El cirujano
- Автор: Герритсен Тесс
- Серия: Rizzoli-Isles #1
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:
Oyó que la puerta del almacén se cerraba, y vio que las dos muchachas vagaban ociosamente bajo el sol, las únicas criaturas que se movían por allí. Mientras caminaban por la calle, Rizzoli vio una ventana donde se corrían las cortinas. La gente advertía las cosas en un pueblo chico. Por lo pronto notaban a las chicas bonitas.
¿Notarían si alguna hubiera desaparecido?
Cerró la puerta del auto y volvió al almacén.
El señor Hobbs estaba en la góndola de las verduras, enterrando astutamente las plantas de lechuga fresca en el fondo, y moviendo hacia delante las plantas marchitas.
– ¿Señor Hobbs?
Él se dio vuelta.
– ¿Usted de nuevo?
– Otra pregunta.
– No espere que tenga la respuesta.
– ¿Vive alguna mujer asiática en este pueblo?
Era una pregunta que no se imaginaba, y se limitó a mirarla con desconcierto.
– ¿Cómo?
– Una mujer china o japonesa. Tal vez aborigen.
– Tenemos un par de familias negras -aventuró, como si fuera lo mismo.
– Puede ser que haya una mujer desaparecida. Pelo largo negro, muy lacio, hasta los hombros.
– ¿Y dice que es oriental?
– O posiblemente aborigen.
Se rió.
– Diablos, no creo que sea ninguna de las dos cosas.
Rizzoli se puso en guardia. Él se había vuelto nuevamente hacia la góndola de verduras, y comenzó a alinear unos zapallitos pasados encima de los frescos.
– ¿Quién es ella, señor Hobbs?
– No es oriental, eso se lo puedo asegurar. Tampoco es india.
– ¿La conoce?
– La vi aquí una o dos veces. Alquila la vieja granja de los Sturdee en el verano. Una chica alta. No muy bonita.
«Claro, eso no le pasaría inadvertido».
– ¿Cuándo fue la última vez que la vio?
El viejo se volvió y gritó:
– ¡Margaret!
La puerta de un cuarto trasero se abrió y apareció la señora Hobbs.
– ¿Qué?
– ¿No llevaste un pedido a lo de los Sturdee la semana pasada?
– Sí.
– ¿La chica que vive ahí estaba bien?
– Me pagó.
Rizzoli preguntó:
– ¿La volvió a ver desde entonces, señora Hobbs?
– No había motivo para que la viera.
– ¿Dónde queda la granja de los Sturdee?
– Camino a West Fork. Es la última de la carretera.
Rizzoli notó que su localizador sonaba.
– ¿Puedo utilizar su teléfono? -preguntó-. Mi celular acaba de quedarse sin baterías.
– ¿No es una llamada de larga distancia?
– Boston.
Él gruñó y volvió a acomodar los zapallitos.
– El teléfono público está afuera.
Reprimiendo sus maldiciones, Rizzoli volvió a salir al calor, encontró el teléfono público y metió unas monedas por la ranura.
– Detective Frost.
– Acabas de llamarme al localizador.
– ¿Rizzoli? ¿Qué estás haciendo al oeste de Massachusetts?
Para su desazón, advirtió que conocía su ubicación gracias al identificador de llamadas.
– Salí a manejar un rato.
– ¿Sigues trabajando en el caso, verdad?
– Estoy haciendo un par de preguntas. Nada importante.
– Mierda, si… -Frost bajó abruptamente el tono de voz-. Si Marquette se entera…
– No vas a contarle, ¿o sí?
– De ninguna manera. Pero tienes que regresar. Te está buscando y está furioso.
– Tengo que registrar un lugar más.
– Escucha, Rizzoli. Deja las cosas como están, o perderás la última oportunidad que tienes para permanecer en la unidad.
– ¿No te das cuenta? Ya perdí esa oportunidad. Ya estoy jodida. -Lim-piándose las lágrimas, se dio vuelta y miró con amargura la calle vacía, donde la tierra volaba como ceniza caliente-. Él es todo lo que tengo ahora. El Cirujano. No me queda nada si no lo atrapo.
– Los estatales ya estuvieron allí. Volvieron con las manos vacías.
– Lo sé.
– ¿Entonces qué estás haciendo allí?
– Estoy haciendo las preguntas que ellos no hicieron. -Colgó.
Luego se metió en el auto y salió a buscar a la mujer de pelo negro.
Veintiséis
La granja de los Sturdee era la única casa al final de una larga calle sucia. Era una vieja tapera con pintura blanca descascarada y una galena que cedía en el medio, bajo el peso de una montaña de leña para hacer fuego.
Rizzoli se quedó en el auto por un momento, demasiado cansada para salir. Y demasiado desmoralizada por aquello en lo que se había convertido su prometedora carrera de antaño: sentada sola en esa calle llena de basura, contemplando la inutilidad de subir por esos escalones y golpear la puerta. De hablar con una mujer sorprendida que casualmente tenía pelo oscuro. Pensó en Ed Geiger, otro policía de Boston que también había estacionado su auto en una calle sucia alguna vez, y había decidido, a la edad de cuarenta y nueve años, que en realidad se trataba del fin del camino para él. Rizzoli fue la primera detective en llegar al lugar. Mientras todos los otros policías daban vueltas alrededor del auto con el parabrisas salpicado de sangre, sacudiendo la cabeza y murmurando con pena frases para el pobre Ed, Rizzoli había sentido poca simpatía por ese policía patético que se había volado los sesos.
«Es tan fácil», pensó, de pronto consciente del arma en su cadera. No era el arma de servicio que había tenido que devolverle a Marquette, sino la suya propia, de su casa. Un revólver puede ser tu mejor amigo o tu peor enemigo. A veces las dos cosas a la vez.
Pero ella no era Ed Geiger; ella no era una perdedora que se comería su revólver. Apagó el motor y a regañadientes salió del auto para hacer su trabajo.
Rizzoli había pasado toda su vida en la ciudad, y el silencio de este lugar le resultaba ominoso. Subió los escalones de la galería, y cada crujido de la madera parecía magnificado. Las moscas volaban por encima de su cabeza. Golpeó la puerta, esperó. Hizo el intento de girar el picaporte pero lo encontró trabado. Volvió a golpear, luego llamó, y su voz vibró con sorprendente sonoridad:
– ¿Hola?
Para entonces los mosquitos ya la habían localizado. Se golpeó en la cara, y vio una mancha oscura de sangre en su palma. Al demonio con la vida campestre; al menos en la ciudad, los chupadores de sangre caminan en dos patas y uno puede verlos acercarse.
Volvió a golpear con energía un par de veces más, se abofeteó para matar más mosquitos, y por fin se rindió. No parecía haber nadie en casa.
Rodeó la casa hasta la parte trasera, buscando algún signo de entrada forzada, pero todas las ventanas estaban cerradas, todos los vidrios estaban intactos. Las ventanas eran demasiado altas como para que un intruso se trepara por ellas sin la ayuda de una escalera, y la casa había sido levantada sobre cimientos de piedra.
Se alejó de la casa y supervisó el jardín de atrás. Había un viejo granero y un estanque de granja, verde de moho. Un pato solitario flotaba a la deriva con aspecto deprimido; tal vez había sido rechazado de su bandada. No había signos de nada sospechoso en el jardín, sólo malezas hasta la altura de la rodilla y pasto y mosquitos. Muchos mosquitos.
Unas llantas viejas conducían al granero. Unas rayas de pasto se veían aplastadas por el reciente paso de un automóvil.
El último lugar para chequear.
Recorrió el camino de pasto aplastado hasta el granero y vaciló. No tenía orden de registro, ¿pero quién iba a enterarse? Tan sólo echaría un vistazo para confirmar que no había ningún auto dentro.
Manipuló las manijas y abrió las pesadas puertas.
El sol penetró dentro, realizando un corte a lo largo del lúgubre granero, y unas motas de polvo giraron ante la abrupta intromisión del aire. Ella se quedó petrificada, observando el auto estacionado dentro.