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El cirujano

Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:

Un asesino silencioso se desliza en las casas de las mujeres y entra en las habitaciones mientras ellas duermen. La precisión de las heridas que les inflige sugiere que es un experto en medicina, por lo que los diarios de Boston y los atemorizados lectores comienzan a llamarlo «el cirujano». La única clave de que dispone la policía es la doctora Catherine Cordell, víctima hace dos años de un crimen muy parecido. Ahora ella esconde su temor al contacto con otras personas bajo un exterior frío y elegante, y una bien ganada reputación como cirujana de primer nivel. Pero esta cuidadosa fachada está a punto de caer ya que el nuevo asesino recrea, con escalofriante precisión, los detalles de la propia agonía de Catherine. Con cada nuevo asesinato parece estar persiguiéndola y acercarse cada vez más…
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Marquette dijo:

– ¿Ha leído los reportes de su trayectoria?

– Sí -dijo Zucker-. Warren era hijo único. Aparentemente un niño adorado, nacido en Houston. El padre era científico espacial; y no bromeo. Su madre provenía de una antigua familia dedicada al petróleo. Ambos están muertos ahora. De modo que Warren fue bendecido con estos inteligentes genes y el dinero de la familia. No hay registros de conducta criminal durante su niñez. No hay arrestos ni multas de tránsito, nada que resaltara demasiado. Salvo por ese único incidente en la Facultad de Medicina, en el laboratorio de anatomía, no encontré otros signos de advertencia. No hay pistas que me digan que estaba destinado a ser un depredador. En todos los sentidos era un muchacho perfectamente normal. Amable y confiable.

– Promedio -dijo Moore en voz baja-. Común.

Zucker asintió.

– Éste es un muchacho que nunca llamó la atención, que nunca alarmó a nadie. Es el más temible asesino de todos, porque no hay patología, ni diagnóstico psiquiátrico. Él es como Ted Bundy. Inteligente, organizado, y en la superficie, bastante funcional. Pero tiene una peculiaridad personaclass="underline" disfruta torturando mujeres. Es alguien con quien uno podría trabajar todos los días. Y nunca sospecharíamos nada cuando nos mira a los ojos, sonriéndonos, mientras piensa en alguna forma nueva y creativa para arrancarnos las tripas.

Temblando ante el siseo de la voz de Zucker, Rizzoli miró alrededor de la sala. «Lo que dice es verdad. Veo a Barry Frost todos los días. Parece ser un tipo agradable. Felizmente casado. Nunca una actitud desagradable. Pero no tengo idea de lo que está pensando en realidad».

Frost captó su mirada, y se ruborizó.

Zucker continuó.

– Tras el incidente en la Facultad de Medicina, Hoyt fue forzado a retirarse. Ingresó en una programa de entrenamiento de técnica médica, y siguió a Andrew Capra hasta Savannah. Según parece, su sociedad se prolongó por varios años. Los registros de las aerolíneas y las tarjetas de crédito indican que viajaron juntos en varias oportunidades. A Grecia e Italia. A México, donde ambos ofrecieron servicio voluntario en una clínica rural. Era la alianza de dos cazadores. Hermanos de sangre que compartían las mismas fantasías violentas.

– La sutura catgut -dijo Rizzoli.

Zucker le devolvió una mirada intrigada.

– ¿Cómo?

– En los países del Tercer Mundo, todavía se utiliza sutura catgut en cirugía. Así es como consiguió su reserva.

Marquette asintió.

– Puede que ella tenga razón.

«Tengo razón», dijo Rizzoli, aguijoneada por el resentimiento.

– Cuando Cordell mató a Andrew Capra -dijo Zucker-, ella destruyó al equipo asesino perfecto. Borró a la única persona de la que Hoyt se sentía cerca. Y es por eso que ella se convirtió en su principal meta. En su principal víctima.

– Si Hoyt estaba en la casa la noche en que Capra murió, ¿por qué no la mató en ese momento? -preguntó Marquette.

– No lo sé. Hay muchas cosas de esa noche en Savannah que sólo Hoyt sabe. Lo que nosotros sí sabemos es que se mudó a Boston hace dos años, al poco tiempo que Catherine Cordell vino para aquí. Al año, Diana Sterling aparecía muerta.

Por fin Moore habló con una voz poseída.

– ¿Cómo lo encontraremos?

– Podemos mantener su departamento bajo vigilancia, pero no creo que regrese allí pronto. No es su guarida. No es allí donde se deja llevar por sus fantasías. -Zucker se recostó contra el respaldo, con la mirada perdida. Tratando de encontrar las palabras e imágenes para lo que sabía de Warren Hoyt-. Su verdadera guarida debe de ser un lugar que mantiene al margen de su vida cotidiana. Un lugar al que se retira en el anonimato, posiblemente bastante alejado de su departamento. Puede ser que no esté alquilado a su nombre.

– Si alquilas un lugar, tienes que pagar por él -dijo Frost-. Podemos rastrear el dinero.

Zucker asintió.

– Sabrán que es su guarida cuando la encuentren, porque allí estarán sus trofeos. Los recuerdos que tomó de sus asesinatos. Es posible que incluso haya preparado su cubil como un lugar para llevar eventualmente a sus víctimas. La última cámara de tortura. Es un lugar donde la privacidad debe estar asegurada, donde no será interrumpido. Un edificio apartado. O un apartamento que esté bien aislado de ruidos.

«Así nadie podrá escuchar a Cordell gritar», pensó Rizzoli.

– En este lugar puede convertirse en la criatura que realmente es. Puede sentirse relajado y desinhibido. Nunca dejó semen en ninguna de las escenas del crimen, lo que me indica que tiene la capacidad de retrasar su gratificación sexual hasta que está en un lugar seguro. Su guarida parece ser ese lugar. Probablemente la visita de tanto en tanto, para volver a experimentar el estremecimiento de la carnicería. Para mantenerse controlado entre un asesinato y otro. -Zucker miró alrededor de la sala-. Allí es donde llevó a Catherine Cordell.

Los griegos lo llaman dere, lo que señala la parte delantera del cuello, o la garganta, y es la parte más hermosa y más vulnerable de la anatomía de una mujer. En la garganta laten la vida y el aliento, y bajo la lechosa piel blanca de Ifigenia, las venas azules deben de haber palpitado presionadas por la punta del cuchillo de su padre. ¿Acaso Agamenón se habrá detenido a admirar las delicadas líneas del cuello de su hija mientras Ifigenia yacía sobre el altar? ¿O por el contrario estudió los puntos posibles para elegir el mejor donde su filo debía penetrar la piel? Si bien angustiado por el sacrificio, en el instante en que su cuchillo se hundió, ¿no habrá sentido apenas el levísimo hormigueo en sus entrañas, una vibración de placer sexual mientras hundía la hoja en su carne?

Hasta los antiguos griegos, con sus horrendas historias de padres que devoran a sus hijos o hijos que se acuestan con sus madres, no mencionan tales detalles de depravación. No necesitan hacerlo; es una de esas secretas verdades que todos comprendemos sin ayuda de palabras. De todos aquellos soldados que permanecían con expresiones pétreas y los corazones endurecidos frente a los gritos de una doncella, de aquellos que observaban a Ifigenia desnuda, y su cuello de cisne preparado para recibir el cuchillo, ¿cuántos soldados habrán sentido un inesperado calor placentero fluyendo entre sus entrañas? ¿Cuántos habrán sentido que su miembro se ponía duro? ¿Cuántos de ellos volverían a mirar el cuello de una mujer sin sentir la necesidad de cortarlo?

Su garganta es tan pálida como debe de haberlo sido la de Ifigenia. Se ha protegido del sol, como toda pelirroja debe hacerlo, y sólo aparecen unas cuantas pecas que arruinan la traslúcida cualidad de su piel de alabastro.En estos dos años, ha mantenido su cuello impecable para mí. Es un gesto que aprecio.

He esperado pacientemente a que recobrara el conocimiento. Sé que ahora ella está despierta y pendiente de mí, porque su pulso se ha acelerado. Toco su garganta, en el hueco justo encima del esternón, y ella aspira profundamente. No libera el aire mientras tanteo el costado de la garganta, siguiendo el curso de su arteria carótida. Su pulso aumenta, levantando la piel con temblores rítmicos. Siento la textura de su transpiración bajo mi dedo. Ha florecido como niebla sobre su piel, y su cara resplandece con su brillo. Mientras recorro con la mano el ángulo de su mandíbula, ella finalmente deja escapar el aliento; surge como un lloriqueo sofocado por la tela adhesiva que le tapa la boca. No es característico de mi Catherine ese lloriqueo. Las otras eran estúpidas gacelas, pero Catherine es una tigresa, la única que devolvió el golpe e hizo correr sangre.

Ella abre los ojos y me mira, y compruebo que finalmente entiende que he ganado. Ella, la más valiosa de todas, ha sido conquistada.

Despliego mis instrumentos. Hacen un placentero ruido metálico mientras los ordeno sobre la bandeja de metal junto a mi cama. La siento mirándome, y sé que su mirada es atraída por el agudo reflejo del acero inoxidable. Ella sabe para qué sirve cada uno, y por cierto ha utilizado muchos de esos instrumentos en varias ocasiones. El retractor es para separar los bordes de una incisión. El hemostato es para cerrar tejidos y vasos sanguíneos. Y el escalpelo, bueno, ambos sabemos para qué se utiliza un escalpelo.

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