Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El cirujano
El cirujano - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El cirujano

Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:

Un asesino silencioso se desliza en las casas de las mujeres y entra en las habitaciones mientras ellas duermen. La precisión de las heridas que les inflige sugiere que es un experto en medicina, por lo que los diarios de Boston y los atemorizados lectores comienzan a llamarlo «el cirujano». La única clave de que dispone la policía es la doctora Catherine Cordell, víctima hace dos años de un crimen muy parecido. Ahora ella esconde su temor al contacto con otras personas bajo un exterior frío y elegante, y una bien ganada reputación como cirujana de primer nivel. Pero esta cuidadosa fachada está a punto de caer ya que el nuevo asesino recrea, con escalofriante precisión, los detalles de la propia agonía de Catherine. Con cada nuevo asesinato parece estar persiguiéndola y acercarse cada vez más…
1 ... 70 71 72 73 74 75 76 77 78 ... 80
Перейти на страницу:

Se concentró en la última atadura.

El pesado retractor le golpeó la sien, un golpe tan brutal que vio claros resplandores de luz.

El segundo golpe alcanzó su mejilla, y sintió el crujido del hueso.

Nunca recordaría el momento en que dejó caer el escalpelo.

Cuando volvió a la superficie de la conciencia, su cara latía y no podía ver con el ojo derecho. Trató de mover sus miembros, y descubrió que sus muñecas y tobillos estaban una vez más atados a los barrales de la cama. Pero esta vez no le había tapado la boca; no la había silenciado.

Él estaba de pie encima de ella. Catherine vio las manchas en su remera. «Su propia sangre», advirtió con un salvaje sentido de satisfacción. Su presa lo había tajeado y le había hecho manar sangre. «No soy tan fácil de conquistar. Él se alimenta con el miedo; no le demostraré un ápice de mi miedo».

Él tomó un escalpelo de la bandeja y se acercó a ella. Aunque su corazón golpeaba contra el pecho, ella permaneció perfectamente quieta, con la mirada puesta en él. Tanteándolo, desafiándolo. Ahora sabía que su muerte era inevitable, y que con esa aceptación llegaría la libertad. La valentía de los condenados. Por dos años ella se había escabullido como un animal herido en un escondrijo. Por dos años, había dejado que el fantasma de Andrew Capra dirigiera su vida. Pero eso se había terminado.

«Adelante, córtame. Pero no ganarás. No me verás morir vencida».

Él tocó el abdomen con el filo. Involuntariamente sus músculos se contrajeron. Él esperaba ver el miedo en su cara.

Ella sólo le mostró una expresión de desafío.

– No puedes hacerlo sin Andrew, ¿verdad? -dijo ella-. Ni siquiera se te para. Andrew era el que acababa. Todo lo que tú podías hacer era observarlo.

Él apretó la hoja, pinchándole la piel. Aun a través de su dolor, aun cuando las primeras gotas de sangre se deslizaron, ella mantuvo su mirada fija en la de él, sin mostrarle temor, negándole toda satisfacción.

– Ni siquiera eres capaz de tener relaciones con una mujer, ¿o sí? No, tu héroe Andrew tenía que hacerlo. Y él también era un perdedor.

El escalpelo vaciló. Se alejó de su piel. Ella lo vio resplandecer bajo la luz mortecina.

«Andrew. La clave es Andrew, el hombre que adora. Su dios».

– Perdedor. Andrew era un perdedor -dijo ella-. ¿Sabes por qué vino a verme esa noche, verdad? Vino a rogarme.

– No. -La palabra fue apenas susurrada.

– Me pidió que no lo echara. Me lo pidió de rodillas. -Ella se rió, un sonido áspero y sorprendente en ese sombrío lugar de muerte-. Fue patético. Ése era tu héroe, tu Andrew. Rogándome para que lo ayudara.

La mano que sostenía el escalpelo se cerró. La hoja volvió a apretar su vientre, y sangre fresca volvió a manar y resbalar por el costado. Reprimió con violencia el instintivo respingo, reprimió el grito. En cambio siguió hablando, con una voz tan fuerte y confiada que parecía ella la que sostenía el escalpelo.

– Me habló de ti. ¿No sabías eso, cierto? Me contó que ni siquiera puedes hablar con una mujer, que eres un cobarde. Él tenía que encontrarlas para ti.

– Mientes.

– Tú no significabas nada para él. Eras sólo un parásito. Un gusano.

– Mientes.

La hoja se hundió en su piel, y aunque luchaba contra ello, un alarido escapó de su garganta. «No ganarás, bastardo. Porque ya no te tengo miedo. Ya no le tengo miedo a nada».

Ella observó con los ojos ardientes, con la mirada desafiante de los condenados, mientras él efectuaba el siguiente corte.

Veinticinco

Rizzoli estaba mirando una fila de tortas surtidas, y se preguntaba cuántas de esas cajas estarían infestadas con insectos. El almacén de Hobbs era esa clase de despensa oscura y rancia regenteada por sus dueños, si es que uno imaginaba a los dueños como un par de vejetes avaros que venden leche podrida a los niños del colegio. Dean Hobbs era un viejo yanqui con ojos de sospecha continua que se detenían a estudiar las monedas del cliente antes de aceptarlas como pago. Con un gruñido le devolvió dos centavos en calidad de vuelta, y luego cerró con un golpe la caja registradora.

– No llevo la cuenta de los que usan esa porquería de cajero automático -le dijo a Rizzoli-. El banco lo puso ahí para comodidad de mis clientes. No tengo nada que ver con él.

– El efectivo fue retirado en mayo. Doscientos dólares. Tengo una fotografía del hombre que…

– Como le dije a ese policía estatal, eso fue en mayo. Ahora estamos en agosto. ¿Usted cree que puedo recordar a un cliente por tanto tiempo?

– ¿La policía estatal estuvo aquí?

– Esta mañana, haciendo las mismas preguntas. ¿Ustedes los policías no se cuentan las novedades?

De modo que la transacción del cajero automático ya había sido rastreada, no por el Departamento de Policía de Boston sino por los estatales. Mierda, estaba perdiendo el tiempo allí.

La mirada del señor Hobbs se clavó instantáneamente en un adolescente que estudiaba la sección de golosinas.

– Eh, ¿vas a pagar por esa barra de chocolate?

– Ah… sí.

– Entonces quítatela del bolsillo, ¿entendido?

El chico colocó la barra de chocolate sobre el estante y salió del negocio.

Dean Hobbs refunfuñó.

– Ése siempre fue un problema.

– ¿Conoce a ese chico? -preguntó Rizzoli.

– Conozco a sus padres.

– ¿Y qué hay del resto de los clientes? ¿Conoce a la mayoría?

– ¿Echó una mirada por el pueblo?

– Una mirada rápida.

– Bien, una mirada rápida es todo lo que lleva conocer Lithia. Ciento veinte habitantes. No hay mucho para ver.

Rizzoli sacó la fotografía de Warren Hoyt. Era lo mejor que habían podido encontrar, una imagen de dos años de antigüedad tomada de su licencia de conducir. Miraba directo a la cámara; era un hombre de cara delgada con pelo corto y una extraña sonrisa común. A pesar de que Dean Hobbs ya la había visto, decidió mostrársela nuevamente.

– Su nombre es Warren Hoyt.

– Sí, ya la vi. La policía estatal me la mostró.

– ¿Lo reconoce?

– No lo reconocí esta mañana. No lo reconozco ahora.

– ¿Está seguro?

– ¿No le parece que sueno seguro?

Sí, le parecía. Sonaba como un hombre que nunca cambiaba de parecer respecto a nada.

Las campanas sonaron al abrirse la puerta, y entraron dos muchachas rubias con bronceado veraniego y largas piernas desnudas. Dean Hobbs se distrajo momentáneamente mientras ellas avanzaban con risitas reprimidas y se perdían en el lúgubre fondo del local.

– Seguramente habrán crecido -murmuró desconcertado.

– Señor Hobbs.

– ¿Eh?

– Si ve a este hombre de la foto quiero que me llame de inmediato. -Le dejó su tarjeta-. Me puede localizar las veinticuatro horas. En el localizador o el celular.

– Sí, sí.

Las chicas, que llevaban ahora una bolsa de papas fritas y un paquete de seis Pepsi Diet, se acercaron a la caja. Permanecieron allí en toda su magnífica ausencia de sostén, los pezones marcados contra las remeras sin mangas. Dean Hobbs les estaba echando una ojeada completa, y Rizzoli se preguntó si ya se habría olvidado de que ella todavía seguía allí.

«La historia de mi vida. Llegan las chicas lindas y yo me vuelvo invisible».

Abandonó el almacén y regresó al auto. Durante ese breve lapso el sol había recalentado el interior del auto, de modo que abrió la puerta y esperó a que el auto se aireara. Sobre la calle principal de Lithia no se movía nada. Vio una estación de servicio, una ferretería y un café, pero ninguna persona. El calor había recluido a todos en sus casas, y podía escuchar el chasquido de los equipos de aire acondicionado a lo largo de la calle. Aun en un pequeño pueblo norteamericano, ya nadie se sentaba en la puerta de su casa abanicándose. El milagro de la electricidad había convertido las galerías en algo irrelevante.

1 ... 70 71 72 73 74 75 76 77 78 ... 80
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)