El cirujano
- Автор: Герритсен Тесс
- Серия: Rizzoli-Isles #1
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:
Era un Mercedes amarillo.
Un sudor helado le bajó por la cara. Todo tranquilo, salvo por una mosca que zumbaba en las sombras. Estaba demasiado tranquilo.
No registró el momento en que abrió su funda y sacó el arma. Pero de repente estaba en su mano, mientras se movía hacia el auto. Miró por la ventanilla del conductor, una mirada rápida para confirmar que estaba desocupado. Luego una segunda mirada, más prolongada, registrando el interior. Su mirada recayó sobre un bulto oscuro que yacía en el asiento de adelante. Una peluca.
«¿De dónde proviene la mayoría de las pelucas? De Oriente».
La mujer de pelo negro.
Recordó el video de seguridad del hospital el día en que Nina Peyton fue asesinada. En ninguna de las cintas aparecía Warren Hoyt llegando al ala Cinco Oeste.
«Porque entró en la guardia de cirugía como una mujer, y salió como un hombre.»
Un grito.
Ella giró para enfrentar la casa, con el corazón latiendo a toda velocidad.
«¿Cordell?»
Con la velocidad de una bala estaba fuera del granero, corriendo al límite de sus fuerzas entre la maleza, enfilando hacia la puerta trasera de la casa.
Cerrada.
Con los pulmones exhalando pesados bramidos, retrocedió, considerando la puerta, el marco. Abrir puertas a las patadas tiene más que ver con la adrenalina que con la fuerza muscular. Como policía novata, y en calidad de única mujer de su equipo, Rizzoli había sido la única en recibir la orden de tirar a patadas la puerta de un sospechoso. Era una prueba, y los otros policías creían, y tal vez esperaban, que fallara. Mientras aguardaban el momento de la humillación, Rizzoli había reunido todo su resentimiento, toda su furia, en esa puerta. Con sólo dos patadas, la abrió haciendo saltar las astillas, y avanzó como un demonio de Tasmania.
La misma adrenalina rugía dentro de ella mientras apuntaba con el arma y lanzaba tres disparos. Sacudió su taco contra la puerta. La madera crujió. Volvió a patear. Esta vez se abrió de par en par y ella se introdujo, avanzando en cuclillas, la mirada y el arma recorriendo simultáneamente el cuarto. Una cocina. Las sombras lo cubrían ya casi todo, pero había luz suficiente como para ver que no había nadie más allí. Vajilla sucia en la pileta. La heladera zumbaba y gorgoteaba.
«¿Está él aquí? ¿Estará en el próximo cuarto, esperándome?»
Cristo, debería haber llevado el chaleco. Pero no se había imaginado esto.
El sudor resbalaba entre sus pechos, empapando su corpiño deportivo. Ubicó un teléfono en la pared. Se dirigió a él y levantó el auricular. No tenía tono. Ya no había esperanzas de llamar por refuerzos.
Lo dejó colgando y se colocó a un costado de la puerta. Miró hacia el cuarto de al lado y vio una sala, un sillón mugriento, unas pocas sillas.
¿Dónde estaba Hoyt? ¿Dónde?
Avanzó hacia la sala. A mitad de camino, lanzó un gritito de espanto cuando sonó su localizador. Mierda. Lo apagó, y siguió atravesando la sala.
En la recepción se detuvo, mirando atónita.
La puerta principal estaba abierta de par en par.
«Salió de la casa».
Salió a la galería. Mientras los mosquitos revoloteaban sobre su cabeza, revisó el jardín de adelante, mirando la carretera sucia, donde había dejado su auto, luego la maleza alta y la franja del bosque cercano con su borde desparejo de retoños que avanzaban. Demasiados lugares ahí afuera donde esconderse. Mientras había estado armando todo ese escándalo como un toro estúpido en la puerta de atrás, él se había deslizado por la puerta de adelante y había huido al bosque.
«Cordell está en la casa. Encuéntrala».
Volvió a la casa y subió apresuradamente las escaleras. Hacía calor en los cuartos de arriba, y faltaba el aire, y ella transpiraba a mares mientras revisaba atolondradamente los tres dormitorios, el baño, los armarios. Nada de Cordell.
Dios, estaba sofocándose ahí arriba.
Volvió a bajar las escaleras, y el silencio de la casa hizo que los pelos de la nuca se le erizaran. Como una revelación fulminante, supo que Cordell estaba muerta. Que lo que había escuchado desde el granero debía de haber sido un grito mortal, el último sonido proferido por una garganta moribunda.
Volvió a la cocina. A través de la ventana por encima de la pileta, tenía una visión sin obstáculos del granero.
«Me vio andando por el pasto, cruzando hacia el granero. Me vio abrir esas puertas. Supo que encontré el Mercedes. Supo que su hora había llegado. De modo que terminó con todo. Y salió corriendo».
La heladera lanzó unos estertores y quedó en silencio. Podía sentir sus propios latidos, golpeando como un tambor de ejecución.
Fue al volverse que captó la puerta del sótano. El único lugar que no había revisado.
Abrió la puerta y vio que la oscuridad acechaba allí abajo. Oh, maldición, odiaba esto, caminar desde la luz, descender esos pasos hasta lo que sabía que sería una escena de horror. No quería hacerlo, pero sabía que Cordell tenía que estar allí abajo.
Rizzoli revolvió su bolsillo en busca de su linternita. Guiada por su exiguo foco, descendió un peldaño, luego otro. El aire se sentía más frío, más húmedo.
Reconoció el olor de la sangre.
Algo le rozó la cara y ella saltó hacia atrás, espantada. Luego soltó un suspiro de alivio al notar que se trataba de la cadena para encender la luz, colgando encima de las escaleras. Levantó el brazo y tiró de la cadena. No sucedió nada.
Tendría que conformarse con la linternita.
Apuntó la luz hacia los escalones de nuevo, alumbrando su camino mientras descendía, sosteniendo el arma cerca de su cuerpo. Tras el calor bochornoso de arriba, el aire de allí abajo parecía casi congelado, y enfriaba la transpiración de su piel.
Llegó al final de las escaleras, y sus zapatos se movieron sobre tierra compacta. Estaba aún más frío allí abajo, y el olor de la sangre era más fuerte. El aire estaba viciado y mohoso. Y el silencio. Todo estaba tan silencioso; silencioso como la muerte. El sonido más alto era el de su propia respiración, entrando y saliendo de sus pulmones a toda prisa.
Movió la linterna describiendo un arco, y casi gritó cuando el haz de luz le devolvió un resplandor. Se quedó apuntando con el arma, el corazón desbocado, y vio qué era lo que había reflejado la luz.
Jarros de vidrio. Altos jarros de farmacia, alineados sobre un estante. No necesitó ver los objetos que flotaban dentro para saber lo que contenían esos jarros.
«Sus recuerdos».
Había seis jarros, cada uno etiquetado con un nombre. Más víctimas de las que hubieran imaginado.
El último estaba vacío, pero el nombre ya estaba escrito en la etiqueta; el recipiente estaba listo y a la espera de su premio. El mejor premio de todos.
Catherine Cordell.
Rizzoli giró sobre sus piernas, zigzagueando con la linterna alrededor del sótano, recorriendo columnas de concreto y piedras de los cimientos, y se detuvo abruptamente en un rincón lejano del lugar. Había algo negro que salpicaba la pared.
Sangre.
Movió la linterna, y vio directamente sobre el cuerpo de Cordell; tenía las muñecas y los tobillos atados con tela adhesiva a la cama. La sangre brillaba, fresca y húmeda, sobre su flanco. En uno de los blancos muslos había una única huella carmesí, donde el Cirujano había apretado su mano enguantada sobre la carne, como si quisiera dejar su marca. La bandeja de instrumentos quirúrgicos yacía junto a la cama; las herramientas surtidas de un torturador.
«Oh, Dios. Estuve tan cerca de salvarte…»
Enferma de disgusto, movió la luz hasta el pecho empapado de sangre de Cordell, hasta detenerse en el cuello. No había ninguna herida abierta, no había coup de grace.
La luz repentinamente fluctuó. No, no era la luz; ¡el pecho de Cordell se había movido!
«Todavía respira».
Rizzoli arrancó la tela adhesiva de la boca de Cordell y sintió su cálido aliento contra la mano. Vio que Cordell parpadeaba.