El cirujano
- Автор: Герритсен Тесс
- Серия: Rizzoli-Isles #1
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:
«¡Sí!»
Sintió un arrebato de triunfo, pero al mismo tiempo la sensación molesta de que algo andaba terriblemente mal. No había tiempo para detenerse a pensarlo. Tenía que sacar a Cordell de allí.
Sosteniendo la linterna con los dientes, liberó con celeridad ambas muñecas de Cordell, y la palpó para registrar su pulso. Había pulso, débil pero definitivamente presente.
Con todo, no podía sacudirse la sensación de que algo andaba mal. Incluso cuando comenzó a cortar la tela adhesiva del tobillo derecho de Cordell, incluso cuando alcanzó el tobillo izquierdo, una alarma sonaba dentro de su cabeza. Y pronto supo por qué.
Ese grito. Había escuchado el grito de Cordell desde el granero.
Pero había encontrado la boca de Cordell tapada con tela adhesiva.
«Se la quitó. Quería que gritara. Quería que la escuchara».
«¡Una trampa!»
Instantáneamente su mano fue hacia el revólver, que había dejado sobre la cama. Nunca lo alcanzó.
El arma golpeó contra su sien, un golpe tan duro que la arrojó boca abajo sobre el suelo de tierra apisonada. Luchó por incorporarse sobre sus piernas y sus manos.
El arma volvió silbando contra ella una vez más, aporreándola en un costado. Sintió el crujir de sus costillas, y el aliento escapó en un veloz resoplido. Giró sobre sus espaldas, con un dolor tan terrible que no se atrevía a llenar de aire sus pulmones.
Una luz se encendió, una única bombilla bamboleándose muy alto sobre su cabeza.
Él apareció mirándola desde arriba, su cara un óvalo negro bajo el cono de luz. El Cirujano, olfateando su nueva presa.
Ella giró sobre su costado ileso y trató de levantarse del suelo.
Él pateó su brazo y ella volvió a caer de espaldas, redoblando el dolor de sus costillas rotas. Lanzó un grito de agonía y no pudo moverse. Aun cuando él se acercaba. Aun cuando vio que el arma giraba sobre su cabeza.
Su bota cayó sobre la muñeca de Rizzoli, aplastándola contra el suelo.
Ella gritó.
Él se acercó a la bandeja de instrumentos y tomó uno de los escalpelos.
«No. Dios, no».
Se inclinó hasta quedar en cuclillas, con la bota todavía sosteniendo su muñeca, y levantó el escalpelo. Lo dejó caer en un arco despiadado sobre su mano abierta.
Esta vez fue un chillido, mientras el acero penetraba su carne, y se clavaba en el piso de tierra, dejando su mano ensartada en el piso.
Tomó otro escalpelo de la bandeja. Agarró su mano derecha y la estiró, extendiendo el brazo derecho. Apretó con su bota, asegurando la muñeca. Una vez más levantó el escalpelo. Una vez más lo dejó caer, apuñalando carne y tierra.
Esta vez su grito fue más débil. Fue un grito de derrota.
Él se levantó y se quedó mirándola por unos instantes, en la forma en que un coleccionista admira la flamante y vistosa mariposa que acaba de ensartar en la cartulina.
Volvió a la bandeja de instrumentos y levantó un tercer escalpelo. Con ambos brazos estirados, sus manos estacadas en el piso, Rizzoli sólo podía observar y esperar el acto final. Caminó a su alrededor y se agachó. Tomó un mechón de pelo de la coronilla y lo tiró hacia atrás, con violencia, dejando extendido su cuello. Ella lo miraba a los ojos, y aun así su cara seguía siendo un óvalo oscuro. Un agujero negro que devoraba toda la luz. Podía sentir la carótida golpeando contra su garganta, latiendo con cada golpe de su corazón. La sangre era la vida misma, fluyendo por sus arterias y sus venas. Se preguntó cuánto tiempo permanecería consciente una vez que el filo hubiera cumplido con su tarea. Si la muerte sería un desmayo gradual hacia la oscuridad.
Vio lo inevitable de la situación. Toda su vida había sido una luchadora, toda su vida había enfrentado con pasión la derrota, pero esta vez había sido derrotada. Su garganta aparecía desnuda, el cuello se arqueaba hacia atrás. Vio el resplandor de la hoja del escalpelo y cerró los ojos mientras él la apretaba contra su piel.
«Dios mío, que sea rápido».
Lo escuchó tomando una bocanada de aire preparatoria, sintió que su puño apretaba más su pelo.
La explosión de la descarga la sacudió.
Sus párpados se abrieron totalmente. Todavía estaba agachado junto a ella, pero ya no la sostenía por el pelo. El escalpelo había caído de su mano. Algo caliente resbaló por su cara. Sangre.
No la suya, sino la de él.
Él tambaleó hacia atrás y desapareció de su vista.
Resignada ya a su muerte, ahora Rizzoli yacía atontada por la perspectiva de que viviría. Luchó por asimilar un sinfín de detalles al momento. Vio la bombilla que se sacudía como una luna brillante colgando de la cuerda. Sobre la pared se movían unas sombras. Al girar la cabeza, vio que el brazo de Catherine Cordell caía débilmente contra la cama.
Vio que el revólver se deslizaba de la mano de Cordell y caía al piso.
A la distancia aullaba una sirena.
Veintisiete
Rizzoli estaba sentada en su cama de hospital, mirando ceñuda la televisión. Sus manos estaban envueltas en tantas vendas que parecían guantes de boxeo. Le habían afeitado un extenso sector a un costado de la cabeza para que los médicos pudieran coser una laceración producida por el escalpelo. Protestó contra el control remoto, y al principio no notó que Moore estaba parado en la puerta. Luego golpeó. Cuando levantó la cabeza y lo miró, él vio, sólo por un momento, un destello de vulnerabilidad. Luego sus habituales defensas saltaron a su lugar y se convirtió en la vieja Rizzoli, su mirada desconfiada mientras él entraba en el cuarto y tomaba una silla junto a su cama.
En el televisor chillaba el insoportable tema de fondo de una telenovela.
– ¿Puedes apagar esa basura? -exclamó frustrada haciendo un gesto hacia el control remoto con una de sus garras vendadas-. No puedo apretar los botones. Supongo que esperarán que use mi maldita nariz o algo por el estilo.
Él tomó el control remoto y apretó el botón de apagado.
– Gracias -resopló malhumorada. Y luego se sobresaltó ante el dolor de sus tres costillas rotas.
Con el televisor apagado, un largo silencio se estableció entre ambos. A través de la puerta abierta, se escuchaba que llamaban a un médico, y el tintineo de una bandeja de comida que pasaba por el corredor.
– ¿Te están cuidando bien aquí? -preguntó.
– Está bien para un hospital de pueblo. Tal vez sea mejor que estar en la ciudad.
Mientras que tanto Catherine como Hoyt habían sido trasladados en avión al Centro Médico Pilgrim en Boston en virtud de la seriedad de sus heridas, a Rizzoli la habían llevado en ambulancia a este pequeño hospital regional. A pesar de la distancia que la separaba de la ciudad, prácticamente todos los detectives de la Unidad de Homicidios de Boston habían hecho la peregrinación para visitar a Rizzoli. Y todos habían llevado flores. El ramo de rosas de Moore estaba casi perdido entre los diversos arreglos desplegados sobre la bandeja y la mesa de luz e incluso en el suelo.
– ¡Qué bien! -dijo-. Parece que tienes muchos admiradores.
– Sí. ¿Puedes creerlo? Hasta Crowe me envió flores. Esos lirios que están allí. Creo que está queriendo decirme algo. ¿No parece un arreglo funerario? ¿Ves esas hermosas orquídeas allí? Las trajo Frost. Demonios, yo debería mandarle flores por haberme salvado la vida.
Había sido Frost el que llamó a la policía estatal en busca de ayuda. Cuando Rizzoli no contestó a su llamada al localizador, se contactó con Dean Hobbs en el almacén para rastrear su paradero, y se enteró de que había ido a la granja de los Sturdee para hablar con una mujer de pelo negro.
Rizzoli continuaba con su inventario de arreglos florales.
– Ese jarrón enorme con esas cosas tropicales son de la familia de Elena Ortiz. Los claveles son del miserable de Marquette. Y la mujer de Sleeper trajo esta plantita de malvas.