que yo sospechaba. Désirée trabajaba esporádicamente para Elegance. Acudía y luego pasaba cuatro o cinco meses sin aparecer. Siento decirlo, Harry, pero, por lo visto, estaba muy solicitada.

– Maravilloso.

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