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Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:

La guerra del fin del mundo
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—¿O sea que puede ser verdad? —lo interrumpió el Enano. Tenía la voz quebrada y los ojos implorantes —: Dicen que ha hecho ver a los ciegos, oír a los sordos, cerrado llagas de leprosos. Si le digo: «He venido porque sé que harás el milagro», ¿me tocará y creceré?

Gall lo miró, desconcertado, y no encontró ninguna verdad o mentira para responderle. En eso la Barbuda rompió a llorar, compadecida del Idiota: «Ya no puede más —decía—. Ya ni sonríe, ni se queja, se muere a poquitos, cada segundo». La oyeron plañir así mucho rato más, antes de dormirse. Al amanecer, los despertó una familia de Carnaiba, que les dio malas noticias. Patrullas de la Guardia Rural y capangas de hacendados de la región cerraban las salidas de Cumbe, en espera del Ejército. La única manera de llegar a Canudos era desviándose hacia el Norte y dando un gran rodeo por Massacará, Angico y Rosario.

Día y medio después llegaron a San Antonio, minúscula estación de aguas termales a las orillas verdosas del Massacará. Los cirqueros habían estado en el poblado, años atrás, y recordaban la afluencia de gentes que acudían a curarse los males de la piel en las pozas burbujeantes y hediondas. San Antonio había sido también víctima pertinaz de los bandidos, que venían a desvalijar a los enfermos. Ahora parecía desierto. No encontraron lavanderas en el río y tampoco en las callejuelas empedradas, con cocoteros, ficus y cactus, se veía a ser viviente —humano, perro o pájaro. Pese a ello, el Enano se puso de buen humor. Cogió un cornetín, lo sopló arrancándole un sonido cómico y empezó a pregonar la función. La Barbuda se echó a reír y hasta el Idiota, pese a su debilidad, quería apurar al carromato, con los hombros, las manos, la cabeza; tenía la boca entreabierta e hilos de saliva. Por fin, divisaron un viejecillo informe, que sujetaba una armella a una puerta. Los miró como si no los viera pero cuando la Barbuda le mandó un beso, sonrió.

Los cirqueros instalaron la carreta en una placita con enredaderas; comenzaban a abrirse ventanas, puertas, a asomar caras atraídas por el cornetín. El Enano, la Barbuda y el Idiota revolvían trapos y artefactos y un momento después estaban pintarrajeándose, tiznándose, arropándose de colorines, y aparecían en sus manos los vestigios de una utilería extinta: la jaula de la cobra, aros, varillas mágicas, un acordeón de papel. El Enano soplaba con furia y rugía: «¡Ya comienza la función!» Poco a poco, se formó en torno un auditorio de pesadilla. Esqueletos humanos, de edad y sexo indefinibles, la mayoría con las caras, los brazos y las piernas comidos por gangrenas, llagas, sarpullidos, granos, salían de las casas y, venciendo una aprensión inicial, apoyándose uno en otro, gateando o arrastrándose, venían a engrosar el círculo. «No dan la impresión de agonizantes —pensó Gall—, sino de haber muerto hace tiempo. » Todos, principalmente los niños, parecían viejísimos. Algunos sonreían a la Barbuda, que se enrollaba la cobra, la besaba en la boca y la hacía retorcerse en sus brazos. El Enano cogió al Idiota y mimó con él el número de la Barbuda y el animaclass="underline" lo hacía bailar, contorsionarse, anudarse. Los vecinos y enfermos de San Antonio miraban, graves o risueños, moviendo las cabezas en signo de aprobación y a veces aplaudiendo. Algunos se volvían a espiar a Gall y a Jurema, como preguntándose a qué hora actuarían. El revolucionario los observaba fascinado, y Jurema tenía la cara desfigurada en una mueca de repulsión. Hacía esfuerzos por contenerse, pero, de pronto, susurró que no podía

verlos, quería irse. Galileo no la tranquilizó. Sus ojos se habían ido encandilando y estaba íntimamente revuelto. La salud era egoísta, igual que el amor, igual que la riqueza y el poder: lo enclaustraba a uno en sí mismo, abolía a los otros. Sí, era preferible no tener nada, no amar, pero ¿cómo renunciar a la salud para ser solidario de los hermanos enfermos? Había tantos problemas, la hidra tenía tantas cabezas, la iniquidad asomaba por donde se volviera la vista. Adivinó el asco y el temor de Jurema y la cogió del brazo: —Míralos, míralos —dijo con fiebre, con indignación—. Mira a las mujeres. Eran jóvenes, fuertes, bonitas. ¿Quién las volvió así? ¿Dios? Los canallas, los malvados, los ricos, los sanos, los egoístas, los poderosos.

Tenía una expresión exaltada, enfervorecida y, soltando a Jurema, avanzó hasta el centro del círculo, sin darse cuenta que el Enano había empezado a contar la singular historia de la Princesa Magalona, hija del Rey de Napóles. Los espectadores vieron que el hombre de pelusa y barba rojiza, pantalones rotosos y cicatriz en el cuello, se ponía a accionar:

—No perdáis el valor, hermanos, no sucumbáis a la desesperación. No estáis pudriéndolos en vida porque lo haya decidido un fantasma escondido tras las nubes, sino porque la sociedad está mal hecha. Estáis así porque no coméis, porque no tenéis médicos ni medicinas, porque nadie se ocupa de vosotros, porque sois pobres. Vuestro mal se llama injusticia, abuso, explotación. No os resignéis, hermanos. Desde el fondo de vuestra desgracia, rebelaos, como vuestros hermanos de Canudos. Ocupad las tierras, las casas, apoderaos de los bienes de aquellos que se apoderaron de vuestra juventud, que os robaron vuestra salud, vuestra humanidad…

La Barbuda no lo dejó continuar. Congestionada de ira lo remeció, increpándolo: — ¡Estúpido! ¡Estúpido! ¡Nadie te entiende! ¡Los estás poniendo tristes, los estás aburriendo, no nos darán de comer! ¡Tócales las cabezas, diles el futuro, algo que los alegre!

El Beatito, los ojos todavía cerrados, oyó cantar el gallo y pensó: «Alabado sea el Buen Jesús». Sin moverse, rezó y pidió al Padre fuerzas para la jornada. Su cuerpo menudo soportaba mal la intensa actividad; en los últimos días, con el aumento de peregrinos, a ratos tenía vértigos. En las noches, cuando se echaba sobre el jergón, detrás del altar de la capilla de San Antonio, el dolor en los huesos y músculos le impedía descansar; permanecía a veces horas, con los dientes apretados, antes de que el sueño lo librara de ese suplicio secreto. Porque el Beatito, aunque débil, tenía un espíritu lo bastante fuerte para que nadie notara las flaquezas de su carne, en esa ciudad en la que ejercía las funciones espirituales más altas, después del Consejero.

Abrió los ojos. El gallo había vuelto a cantar y la madrugada apuntaba por el tragaluz. Dormía con la túnica que María Quadrado y las beatas del Coro habían zurcido innumerables veces. Se calzó las alpargatas, besó el escapulario y el detente que llevaba en el pecho y se acomodó en la cintura el oxidado cilicio que le había cedido el Consejero cuando era todavía un niño, allá en Pombal. Enrolló el jergón y fue a despertar al llavero y mayordomo, que dormía a la entrada de la Iglesia. Era un viejo de Chorrochó; al abrir los ojos, murmuró: «Alabado sea Nuestro Señor Jesucristo». «Alabado sea», repuso el Beatito. Le alcanzó el látigo con el que cada mañana ofrecía sacrificio de dolor al Padre. El anciano cogió el látigo —el Beatito se había arrodillado — y le dio diez azotes, en la espalda y las nalgas, con toda la fuerza de sus brazos. Los recibió sin un quejido. Luego, volvieron a persignarse. Así iniciaban las tareas del día.

Mientras el llavero iba a asear el altar, el Beatito fue a la puerta y, al acercarse, sintió a los romeros llegados a Belo Monte por la noche, que los hombres de la Guardia Católica tendrían vigilados esperando que él decidiera si podían permanecer o eran indignos. El miedo a equivocarse, rechazando a un buen cristiano o admitiendo a alguien cuya presencia ocasionara daño al Consejero, laceraba su corazón, era algo por lo que pedía ayuda con más angustia al Padre. Abrió la puerta y oyó un rumor y vio a las decenas de seres que acampaban frente al portón. Había entre ellos miembros de la Guardia Católica, con brazaletes o pañuelos azules y carabinas, que corearon: «Alabado sea el

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