Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » Las naves del tiempo [The Time Ships - es]
Las naves del tiempo [The Time Ships - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Las naves del tiempo [The Time Ships - es]

Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:

El Viajero del tiempo de H.G. Wells despierta en su casa de Richmond la mañana posterior al retorno de su primera partida al futuro. Apesadumbrado por haber dejado a Weena en manos de los Morlock, decide realizar un segundo viaje al año 802.701 para rescatar a su amiga Eloi. Pero al entrar en un futuro distinto y radicalmente cambiado, el Viajero se ve irremediablemente atado a las paradójicas complejidades del desplazamiento a través del tiempo. Acompañado por un Morlock, se encontrará consigo mismo, para ser detenido después por un grupo de viajeros temporales procedentes de un 1938 en el cual Inglaterra lleva 24 años en guerra con Alemania... Una novela sorprendente, repleta de aventuras y especulaciones que ha pretendido, con éxito, homenajear y reexaminar La máquina del tiempo de H.G. Wells.
1 ... 68 69 70 71 72 73 74 75 76 ... 121
Перейти на страницу:

Lejos de la costa el aire era caliente y pegajoso. Nos movíamos en fila con los cipayos al frente y a la espalda, y Gibson, el Morlock y yo entre ellos; llevé al pobre Morlock en brazos durante casi todo el viaje. Los cipayos seguían mirándonos recelosos, aunque después de un rato apartaron las manos de las pistoleras. Durante todo el tiempo que caminamos juntos no nos dijeron ni una sola palabra a Nebogipfel o a mí.

La expedición de Gibson venía de 1944, seis años después de nuestra huida, durante el asalto alemán a la Bóveda de Londres.

—¿La guerra sigue?

—Me temo que sí —dijo y parecía muy triste—. Por supuesto, respondimos al brutal ataque sobre Londres. Les devolvimos mil por uno.

—¿Participó en esas acciones?

Al caminar, miró —aparentemente fue un gesto involuntario— a las cintas de servicio que llevaba en la túnica. No reconocí ninguna —no me interesa lo militar y algunas de aquellas medallas no habían sido inventadas en mi época—, pero supe más tarde que eran la Orden de Servicios Distinguidos y la Cruz y Barra del Aire: grandes honores, especialmente para alguien tan joven. Gibson habló sin dramatismo:

—Vi algo de acción, sí. Unas pocas salidas. Tengo mucha suerte de estar aquí para contarlo. Muchos buenos chicos no fueron tan afortunados.

—¿Y esas salidas fueron efectivas?

—Yo diría que sí. Les destrozamos las Bóvedas, no mucho después de que ellos nos hiciesen el mismo favor.

—¿Y las ciudades de debajo?

Me miró.

—¿Qué cree? Sin la Bóveda, una ciudad está indefensa frente a los ataques aéreos. Puedes lanzar una andanada desde tu ochenta y ocho…

—¿«Ochenta y ocho»?

—Los alemanes tienen un cañón antiaéreo de ocho punto ocho centímetros. Muy útil como arma de campo así como contra Juggernauts, aparte de su propósito originaclass="underline" un diseño muy bueno… De cualquier forma, si el piloto del bombardero consigue burlar ese fuego puede lanzar lo que le apetezca sobre la ciudad.

—¿Y el resultado después de seis años de eso es…?

Se encogió de hombros.

—Supongo que ya no quedan muchas ciudades. Al menos, no en Europa.

Estimé que habíamos llegado a las cercanías de South Hampstead. Atravesamos una línea de árboles para llegar a un claro. Era un espacio circular de un cuarto de milla de diámetro, pero no era naturaclass="underline" los tocones del borde demostraban que habían volado el bosque o lo habían cortado. Al aproximarnos pude ver soldados con el torso desnudo que se abrían paso por entre la vegetación con sierras y machetes, para ampliar el espacio. Habían eliminado toda vegetación de la tierra en el claro y la habían endurecido con varias capas de palmas, todo hundido en el barro.

En el centro del claro había cuatro Juggernauts como los que había visto en 1873 y 1938. Las bestias ocupaban inmóviles los lados de un cuadrado de cien pies de ancho, con las portillas abiertas como las bocas de animales sedientos; los mayales antiminas colgaban sueltos e inútiles de los tambores al frente, y los colores verde y marrón de los cascos estaban manchados de guano y hojas caídas. Había otros vehículos y materiales repartidos por el campamento, incluyendo algunos vehículos blindados ligeros y pequeñas piezas de artillería sobre ruedas.

Gibson me dio a entender que aquélla sería la localización de un campo de Juggernauts en 1944.

Los soldados trabajaban por todas partes y, cuando penetré en el claro al lado de Gibson y con Nebogipfel cojeando a mi lado, los soldados dejaron de trabajar como un solo hombre y nos miraron con curiosidad.

Llegamos al patio formado por los cuatro Juggernauts. En el centro había un asta de bandera blanca en la que ondeaba la enseña del Reino Unido, llamativa, caída e incongruente. Había un grupo de tiendas en el patio. Gibson nos invitó a sentarnos en unas sillas de tela al lado de la mayor. Un soldado —delgado, pálido e incómodo bajo el calor— salió de uno de los Juggernauts. Supuse que sería el ordenanza de Gibson, porque el teniente coronel le ordenó traernos algunos refrescos.

Mientras estuvimos allí sentados, el trabajo del campamento siguió a nuestro alrededor; era la actividad de una colmena, como parece que siempre ocurre en las instalaciones militares. La mayoría de los soldados llevaba un equipo completo de jungla con camisa cruzada y pantalones con tobilleras; en la cabeza llevaban sombreros ligeros o sombreros de paja de (me dijo Gibson) diseño australiano. Llevaban sus insignias provisionales cosidas a la camisa o al sombrero, y casi todos portaban armas: bandoleras de cuero para armas de poca munición, bolsas de lona, y así. Todos llevaban las charreteras pesadas que recordaba de 1938. Bajo el calor y la humedad, la mayoría de los soldados estaban desaliñados.

Vi a un tipo con un traje blanco que le cubría de la cabeza a los pies; llevaba guantes gruesos y un casco ligero que le cubría la cabeza, con un visor que le servía para mirar. Trabajaba en el panel abierto de uno de los Juggernauts. Comenté que el pobre tipo debía de estar fundiéndose en el calor con semejante traje; Gibson me explicó que el traje era de asbesto y que servía para protegerle del calor de los motores.

No todos los soldados eran hombres —creo que dos quintos del centenar de personas eran mujeres— y la mayoría tenía heridas de algún tipo, quemaduras y demás, e incluso, aquí y allá, algún miembro protésico. Comprendí que el terrible desgaste de la juventud de Europa había continuado desde 1938, hasta requerir los servicios de los heridos y de la mujeres.

Gibson se quitó las botas y se masajeó los pies lanzándome una sonrisa lastimera. Nebogipfel bebió un vaso de agua, mientras el ordenanza nos sirvió a Gibson y a mí una taza del tradicional té inglés; ¡té, en el Paleoceno!

—Han construido una colonia-le dije a Gibson.

—Supongo que sí. Es sólo instrucción. —Dejó las botas en el suelo y sorbió el té—. Por supuesto, pertenecemos a un montón de cuerpos. Supongo que se ha dado cuenta.

—No —dije con franqueza.

—Bueno, la mayoría pertenece al ejército de tierra. —Señaló a un soldado que llevaba una insignia caqui en el hombro—. Pero algunos pertenecemos, como él y yo, a la RAF

—¿RAF?

—La Real Fuerza Aérea. Los hombres de traje gris han comprendido finalmente que somos los más capacitados para conducir estos monstruos de hierro, ya sabe. —Un soldado de tierra pasó al lado, miró con ojos desorbitados a Nebogipfel y Gibson le dedicó una sonrisa fácil—. Por supuesto, no nos importa llevar a esos caminantes terrestres. Mejor que dejar que lo hagáis vosotros mismos, ¿no, Stubbins?

Stubbins —flaco, de pelo rojo, con una cara amplia y amigable devolvió la sonrisa, casi con timidez, pero claramente encantado por la atención de Gibson: todo eso sin contar que debía de ser un pie más alto que el diminuto Gibson, y algunos años mayor. Reconocí en los modales relajados de Gibson la marca de un líder natural.

—Ya llevamos aquí una semana —me dijo Gibson—. Supongo que es sorprendente que no nos encontrásemos antes.

—No esperábamos visita —le dije seco—. Si lo hubiésemos hecho, supongo que habríamos encendido fuegos o preparado alguna otra forma de señalar nuestra presencia.

Me guiñó un ojo.

—Nosotros también hemos estado muy ocupados. Tuvimos un trabajo del demonio los primeros dos días. Tenemos un buen equipo, los científicos nos dejaron bien claro que, en una perspectiva muy amplia, el clima de la querida y vieja Inglaterra es muy variable, por lo que nos vinimos preparados para todo, desde abrigos hasta pantalones cortos. Aun así, no esperábamos estas condiciones tan tropicales: no aquí, ¡el medio de Londres! Las ropas parece que se caen a trozos, se pudren literalmente en nuestras espaldas, y los enganches de metal se corroen, las botas no se agarran a este barro, ¡incluso mis calcetines han encogido! Y el resto se lo comen las ratas. —Frunció el ceño—. Al menos, creo que son las ratas.

1 ... 68 69 70 71 72 73 74 75 76 ... 121
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)